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crítica teatral

Quevedo se actualiza en «La escuela de los vicios»

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Título:La escuela de los vicios. Autor: Francisco de Quvedo. Compañía: Morfeo Teatro. Intérpretes: Mayte Bona, Francisco Negro y Felipe Santiago. Dramaturgia y dirección: Francisco Negro. Diseño de escenografía: Regue Fernández Mateos. Diseño de vestuario: Mayte Bona. Iluminación: José Antonio Tirado.

¡Para quitarse el sombrero! Que nadie, a quien le guste el buen teatro, se pierda, La escuela de los vicios, de Morfeo Teatro. Y a quien no le guste el teatro le recomiendo que tenga la osadía de ir a verla, se volverá apasionado del arte de la escena de por vida.

Los vicios de ayer y de siempre, la farsa de la vida y la vida de la farsa, el humor a raudales, la crítica despiadada con la mejor sonrisa, la vigencia y actualidad de un clásico, Quevedo, toman vida en nuestro mundo de hoy; Quevedo, mordaz y necesario, pone ante nuestros ojos la verdad y la mentira, el engaño y el robo descarado, el poder corrupto y el pueblo aborregado.

Morfeo Teatro lo borda en un montaje de texto trepidante, basado en la obra poética, especialmente la satírica, en «Los Sueños» y discursos y premáticas políticas de uno de los mayores genios de la lengua y la literatura de nuestro Siglo de Oro, don Francisco de Quevedo y Villegas, que no se callaba con nada y ante nadie, lo que le llevó sufrir injusta cárcel, pues el poder no se atiene ni a razones ni a justicia.

La escuela de los vicios es un concentrado de la mejor irreverencia quevedesca que ilustra perfectamente la España del siglo XVI y lo que ahora estamos viviendo en esta España de la mentira continua, del robo descarado y de la corrupción galopante.

La puesta en escena muy moderna resuelve de una manera excelente con su funcionalidad, los adecuados figurines de época, la música apropiada y la iluminación precisa, una fina comedia con tintes sardónicos, que presenta a un extravagante diablo Cojuelo educando a dos necios, a los que espera cautivar con su «escuela de los vicios», la única escuela en la que los alumnos ¡con mucho interés! cobran por aprender. El progreso en el proceso de aprendizaje les ha de llevar a las titulaciones de «bachiller en mentir», «licenciado en engañar», «doctor en robar» y «catedrático en medrar». Los dos necios, tras una inicial reticencia al ver que es el diablo quien imparte las clases, aprenden con facilidad y consiguen excelentes resultados, que van más allá de sus expectativas, al ser nombrados Ministro y Magistrado. En la comedia, el diablo ofrece una última y ¿sorprendente? enseñanza: se reserva para él el cargo más importante, el de Banquero. La comedia termina con los tres personajes recitando, en un cáustico baile de máscaras carnavalescas, la quevedesca letrilla satírica, «poderoso caballero es don dinero», con evidentes guiños a lo que hoy pasa en la calle, o en las cloacas, del país.

Si el texto es de una fuerza inaudita y un ritmo dinámico y equilibrado se debe a su propio contenido, a la concepción dramatúrgica primorosa y la dirección de Francisco Negro y al extraordinario trabajo actoral de Mayte Bona, Francisco Negro y Felipe Santiago.

Este maravilloso espectáculo, pura buena farsa, políticamente incorrecto, con alta dosis de inquina necesaria, mordaz y cáustico provoca risa inteligente, que es la mejor de las risas. Aconsejo de todas, todas que lo vean. Vayan al teatro no sólo a pasar un buen rato, que también, a gozar y reflexionar.

Nunca el teatro merecerá un aplauso tan apasionado y prolongado como merece esta obra, La escuela de los vicios, que hemos podido gozar en el Teatro de Rojas.