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Berrea: ardor en plena naturaleza

Un ciervo macho acompañado de tres hembras de su harén y una cría
Un ciervo macho acompañado de tres hembras de su harén y una cría - ANA PÉREZ HERRERA
M. CEBRIÁN - Toledo - Actualizado: Guardado en: Actualidad

Toledo Natura y Vencer el Cáncer dan a conocer los Quintos de Mora, donde estas semanas unos 2.000 ciervos viven su época de apareamiento

El otoño la sangre altera. No, no me he equivocado. Este refrán es el que aplicamos los seres humanos a la primavera para referirnos a la secreción de determinadas hormonas relacionadas con la atracción sexual debido al aumento de las horas de sol. Pero avanzado el mes de septiembre, nada más comenzar el otoño, cuando la noche va comiendo horas al día y llegan las primeras lluvias, es la época del año en la que el ciervo –conocido también como el rey del bosque- empieza a aparearse, un hecho que viene precedido del celo, más conocido como la berrea.

Es precisamente ahora cuando los montes y bosques se llenan de manadas de ciervos, en las que sobresale el macho dominante, que yergue su cuello y eleva su cabeza para berrear a los cuatro vientos, un gesto con el que demuestra su poderío y defiende su harén de hembras de otros machos. Uno de los mejores escenarios para ver la berrea, sin duda, son los Montes de Toledo y el Parque Nacional de Cabañeros, entre las provincias de Toledo y Ciudad Real, ya que debido a su origen geológico permite una mejor contemplación de los ciervos en las rañas, semiplanicies a los pies de los montes.

ABC se ha montado en uno de los todoterreno de Toledo Natura, una de las empresas que realiza visitas para poder ver de cerca este fenómeno, que además este año sirve para poner un granito de arena en la investigación del cáncer, ya que una parte del precio de la visita va destinada a la Fundación Vencer el Cáncer. El punto de salida es la capital toledana, desde donde se pone rumbo a Quintos de Mora, una finca propiedad del Estado español próxima a la localidad de Los Yébenes, en plenos Montes de Toledo, conocida por visitas de altos mandatarios internacionales, como George Bush o Lula Da Silva.

Quintos de Mora, que debe su nombre a que perteneció al municipio de Mora de Toledo hasta 1942, cuando el Estado español se quedó con la finca, ocupa una superficie de casi 7.000 hectáreas. En su interior, según Juan Aceituno, uno de los responsables de Toledo Natura, hay unos 2.000 ejemplares de ciervo. Además, dentro de este ecosistema también se pueden observar diferentes aves rapaces, jabalíes, corzos, gamos o incluso alguno de los linces ibéricos que se han reintroducido en el último año.

Una vez allí, comienza el espectáculo de la berrea, pues nada más entrar en la finca puede escucharse los bramidos de los ciervos, aunque previamente el visitante recibe una clase magistral por parte de los responsables de Toledo Natura. De hecho, se podría hacer un diccionario con el glosario de palabras que tanto Juan Aceituno como Roberto Oliveros descubren a los indoctos en la materia, como son: gabarrona, vareto, horquillón, ciervo medalla de oro o ciervo satélite, entre otras.

Cuando uno se adentra en el bosque mediterráneo de estas latitudes –conocido como el Serengueti español-, rodeado de encinas, quejigos, alcornoques, madroños, brezos o pinos, empieza a contemplar las manadas de ciervos a escasos 200 metros y a escuchar la berrea en todo su esplendor, con un sonido envolvente que viene por todas partes. Y gracias a los prismáticos se puede observar cómo los machos controlan su harén -en algunos casos formado por hasta 30 hembras- y compiten por el territorio con otros machos vecinos, llegando incluso a chocar sus cornamentas. Los ciervos pretendientes buscan aparearse con alguna de las hembras de la manada para convertirse en machos satélites. Por eso, no es de extrañar que, tras este periodo, pierdan en torno a un 20% de su peso.

La berrea tiene lugar a principios de otoño, explica Juan Aceituno, porque «tiene que estar muy controlado el periodo en el que las ciervas se quedan preñadas, ya que si la berrea se retrasa, las crías nacerán cuando los pastos no están en perfectas condiciones y, por lo tanto, hay menos comida. Así pues, si no hay pasto para las hembras habrá menos leche para los cervatillos». Por eso, continúa, «los partos de las ciervas se dan normalmente en el mes de abril o mayo, en plena primavera, cuando hay mucho verde en el campo y no hay problemas para abastecerse de comida». El periodo de gestación de las hembras dura en torno a ocho meses, 235 días aproximadamente, y dan a luz una solo cría normalmente, aunque puede haber también partos gemelares.

El periodo de cría de los cervatillos dura dos años, por lo que se puede ver a las hembras acompañadas de un cervato de un año y con el del año anterior, es decir, de dos años. Estas crías reciben diferentes nombres en función de la edad. Así, a las ciervas de un año se las conoce como gabarronas -o pepas, como las llaman los cazadores- y a los machos de un año se les llama varetos por tener solo dos cuernos, mientras que el de dos años es conocido como horquillón por acabar sus cuernas en forma de horquilla.

A partir del tercer año en adelante ya son adultos. Un ciervo macho alcanza la plenitud de su vida a los 6 ó 7 años, edad en la que su cuerna puede llegar a tener 16 puntas –que recibe el nombre de medalla de oro por los cazadores-. A partir de entonces, señala Aceituno, comienza a decaer y, por lo tanto, la calidad de la cuerna o del trofeo empieza a disminuir. Los ciervos pierden o cambian anualmente su cornamenta, un hueso más de su cuerpo que está formado básicamente por fosfato cálcico con algunas proteínas y está recubierto por un tejido llamado terciopelo o borra.

Superpoblación de ciervos

En la comarca de Montes de Toledo y el Parque Nacional de Cabañeros hay decenas de miles de ciervos. Según indica Aceituno, «el número de individuos es tan alto porque es una especie cinegética y, al no haber depredadores, como sucedía hasta hace unos cuarenta años, cuando aún el lobo ibérico campaba a sus anchas por estos montes y controlaba la población de ciervos de manera natural. Por eso, ahora hay muchos más de los que debería haber, por lo que se puede hablar de superpoblación».

El tiempo pasa muy rápido cuando uno disfruta de la naturaleza. Son las diez de la noche y dejamos a los ciervos berreando en Quintos de Mora a la luz de la luna, con la despedida de un enorme jabalí, que se cruza tranquilamente delante del todoterreno a la salida de la finca. Han sido casi ocho horas llenas de nuevos conocimientos y emociones que merecen mucho la pena, y más si parte del dinero de la visita sirve para ayudar a la lucha contra el cáncer. ¡Viva la berrea!

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