MOZAMBIQUE TIENE UN ARCHIPIÉLAGO DONDE LA VIDA ES SENCILLA ENTRE PECES DE COLORES

La arena se vuelve crema catalana en Bazaruto

Bazaruto está donde tiene que estar. Posiblemente muy lejos para la mayoría del universo viajero. Casi mejor así. Fuera aglomeraciones cuando se habla del paraíso. No es una palabra cogida al vuelo, sino que una de las islas que conforman este archipiélago mozambicano precisamente se conoce con este apelativo: Santa Carolina es conocida también como Isla Paraíso. El resto responden por Bazaruto, Benguerra, Magaruque, Banque y Shell.

Foto: MARCOS SANZ

Las pisadas dejan su huella en la inmaculada arena de la isla

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • H
  • Los pocos hoteles que hay en las islas son muy costosos. Opción: safari en un barco que va y viene
  • V
  • Protección solar resulta totalmente imprescindible a la hora de comer en la orilla. No hay sombra
  • A
  • Cuidemos los corales. Nada de pisarlos, romperlos o llevarse pedacitos de recuerdo

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Esta media docena de islas pertenecen al distrito de Vilanculos y se encuentran frente a la ciudad costera homónima. El pueblo continental en sí mismo es algo insípido, su parte marítima es más agradable con caminos de tierra salpicado por rústicas galerías de arte y alojamientos para viajeros. Por un precio irrisorio se puede uno hacer por ejemplo con un puñado de cangrejos si se cruza con alguno de los pescadores que regresan y luego acordar un precio para que lo cocinen en algún puesto. No es mala opción. Si se va de espléndido y se apuesta por mesa y mantel, Varanda, El Pescador y Casbah son las mejores opciones.

En Ilha Margaruque paseé hasta el pequeño pueblo donde un centenar de personas, todas descalzas, trabajaban juntas en la playa ahumando la pesca del día y compartiendo las capturas

Lo que desde luego es innegociable es visitar Bazaruto. Hay que hacerlo sí o sí. Desde 1971 es parque natural y está prohibida la nueva edificación. Los contados hoteles que hay son para carteras muy potentes, con lo que se impone contratar un safari en barco que va y viene desde el continente. A no ser que seas amigo personal de John Arnold Bredenkamp, un magnate de Zimbabue amigo personal de Mugabe con mucha fuerza y un complejo de casas de primer orden con aeropuerto privado y todo.

Para el resto de los mortales, Sailaway es una buena opción. Así lo hice. Tres días explorando las islas, sus dunas, sus lenguas de tierra donde se forman piscinas naturales que desaparecen con la marea, su vegetación, su arena fina y crujiente como crema catalana, sus arrecifes de coral, sus muchísimos peces tropicales (tigre, roca, trompeta, ballesta, payaso... incluso alguna que otra morena), cangrejos ermitaños y su población local.

En Ilha Margaruque paseé hasta el pequeño pueblo donde un centenar de personas, todas descalzas, trabajaban juntas en la playa ahumando la pesca del día y compartiendo las capturas. Los padres, azada en mano, cogían lombrices rojas de tierra en la orilla junto a sus hijos para utilizarlas de cebo. Me ofrecieron pescado asado. Fresquísimo. Los árboles están cuajados de pájaros blancos que esperan para comer las sobras.

—Buenos días, ¿qué están haciendo?
—Almacemos la pesca del día, ¿quiere probar?

El sol cae de lleno y el salitre impregna el aire. Cielo azul radiante. Me pregunto si podría vivir aquí, en realidad tengo todo lo que necesito. Las casas no tienen ventanas y el hospital más cercano está en el continente, pero sí hay electricidad. No, quizás no estoy preparado.

Volvemos en el barco escoltados por un grupo de delfines. Por la noche, en el campamento, una fogata bajo las estrellas. La cena es exquisita, tenemos chef personal. Por no haber, no hay ni mosquitos. Si el paraíso en la tierra existe, ya sé en qué pensar para imaginarlo...

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