La Generación Perdida y el Greco
El poeta Rafael Alberti junto a John Dos Passos y Ernest Hemingway en el Congreso de Escritores Antifascistas durante la guerra civil - abc
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La Generación Perdida y el Greco

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¡Todos ustedes son una generación perdida!, gritaba el dueño de un taller de coches a un joven que no encontraba la avería de un Ford T. Se refería a quienes habían regresado de la Gran Guerra, la guerra que acabaría con todas las guerras. Pronto se descubriría que las guerras no terminan nunca. No sabían hacer nada, no encontraban su lugar en la sociedad posbélica, se habían quedado sin objetivos. Eran supervivientes de una historia que Europa quería olvidar. Se iniciaban los años veinte.

La propietaria del coche estropeado se llamaba Gertrude Stein. Y aquella exclamación (You´are all Lost Generation) le pareció la definición exacta para aplicar a los norteamericanos ricos o intelectuales, que se desplazaban a Europa, huyendo de la crisis de los EE.UU, unos; otros, aspirantes a artistas, que buscaban en París, Londres o Roma los fundamentos para la renovación de una cultura asfixiada entre el consumo, la crisis, las restricciones de la Ley Seca y la confusa barahúnda del crimen organizado.

La denominación pronto se impondría entre los estudiosos de las universidades y la crítica periodística, que necesitan de expresiones atractivas que sinteticen épocas y atraigan lectores. Entre ellos se encontraba Hemingway, que colaboró contando en su novela «París era una fiesta» la anécdota del dueño del taller y la apropiación de la frase por Gertrude Stein. Eso sí, él rechazaría los «sermones de generación perdida» y mandaría al cuerno «toda la porquería de etiquetas que cualquiera puede ir por ahí pegando». Los integrantes de esa generación perdida fueron: Hemingway, Jonh Dos Passos, Scott Fitzgerald, SteinbecK, Ezra Pound, Faulkner, entre lo más conocidos.

De entre estos componentes de la generación perdida norteamericana algunos conocieron al Greco y sobre él escribieron con distintas intensidades. Lo cual, obviamente, es un triunfo del pintor, dada la proyección literaria universal de los miembros de esta generación perdida. El primero, por lo mediático, fue Hemingway. Consideró al Greco como ilustre representante de una línea de artistas homosexuales. Aunque, como reconocería en «París era una fiesta», «debo admitir que me quedaban prejuicios contra la homosexualidad ya que conocía sus aspectos más toscos. Lo conocía como la razón para que un muchacho tuviera que llevar un cuchillo y estar dispuesto a usarlo...».

Hemingway concreta, como nadie lo ha hecho hasta el momento, en «Fiesta», el código estilístico del Greco: «El Greco creía en la ciudad de Toledo, en su situación y en su construcción, en algunas de las gentes que vivían allí. Creía en los azules, en los grises, en los verdes, en los amarillos, en los rojos, en el Espíritu Santo, en la Comunión de los Santos, en la pintura, en la vida después de la muerte, en la muerte de la vida y en los homosexuales». Y en otro párrafo de la misma novela expresa: «El Greco gustaba de pintar asuntos religiosos porque era evidentemente un hombre religioso y porque su arte incomparable no se limitaba a la reproducción minuciosa de los caballeros cuyos retratos hacía, y podía ir tan lejos como quisiera en el otro mundo. Y, consciente o inconscientemente, pintaba santos, apóstoles, cristos, vírgenes con los rasgos y las formas andróginas que poblaban su imaginación».

Jonh Dos Passos, otro de los miembros de la generación perdida, entendió al Greco de manera más ortodoxa. Se adhirió las teorías de Cossío, Marañón y la visión místico-nacionalista de la generación del 98. Recogió en su novela «Rocinante vuelve al camino» los principios tópicos de la «grecomanía» que invadió la primera mitad del siglo XX. En su indagación sobre el «alma de España», escribe: «En pintura, donde el espíritu del pueblo se ve a menudo más palpable, encontramos un ejemplo supremo. El Greco, casi la caricatura en su arte, del espíritu quijotesco, que, aunque griego por conocimiento y veneciano por educación…se esforzó constantemente en expresar la diferencia entre el mundo de la carne y el mundo del espíritu, entre el cuerpo y el alma del hombre».

Y ya, casi al final del libro, cuando los viajeros han llegado a Toledo, que actúa como el atractivo último del peregrinaje por España de los protagonistas de la narración, vuelve a insistir sobre el Greco: «Toledo expresa la suprema belleza de esa trágica farsa….y la cúspide, la victoria, la inmortalidad de todo esto está en el Greco…¡Qué extraño es que fuera aquel chipriota (sic), que vivía con tal gusto veneciano en una gran casa cerca de la abandonada sinagoga, escandalizándonos a nosotros, austeros españoles, con la música de sus orgías, haciendo descaradas frases en las narices de visitantes tan graves como Pacheco, viviendo solitario donde permaneció hasta su muerte incomprendido y siempre extranjero, y donde los siglos pensaron de él, como de Don Quijote, que estaba loco!».

Scott Fitzgerald escribió la que es una de las mejores novelas de la literatura norteamericana: «El Gran Gastby». En ella aparece el Greco. Cuando Gatsby ha muerto y la acción está terminando, el narrador de esta historia de lujo y tragedia, Nick Carraway, describe el entorno triste y lúgubre del West Egg: «Lo veo como una escena nocturna pintada por el Greco: un centenar de casas, a la vez convencionales y grotescas, encogidas bajo un cielo hosco y agobiante y una luna sin lustre». Scott Fitzgerald, tal vez, había contemplado en el museo de Nueva York el paisaje de la ciudad de Toledo. Y la impresión de aquel cuadro la empleó para presentar el paisaje desolado en el que se habían desarrollado las vidas leves de Gastby, Daisy, Jordán y Tom, gentes de las clases altas, cuyo «mundo artificial olía a orquídeas, a agradable y alegre esnobismo, a orquestas que marcaban los ritmos del año, fundiendo en nuevas melodías la tristeza y la fascinación de la vida».

Hasta aquí algunas breves referencias de tres autores de la «generación perdida» norteamericana que conocieron y escribieron sobre El Greco.