La explosión del movimiento «maker»

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Cuando en 1980 Alvin Toffler acuñó el acrónimo «prosumidor», fusión de las palabras «productor» y «consumidor», el escritor estadounidense predijo que en la era post-industrial esos dos roles comenzarían a mezclarse. Según Toeffler, esto sucedería cuando los productos fabricados en masa dejasen de satisfacer las necesidades de una parte de los consumidores, quienes comenzarían a participar activamente en el sistema productivo fabricando productos personalizados.

En los últimos años, Toeffler ha visto como su pronóstico comenzaba a cumplirse gracias al auge del movimiento «maker»: una corriente en la que tienen cabida tanto los aficionados que han hecho del «hazlo tú mismo» su lema; como los empresarios que están sentando las bases de un nuevo tejido industrial de fabricantes a pequeña escala.

Aunque este fenómeno tiene un origen incierto -algunos lo asocian con la nostálgica revalorización de los productos artesanales, otros con el anticapitalismo y el descontento con la saturación del mercado de consumo-, lo que es seguro es que ha crecido exponencialmente en los últimos años.

A este florecimiento ha contribuido en gran parte el emporio creado por Dale Dougherty, fundador de la revista «Make» y de las Ferias Maker, una serie de eventos en los que miles de aficionados a fabricar y crear productos -desde muebles a bolsos, pasando por tartas y maquetas de aviones- se reúnen para compartir experiencias y trucos.

Siguiendo la filosofía del movimiento «maker», Dougherty y su equipo ha creado dossieres en los que explica cómo montar una feria maker (de las 100 que se celebrarán en el mundo este año, Dougherty produce solo una pequeña parte de ellas) y cómo gestionar un espacio «maker», una especie de club cuyos socios tienen acceso a máquinas y herramientas con las que producir aquello que deseen.

«Realmente creo que todos somos “makers”», opina Dougherty. Para él, un «maker» es un creador, un constructor, alguien que produce o da forma a algo. En síntesis, es alguien que no se conforma con la etiqueta de consumidor.

A la expansión del movimiento «maker» ha favorecido también en gran medida la creciente popularidad y el abaratamiento del coste de las impresoras 3D: máquinas que crean todo tipo de figuras en tres dimensiones a base añadir capas de plástico.

Todo nació en Brooklyn

Entre las compañías líderes en el sector de las impresoras 3D asequibles se encuentra MakerBot, una empresa fundada en Brooklyn en 2009 que ha vendido más de 15.000 impresoras en su breve existencia. Además, MakerBot ha creado Thingiverse, un espacio online donde la comunidad de creadores de modelos en 3D pueden compartir sus diseños, inspirarse y hablar con otros usuarios para resolver dudas o buscar mejoras.

«MakerBot quiere dirigir la siguiente revolución industrial. En la I Revolución Industrial, para trabajar había que ir a la fábrica, que es donde estaban las máquinas. Ahora las máquinas y las fábricas están en tu casa. Eso cambia el juego: ahora tú eres el fabricante. Si tienes una idea, puedes diseñarla y producirla desde tu mesa de trabajo», explica el director ejecutivo y fundador de MakerBot, Bre Pettis.

Cuando Pettis menciona a esos fabricantes tiene en mente dos perfiles muy diferentes de clientes. Uno es el grupo formado por grandes empresas como General Electric, Ford o la NASA, quienes utilizan sus impresoras para crear prototipos de forma más rápida, más barata y eliminando intermediarios. El segundo grupo está compuesto por emprendedores que han tenido una idea interesante y se han convertido en fabricantes gracias a una impresora 3D.

Historias de éxito

Entre los ejemplos que Pettis suele mencionar se encuentra Kacie Hultgren. Esta escenógrafa utiliza su impresora 3D para crear maquetas de los decorados que luego construirá a tamaño real. Hultgren vio una oportunidad de negocio al darse cuenta de que los muebles que diseñaba eran muy similares a aquellos con los que se decoran las casas de muñecas. Animada por el hecho de poder producir bajo demanda, en vez de tener que fabricar 10.000 unidades de un sillón sin saber si se iba a vender, Hultgren lanzó un pequeño negocio que ha tenido un enorme éxito.

Otra historia triunfal es la de Chris Milnes, un músico de Nueva Jersey que utilizaba el lector de tarjetas Square para cobrar a quienes le compraban merchandising después de los conciertos. Para Milnes el lector de Square tenía el problema de que no dejaba de girar, por lo que diseñó el prototipo del Square Helper: una pequeña pieza de plástico que impide que rote. Cuando quiso producirlo, la mayoría de fabricantes le pedían más de 4.000 euros solo para crear un molde.

Con ese desembolso inicial, Milnes tendría que vender centenares de unidades para amortizar el gasto. En cambio, prefirió comprar una impresora 3D y comenzar a fabricarlos según se los van encargando. Y cuando Apple saca un nuevo modelo de iPhone o iPad, Milnes no tiene que producir un nuevo molde. Solo tiene que hacer una pequeña modificación en su modelo para seguir produciendo.

Y es que, como explica Pettis, una impresora 3D es una «máquina muy útil para los emprendedores y para convertir a cualquier persona con una idea en un empresario».

El apoyo en Obama

La fabricación con impresoras 3D ha abierto las puertas a una nuevo status quo de la industria en el que la fabricación en masa y la fabricación en base a la demanda o por unidades coexisten y se complementan.

Una de las ventajas de multiplicar la cantidad de personas con habilidad para fabricar productos en sus hogares y oficinas es que se crean nuevos puestos de trabajo al tiempo que la cantidad y calidad de las innovaciones se dispara.

Entre aquellos que han sabido apreciar la potencialidad de este fenómeno se encuentra el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Durante su reciente discurso del estado de la Unión, Obama pidió al Congreso que le ayudase a garantizar que la siguiente era de la producción industrial sea «Made in America» y citó las impresoras en 3D como una herramienta con «potencial para revolucionar la forma con la que fabricamos casi todo».

Para ejecutar esta propuesta, Obama anunció la apertura de tres nuevos centros inspirados en el Instituto de Innovación Nacional en Fabricación Aditiva (NAMII). Este centro, creado con fondos privados y del Gobierno, es una incubadora orientada a las empresas que utilizan impresoras 3D en su negocio. El plan de Obama es abrir nuevas sedes en regiones donde la industria ha decaído y hay altas tasas de desempleo.