ANÁLISIS

«RiME»: evocadora, onírica y mística epopeya made in Spain

El videojuego de aventuras luce en lo estético, atrapa en su enigmático planteamiento basado en la narrativa audiovisual y, pese algunos deslices, devuelve un sentimiento de emoción a cada paso

En España hay talento creativo. De ello no hay duda, pero el negocio del desarrollo de videojuegos es prácticamente inexistente. Son pocos los que viven de verdad de esto. Es una industria al alza que cada año sube un nivel. «RiME» es un ejemplo de cómo cruzar buenas ideas y lograr una experiencia cautivadora en la que el videojugador debe encontrarse con sí mismo y su yo interior.

Han pasado varios años (en 2013) desde que este título del estudio Tequila Works se anunciara. Pronto, lamentablemente, causó expectación. Unas imágenes y un planteamiento fueron más que suficientes como para que se aplaudiera antes de tiempo. Este título ha pasado de estar en boca de todos a vivir su particular diatriba de acontecimientos desesperantes. Estuvo a la deriva. Estuvo casi perdido. Estuvo en poder de Sony, que había planificado su lanzamiento en exclusiva pero, por una serie de dimes y diretes, la compañía logró tener los derechos de explotación.

El resultado es embriagador. Magnífico. Maravilloso. Con unas texturas y diseño artístico que parece cabalgar entre los parajes de Zelda, el sacrificio de «The Last Guardian», la calidez de «Journey» o los trazos del pintor español Joaquín Sorolla. Unas influencias que lo convierten en un título muy original, casi único en su género. Tiene unos aires mediterráneos que se enclavan dentro de cada esquina del entorno de juego y que hace que sea parte de su atractivo. Y de su magia. Porque todo lo que le envuelve es un truco estético que juega con lo invisible y lo enigmático.

Parte con ventaja al ser el propio juego sabedor que acudir a la figura de un niño va a lograr atrapar al espectador desde el primer momento. Pero no habla, aunque se comunica a su forma. No es experto en armas, pero tampoco las necesita, aunque en algunas ocasiones se echa en falta. «RiME» seduce por la fragilidad con la que se siente el personaje, un jovencito perdido en medio de la inmensidad.

En el primer momento se encuentra varado en la playa tras naufragar en una misteriosa isla. Su voluntad le empuja a descubrir qué hace, cuál su paradero. Para conseguirlo recurre a una serie de puzles y rompecabezas, de no demasiada complejidad (hay un zorro que además de ser un personaje nos ayuda si nos atascamos). De hecho, la parte estética tiene mayor relevancia que los elementos jugables. Una vez resueltos, se desbloquean puertas y se puede acceder a nuevos escenarios para continuar su onírica epopeya. El personaje está empujado a continuar abriendo puertas. Discurre por pasadizos. Averigua los puntos de acceso. Derrota con inteligencia a todas las criaturas a las que debe enfrentarse.

Con ciertas reticencias si estamos ante el mejor juego español o no, «RiME» logra transmitir emocione sin pronunciar palabra alguna. Y eso es algo muy meritorio porque en consecuencia nos encontramos ante un amalgama muy entretenido que conforme avanzamos (pese a algunos fallos técnicos y ralentizaciones) nos damos cuenta que el resultado es redondo. Se aprecia constantemente todo el trabajo que hay detrás de los detalles del videojuego. Está partido en varios capítulo que van dejando pistas sobre nuestro propósito.

Aunque corto en duración, el videojuego sabe atenerse a sus limitaciones técnicas y explotar lo evocadora de su propuesta. La música, la banda sonora, juega un papel fundamental en la construcción de la historia y logra atrapar al usuario. Tirado el lazo del corazón, lo demás es pura inercia. Una vez dentro del pequeño mundo de «RiME» uno acaba consolado por su magistral destreza de dirigirse de un sitio a otro para ir completando una despierta isla que interactúa a nuestro paso. Si uno decide darle una oportunidad lo más probable es que no pueda más que dejar de dejarse llevar hasta el final. El resultado es emoción. Ese es, sin duda, su mayor logro; haber dejado un poso que mantiene de principio a fin.

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