Râmnicu Vâlcea, Rumanía, más conocido como «Hackerville»
Râmnicu Vâlcea, Rumanía, más conocido como «Hackerville» - L.Kenzel

«Hackerville», la pequeña ciudad de Rumanía capital del cibercrimen

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La campaña de «phishing» que se llevó a cabo a principios del mes de abril bajo el logo de Correos, volvió a poner sobre la mesa cómo los ciberdelincuentes son capaces de llevar a cabo estafas multimillonarias todos los días sin que nadie -ni siquiera la Policía- sea capaz de detener a los autores.

«No sabemos quienes están detrás de este ataque», reconoció a ABC Luis Corrons Granel, director técnico de PandaLabs, tras explicar a este periódico cómo se había producido el ataque informático bajo el logo de la popular compañía española de mensajería. Y, lo peor, es que, por regla general, ni se sabrá. La historia siempre es la misma: se comete el delito pero no se identifica a los autores. Quienes están al otro lado de la red son auténticos profesionales que se dedican, durante meses, a hacer pruebas para que nada falle el día del ataque. Son expertos en no dejar rastro alguno. Ni siquiera la Interpol es capaz de frenar un negocio que mueve ya más dinero en todo el mundo que el tráfico de drogas: 575.000 millones de dólares, el PIB de un país medio.

Rusia, Ucrania, EE.UU. o China son países que encabezan el ranking de los ciberataques. Pero junto a estos «grandes», todos los expertos en seguridad informática conocen también otro lugar mundialmente conocido como «Hackerville», o lo que es lo mismo, Râmnicu Vâlcea, una ciudad de Rumanía capital del cibercrimen.

El nivel de vida que llevan muchos de sus ciudadanos es sospechoso. Coches de alta gama, joyas, viajes... Algo poco usual. Pero la revista «Wired», en un reportaje, desvela las claves.

Transferencias de dinero

Jóvenes de 20 y 30 años dominan esta ciudad bajo la inactividad de las autoridades del país. Se mueven como pez en el agua a la hora de llevar a cabo estafas de comercio electrónico y ataques de «malware» a empresas, objetivos a los que poder sacar más dinero. Y es que los «hackers» ya no solo se dedican a los ataques domésticos.

Alta profesionalización, estructuras organizativas muy sofisticadas y jerarquizadas junto con grandes recursos económicos y humanos son algunas de las claves del nuevo cibercrimen internacional. Características, en un principio, impensables en una ciudad como Râmnicu Vâlcea, donde hasta el año 1989 solo los coches Dacia circulaban por sus calles y el acceso a las telecomunicaciones era escaso.

La caída del gobierno de Nicolae Ceausescu, que fue ejecutado junto a su esposa, marcó un antes y un después en Rumanía. La única forma de combatir la pobreza fue la picaresta. Así, los niños de entonces comenzaron a estafar. Nadie se preocupaba de nada hasta que en el año 2002, el FBI se fijó en Râmnicu Vâlcea.

Los ingresos que conseguían a través de falsas ventas de coches por internet se convirtió en un auténtico negocio. Con los años, fueron depurando su técnica y en 2005, tras su mala fama, los «hackers» decidieron adaptar su actividad y centralizarla en empresas de transferencia de dinero, como Western Union o MoneyGram, en las que los «muleros» o intermediarios, también conocidos como «flechas», contratados recogían el dinero de los pagos realizados en las estafas.

Romeo Chita

Así, las múltiples tiendas de lujo comparten espacios en las calles con las numerosas oficinas de Western Union. Cada vez son más los «flechas» que forman parte de una red que ha multiplicado su tamaño hasta alcanzar cotas insospechadas.

Sin embargo, en 2008 se localizó a un intermediario: Romeo Chita. Comenzó a trabajar como «mulero» en Reino Unido y pronto entendió cómo funcionaba el negocio así que creó su propia red.

Tal nivel de vida alcanzó que levantó las sospechas de las autoridades de Rumanía. Fue detenido en 2008 después de que la policía detuviera a dos de sus intermediarios. Pasó solo catorce meses en prisión.

«No sabe hablar inglés, por lo que es imposible que haya publicado anuncios o intercambiado correos electrónicos con los compradores. Ni siquiera tiene una dirección de correo electrónico. ¿Cómo puede, entonces, llevar a cabo fraudes en Internet?», declaraba su hermana a «Wired».

Sin pruebas, las autoridades de todo el mundo intentan poner freno a un negocio que no cesa de multiplicarse. Detener a dos o tres «muleros» no significa nada para una organización criminal que cada día incorpora a su red cientos de personas. Un crecimiento totalmente desproporcional al número de fuerzas policiales internacionales que cada vez ven más difícil cómo intervenir.