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LOS INOCENTES DEL NUNCIO EN EL GRECO (Y II)

JOSÉ - / JOSÉ - - Actualizado: Guardado en: Actualidad

XEl Greco realmente no era un místico ni un perturbado, como se llegó a insinuar, sino un exquisito profesional, dominador perfecto de las técnicas

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El singular biógrafo de el Greco, Don Manuel B. Cossío, que encendió una luz inextinguible en el mundo del Arte con la publicación en 1908 de tan valioso libro, «El Greco», al profundizar en los recónditos arcanos creativos del genial pintor candiota afincado en Toledo; deslumbrado quizás en la expresión indefinible de las figuras del Apostolado, se detiene especialmente ante el cuadro que representa a San Bernabé y dice: «El límite máximo de excitación, desequilibrio y anormalidad, en cuanto a figuras aisladas, ha de buscarse en el Apostolado de San Pedro Mártir, hoy en en el Museo del Greco en Toledo. Del obsesionante y aterrador San Bartolomé, tan extraño cuanto poéticamente vestido de blanco, no cabe decir sino que es un loco furioso escapado del antiguo y célebre Hospital del Nuncio...».

Sin duda, la cita de don Manuel no tiene mayor alcance y contexto que el empírico y literario, conceptos que afloran ante la contemplación de figuras tan precozmente impresionistas y sublimemente inquietantes.

Y es que el Greco, realmente no era un místico ni un perturbado como también se llegó a insinuar, entre otros equívocos «sambenitos», sino un exquisito profesional, dominador perfecto de las técnicas, así como conocedor profundo de todos los secretos y de todos los recursos del Arte de Apeles.

Años después, allá por los lejanos cincuenta, otro eminente grequista y no menos toledanista, Gregorio Marañón Posadillo, se tomó muy en serio la sugerencia de Cassío, e hizo de ella motivo de estudio formal dentro de sus importantes investigaciones de carácter histórico-científico, a los que era tan proclive el eximio Doctor milagrero del tiempo. «Soy trapero del tiempo», decía, humorísticamente, de sí mismo.

Lo cierto es que en 1954, con la anuencia de la dirección y en buena parte con la negativa de los propios enfermos, comenzó a realizar una atrevida experiencia en el manicomio de Toledo, entonces ya Nuncio Nuevo en la Calle Real, dejando crecer barba y cabellos a un grupo escogido de «inocentes, obligados apóstoles», a quienes hacía vestir luego con túnicas evangélicas, plasmando sus figuras de «atrezzo» en las cámaras de sus fotógrafos colaboradores, señores Pablo Rodríguez y Pardo Brea.

Al admirable humanista, humano al fin y sujeto a los humanos errores de la especie, no se le escapaba, no obstante, la responsabilidad moral y deontológica de su experimento. Mas no le valieron las precauciones ni las advertencias dadas al personal de su equipo, ya que uno de los fotógrafos puso innoblemente todo aquel material gráfico en manos de los medios de comunicación, con lo que se produjo un corolario de efectos nada positivos a nivel internacional.

Siempre, desde niño, admiré a don Gregorio, como aún lo sigo haciendo. Pero hemos de reconocer que, quien entendiera tantas cosas, no entendió debidamente al pintor de las ideas claras, dominador de los íntimos resortes que incentivan la sensibilidad hacia lo sobrehumano. No caló en quien sabía muy bien cuál era la expresión adecuada para aquellos sublimes «cuerdos» (sin necesidad de modelos del Nuncio) que dejaran su casa, su familia, su trabajo para seguir un sueño, un ideal, una estela camino de no sabemos donde. «Doce vientos de iris», como escribiría al respecto mi buen amigo, el poeta Juan Antonio Villacañas.

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