¿Dónde está Zuckerberg? La bomba que le ha estallado en la cara por culpa de Cambridge Analytica

La dimisión del jefe de seguridad de la multinacional Alex Stamos por discrepancias con la número dos y la ausencia de una aclaración convicente en este nuevo caso ponen de manifiesto las dificultades de la mayor red social de sacudirse las miserias que arrastra desde que saltaran los primeros casos de las «fake news»

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Hasta hace cuatro días mal contados, Facebook era un espacio de confluencia social. Una taberna virtual donde la diversión y la curiosidad se despachaba a gusto de todos. Las redes sociales, hoy, confrontan un periodo de reflexión. La perspectiva está cambiando. La sociedad en su conjunto había abrazado a estos servicios digitales como un niño con zapatos nuevos, pero a raíz de los últimos episodios enmarcados dentro de la trama de las «fake news» y la percepción generalizada de que los usuarios «regalan» demasiados datos sensibles han puesto en la picota su evolución. Más preocupante es la escasa transparencia en la gestión de esta crisis, que ha provocado que incluso Mark Zuckerberg no se haya todavía pronunciado.

El escándalo que ha salpicado de nuevo a Facebook se ha disfrazado de dejadez y abandono. Es cierto que, según fuentes de la compañía norteamericana, no se ha producido una filtración, pero sí ha quedado de manifiesto el escaso control sobre las aplicaciones y servicios de terceros que permiten acceder con la cuenta de la red social. Un hecho que aprovechó la consultora Cambridge Analytica para monitorizar y hacer seguimiento de patrones de conducta de hasta 50 millones de usuarios. Todo, por culpa de darle acceso a una aplicación que se descargaron unas 277.000 cuentas.

Vía libre, entonces, para que la firma de análisis le brindara en bandeja al equipo del presidente Donald Trump una serie de información que, bien trabajada y cruzada, vale su peso en oro. Todo ha provocado un caos que el único que por ahora ha salido mal parado ha sido el jefe de seguridad de Facebook, Alex Stamos, a quien la compañía ha relevado de su puesto coincidiendo con el escándalo que saltó el pasado viernes. Las primeras hipótesis defendidas por fuentes del entorno de la compañía es que Stamos renunció en diciembre, pero no se ha materializado su salida hasta completar una transición. El propio directivo ha expuesto en su perfil de Twitter las razones: «es cierto que mis responsabilidades han cambiado. Ahora estoy dedicando más tiempo a explorar los riesgos emergentes de seguridad». El equipo, sin embargo, ha pasado de contar con 120 empleados a reducirse a solo tres miembros.

La razón, según medios estadounidenses como «The New York Times», se debe a las discrepancias con la actual número dos de la compañía Sheryl Sandberg, quien defendía una actitud más opaca a la hora de gestionar esta nueva crisis que pone a la compañía en el punto de mira de todas las críticas. Las revelaciones han estallado como una bomba, que ha provocado una caída del 7% en las bolsas. Un hecho que preocupa aún más es el silencio del fundador y máximo responsable de la compañía, Mark Zuckerberg, quien suele avanzar proyectos con cierta naturalidad y transparencia.

En esta ocasión, el magnate, una de las personas más ricas del mundo, no se ha pronunciado todavía. De momento, sí ha trascendido que Facebook tiene previsto celebrar una reunión de urgencia para que sus empleados hagan preguntas sobre Cambridge Analytica. Un hecho que ha motivado, además, a que incluso la Oficina del Comisionado de Información (ICO, por sus siglas en inglés), el regulador de protección de datos de Reino Unido, solicite acceso a los servidores de la consultora vinculada a Trump para hacer una auditoría independiente y conocer así el alcance de la recopilación de datos de millones de estadounidenses. Organismos internacionales han elevado la voz para instar a las empresas con servicios digitales de establecer una regulación más estricta en materia de protección de datos.

Después de los anteriores episodios, Facebook se ha enrocado en el mismo mensaje: externos han perturbado el servicio. La compra de 3.000 anuncios publicitarios por parte de grupos extremistas fue el inicio de la trama rusa. Las redes sociales se han esmerado en defender hasta la saciedad que no son medios de comunicación porque no tratan la información, solo albergan publicaciones lo que, en teoría, les exime de cierta responsabilidad. Ahora, esa visión ha cambiado y por presiones sociales y gubernamentales se les exige que presten mayor atención a los contenidos que difunden sus usuarios. Una bomba que ha provocado un terremoto en la compañía al quedar expuesta su dejadez, lo que le ha obligado a tomar una decisión: volver a sus raíces, priorizar las publicaciones de los contactos y condenando al ostracismo a los contenidos de medios y empresas.