La inmensa campana, con su enorme grieta
La inmensa campana, con su enorme grieta - ANA PÉREZ HERRERA
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La Campana Gorda: crónica de un fiasco legendario

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El 8 de diciembre de 1755 el cielo de Toledo se estremeció con el tañido inaugural de la campana de San Eugenio de la catedral, más conocida como «la Gorda». Contra lo que proclama la leyenda, el campanazo inicial no produjo estragos en los cristales ni hizo malparir a las embarazadas; pero supuso algo quizá peor para el orgullo toledano: la campana no sonó como debía, evidenciando los signos de una incipiente rotura.

El mismo día de su estreno, el canónigo obrero ordenó cambiar el badajo de bronce por otro más pequeño de hierro, procedente de la campana sustituida, en la confianza de que así se solucionara el deficiente sonido. Pero, lejos de eso, la campana siguió adoleciendo de afonía y su fisura fue agrandándose día a día hasta hacer aconsejable el limado de sus bordes, quedando tras ese proceso con la ancha y larga grieta que presenta en la actualidad.

Durante dos años, el pueblo toledano había aguardado ansioso la fundición y colocación de la gran campana, que se anunciaba como la mayor de España, y con tales credenciales florecieron, al socaire de la expectación, toda suerte de canciones populares y villancicos, y no faltó, claro ésta, el ingenioso que la bautizase —con ese tino que tiene el pueblo para los motes— como «la Gorda». Todavía sigue siendo, con sus casi 18 toneladas, la campana más grande de España, y sólo dos la aventajan en tamaño en el mundo: la gran campana del Zar, en Moscú, con sus gigantescas 216 toneladas, aunque rota y fuera de servicio; y la de la catedral de Colonia, con 24 toneladas, la primera más grande en activo.

La iniciativa de la gran campana de San Eugenio fue auspiciada por el arzobispo-cardenal de Toledo, Luis Antonio de Borbón, hijo de Felipe V y hermano de Carlos III, que invirtió en ella una ingente cantidad de dinero con la finalidad de dotar a la catedral de Toledo de un imponente esquilón acorde con la grandeza del templo Primado de las Españas.

El aparejador de la catedral no tardó en comprender que el mal sonido y la fisura de la campana se debían a un defecto de la fundición, y así lo dejó escrito en cierto documento, señalando que la quiebra descubierta «muy a los principios y muy sutil», fue debida por «haberse revuelto el metal liquidado con la tierra del macho o alma del molde; de que resultaron varias deformidades en lo interior de la campana y algunas cavernas cerca de las asas que se macizaron de estaño».

Pese a este diagnóstico rotundo y clarificador, los autores locales se aprestaron enseguida a culpar de la grieta al tamaño y naturaleza broncínea del badajo, lo que no cabe interpretar sino como un intento de curar cierto pundonor herido, ya que asumir que la campana se rompió por la enormidad del badajo de bronce tenía hasta su punto de jactancia; pero aceptar que se hubiera arruinado por un error de fabricación, eso no comportaba sino sonrojo.

El que quizá contribuyó de manera decisiva a consagrar el argumento convencional del badajo fue Sixto Ramón Parro, que en su célebre y venerada guía Toledo de la mano, (1857), dice: «…debemos deplorar que una pieza tan rara y costosa como esta, se desgraciase á muy luego de estrenarla, según la opinión común porque la pusieron un enorme badajo de la misma liga de metales que forma la campana, de cuya colisión dicen que resultó el cascarse…».

A partir de este insigne toledanista, todos los que tras él escribieron sobre el «sochantre de bronce» —como denominó Bécquer a la campana Gorda en la leyenda de El Beso—, aceptaron su versión a pies juntillas, instalándose como verdad indiscutible que el badajo de bronce tenía la culpa del desastre.

Los autores locales propagaron además algunas leyendas enmascaradoras de la realidad, como la que refería que la fractura se ejecutó por orden del cardenal para evitar que los tañidos siguieran produciendo estragos como los supuestamente acaecidos el día del campanazo inaugural. De esta sutil manera, la leyenda deslizaba en la conciencia popular la idea de que la rotura obedeció a una acción meditada y altruista, y no a un vergonzante traspié.

Pero ni las leyendas ni el desvío de la culpabilidad hacia el inocente badajo pueden esconder la directa responsabilidad del artífice de la Gorda, el campanero cántabro Alejandro Gargollo Foncueba; un artesano natural de la villa de Arnuero, en Cantabria (célebre cuna de ilustres campaneros), que ya cargaba con la culpa de haber fundido tres campanas defectuosas en tres templos madrileños. Pese a ello, el canónigo obrero, Andrés Munárriz, le acabó adjudicando el trabajo, en lo que debieron de influir las positivas referencias de un desconocido «capellán de S. Ilma», protector del artífice, que le califica como «el mayor hombre del mundo».

Tampoco Gargollo cumplió con la cláusula del contrato que le obligaba a volver a fundir la campana en el caso de que saliera defectuosa; y, de igual manera, declinó ocuparse, como era su obligación contractual, del traslado y subida de la campana a la torre. ¿La razón?, su manifiesta ineptitud, como se infiere de una carta que dirige el aparejador José Hernández Sierra al maestro de obras, Santiago Bonavia. Aquél le dice a éste que Gargollo delegaba en ellos la responsabilidad de subir la campana a la torre «más por falta de ilustración y experiencia que de malicia». Con actitud condescendiente aceptan ambos asumir la tarea, ya que «…de cualquiera contingencia que ocurriese por no saber Gargollo pedir lo que necesita, a los ojos del vulgo y no vulgo, habíamos nosotros de ser culpados en consentir se expusiese contra el decoro de la iglesia a hacer algún desatino, que sería más sonado que las campanas».

De nada sirvieron los muchos y solemnes actos litúrgicos celebrados para impetrar el éxito de la fundición: al final, la campana resultó un fiasco, que ni el supuesto intento de algunos historiadores ni las neblinosas leyendas pueden ocultar.

La explicación del fracaso la resume así la prestigiosa web campaners.com: «Pensamos que la campana, que requirió esfuerzos inauditos para su fabricación, salió mala desde el principio y que incluso el 'pelo', la finísima grieta que luego se convirtió en la gran raja actual, pudo estar presente en el momento de las primeras pruebas en el taller …».

Por su parte, Mercedes Alonso Morales, autora del excelente libro «Campanas de la Catedral de Toledo», señala: «El pelo… era una fina grieta producida por la mala unión de los metales en la fundición, que hace que la campana con este defecto se quiebre al poco tiempo de usarla».

Pero aunque los especialistas aceptan que la quiebra la campana se debió a un defecto de fundición, el badajo de bronce, pese a estar limpio de culpa, permanece todavía relevado de sus funciones y postrado a los pies de la Gorda como un reo humillado y convicto… aunque inocente.