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Once rutas fáciles cerca de Madrid para hacer con niños

Día 18/12/2014 - 09.38h

Acebos, cascadas, castillos, cuevas... Excursiones para elegir ahora que llegan las vacaciones escolares

1Acebeda de Prádena, Segovia

@jfalonso
Rocío y acebos rojos en Prádena, Segovia

El rocío congelado de la noche ha dejado un manto blanco sobre el bosque, un barniz que envuelve, como si fuera papel de regalo, la cara vista de los habitantes de estas tierras. En los montes de Prádena (Segovia) huele a invierno nada más bajar del coche. En el pueblo humean las chimeneas, y, montaña arriba,la escarcha y la neblina se pegan a la piel, se convierten en vapor al respirar. El camino en busca de los acebos –de esos frutos rojos que, en una época menos conservacionista, adornaban las puertas de las casas por estas fechas– es en realidad una zambullida en la Navidad.

La ruta arranca en el área recreativa El Bardal, frente a la entrada principal de Prádena. Aquí hay algunas mesas para comer en verano, campos de deportes y dos sendas: una, la más visible, sale por el flanco izquierdo de este espacio; la otra, más aconsejable para ir con niños, por el derecho. Si elegimos esta segunda opción, podremos subir en coche casi hasta el corazón del bosque. Son dos kilómetros en continua ascensión, con dos pequeños mojones. Al cruzar una valla hay que seguir por el sendero principal, a la derecha, y, unos metros más arriba, en una curva pronunciada, girar a la izquierda. No hay más dificultades.

Los primeros acebos aguardan a media hora de paseo suave, sin apartarnos del camino. Sus frutos, de un rojo vivísimo, y sus hojas,verde oscuro, crespas y con espinas en el borde, son un fogonazo imposible de pasar por alto, sobre todo en un día como éste, cuando el paisaje luce pintado de blanco.

El acebo, árbol silvestre y protegido, suele tener de cuatro a seis metros de altura, aunque también los encontramos de mayor porte, y no es fácil disfrutarlos en la zona centro. Hay que viajar al corazón del bosque, en algunos pueblos de Madrid, como Robregordo, o aquí, en los montes de Prádena.

Los acebos crean una isla húmeda, un ambiente de cuento de hadas, en cierto modo tenebroso. Las ramas de la copa son grandes, para proporcionar oscuridad y protección al árbol, mientras que el borde espinoso aparece en las zonas más bajas, como vigilante natural del tesoro. A sus pies, el frío ha congelado los helechos.

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Vemos acebos, sí, una extensión muy apreciable –dicen que de las mayores de España– por la que pasear toda la mañana, pero también sabinas, árbol diezmado en muchas zonas que nunca pierde su prestancia verde y su aspecto lánguido. Y robles, en inverierno desnudos, con sus hojas convertidas en una alfombra ocre en la que se hunden las botas. Y vacas, que pastan a sus anchas en estas praderas fértiles. Y hasta un jabalí que, súbito, corre asustado, al otro lado de un vallado de piedra. A lo lejos suena un disparo: los cazadores también están en el monte.

El regreso, como la subida, puede hacerse de dos formas. La más sencilla, sobre todo si hemos ido con niños, es desandar el camino hasta la puerta giratoria en cuyas inmediaciones hemos dejado el coche.

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