ANÁLISIS

«Destiny 2»: adictiva pequeña vuelta de tuerca

La secuela del videojuego de disparos multijugador apuesta por un modo campaña invisible y refuerza su apartado cooperativo para lograr una fórmula depurada que puede lograr lo que no hizo la primera entrega, mantener de manera prolongada a la comunidad

madridActualizado:

Vino envuelto en la etiqueta de obra cultural más cara de la historia. Solo por esta idea había que prestarle la atención. Pero también por su fórmula iniciada. Mezclaba varios géneros (rol, disparos) para llevarlo al máximo nivel con un multijugador masivo online que lograra contagiar su efecto a una comunidad. Al principio se logró la respuesta esperada, pero su atractivo empezó a deshincharse. A flaquear. «Destiny 2», secuela del videojuego, pretende resarcirse de sí mismo. Y lo hace con un modo campaña más elaborado y un concepto más aperturista diseñado para atraer al mayor público posible.

Y conservarlo, por supuesto. El resultado es, cuanto menos, adictivo. La propuesta conserva gran parte de sus virtudes. Mantiene gran parte de su base, pero modifica algunos aspectos para, sin ser revolucionarios, sí alcanzar una mayor perfección. Todo ello se debe a que se ha simplificado la forma de acceder y de manejarse entre las misiones disponibles. El jugador debe encarnar en perspectiva subjetiva a un guardián. ¿Y qué puñetas es esto? Bien. Son, digamos, los salvadores de la Humanidad.

Pueden canalizar y utilizar un poder increíble conocido como Luz, que tiene efectos devastadores en combate. Los hay de tres clases a elegir (titán, hechicero, cazador), que se convierten de sopetón, y tras un pequeño ejercicio de personalización, en el personaje jugable. Conforme avanzamos desbloqueamos otras subclases. Como uno podría imaginarse, la elección de uno u otro no es menor. Cada cual dispone de una serie de armas y habilidades diferentes, con lo que fuerza al jugador a sacar partido a su forma de competir.

Porque competición la hay, y mucha. Son constantes los enfrentamientos en los que se debe cooperar para llegar a buen puerto. De partidas 4 contra 4 intensas y limitadas temporalmente, o la aparición del modo asalto en donde hay que acabar contra un jefe final mientras se eliminan de pasada a otros rivales menores. Todo eso satisface las inquietudes de aquellos que se encuentran cómodos en la arena, pero también logra, a los menos iniciados en este tipo de juegos, un ambiente acogedor en donde el disfrute es permanente. Los tiempos están bien estructurados y permite gestionar las partidas de una manera más amigable, permitiendo jugarlo de manera individual o en grupo, aunque a decir verdad en conjunto se goza mucho más.

Convertirse en un auténtico maestro requiere de tiempo y exigencia. Más de tiempo, quizás, para subir de nivel y reforzarse. Pero se debe pasar primero por diferentes y muy variadas secuencias de disparos, algunas con largas rondas de enemigos que requiere de paciencia para salir airoso de la contienda. La trama argumental, quasi prescindible y calamitosa, responde a esa necesidad inherente en el ser humano de conocer el futuro. Batallas interespaciales que cobran una dimensión planetaria lleva a posar los pies en escenarios como la Tierra, la Luna o Venus. Pero como siempre se requiere de una motivación y un detonante que sirva de historia, en «Destiny 2» presenta la caída en desgracia de la Humanidad, de la última ciudad segura de la Tierra.

A partir de ahí, lo imaginable. La llamada Legión Roja ha invadido el territorio y amenaza con la destrucción definitiva. Un líder, un tal Lord Ghul, mueve los hilos. Es el mayor villano de la película. Con el telón levantado, el juego plantea un conflicto marcado por la supervivencia, la desolación, las labores humanitarias y el heroicismo más redundante. Todo envuelto en una épica futurista en donde los escenarios, bien perfilados y detallados, sirven de campo de batalla para la salvaguardia terrestre. Afortunadamente, el juego no solo imprime un ritmo vertiginoso en muchas ocasiones, sino que se agradece lo generoso del armamento. Pasa a un segundo plano las coberturas, aunque sirven de guía para evitar el daño del rival. En general, sí es cierto que peca de continuista, pero se mueve bien entre el barro.

Completando las primeras misiones, el jugador se ve envuelto en un punto de inflexión, de punto sin retorno. Llega así el modo competitivo, el Crisol, que aporta un tremenda luz a la adicción de esta secuela. Ahí es donde se inaugura una serie de enfrentamientos por equipos que no deja momento para la reflexión porque todo se pone en práctica desde un ambiente frenético. En cuanto a las clases de enemigos, nos podemos encontrar a los caídos, a los colmenas, caba o, vex, cada cual con su fortaleza y dificultad añadida, aunque llama especialmente la atención que no hayan surgido nuevas razas. ¿Por qué? Demostrando además un poderío visual, «Destiny 2» saca partido a la potencia gráfica de las consolas de sobremesa y, por fin, desembarca en PC, su deuda pendiente. Se aprecia así un trabajo sensacional para unos movimientos más fluidos.