El físico alemán Peter Gruenberg en su laboratorio del Centro de Investigación de Juelich
El físico alemán Peter Gruenberg en su laboratorio del Centro de Investigación de Juelich - efe
OBITUARIO

El físico que hizo posible el disco duro

Descubridor de la magnetorresistencia gigante, Peter Grünberg ganó el Nobel de Física en 2007

CORRESPONSAL EN BERLÍNActualizado:

El almacenaje de datos, que hoy tanto nos preocupa, fue posible gracias al descubrimiento de la magnetorresistencia gigante, por el que el alemán Peter Grünberg ganó el Nobel de Física en 2007 junto a su colega francés Albert Fel. Fue la primera gran aplicación práctica de la nanotecnología y el colofón a una carrera científica de fondo.

Grünberg nació en 1939 en Pilsen, actual República Checa. En 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, su familia fue expulsada del país junto al resto de la minoría alemana y se trasladó a Lauterbach, una pequeña localidad en el estado federado de Hessen, donde sufrieron la precariedad y las carencias propias de la dura postguerra alemana. Su padre insistió en que él estudiase, a pesar de que en la familia eran necesarios más salarios para llegar a fin de mes, y terminó licenciado en Física por la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Fráncfort en 1962. En 2004, tras 32 años dedicados al Centro de Investigaciones de Jülich, se retiró oficialmente, aunque prosiguió con su labor y mantuvo una oficina en ese centro hasta su fallecimiento.

Pionero en el desarrollo de la nanotecnología, su investigación en el campo de la condensación física de la materia dio su formidable fruto en 1988, recibiendo un primer premio de la Sociedad Americana de la Física. En 1994 inauguró la «espintrónica», la nueva disciplina tecnológica gracias a la que la portabilidad y la capacidad de los aparatos electrónicos comenzó a ser cada vez mayor. Con ella revolucionó las técnicas informáticas para la extracción y compactación de datos de los discos duros de ordenador y permitió en medicina importantes avances en diagnósticos y localización de células.

Su compañero de Nobel alabó siempre su «constancia y rigor científico» y agradeció a la investigación, más que el premio, el haberle obsequiado con la amistad de Grünberg, que hubiera preferido, sin embargo, haber aportado algún avance significativo «en el ámbito del ahorro energético o protección del medio ambiente, que serán problemas más acuciantes en los próximos siglo», predijo.

Amante del deporte y guitarrista en sus ratos libres, siempre guardó una escrupulosa discreción a pesar de sus participaciones en congresos internacionales y reconocimientos en eventos científicos. Ni siquiera el Nobel consiguió sacarle de su rutina de estudio y el mismo día que la Academia Sueca le concedió el premio acudió a trabajar como de costumbre y bridó con champán solamente porque un colega del departamento bajó a comprar una botella. «He recibido premios antes y la gente me decía que sólo me faltaba uno, el premio último, así que en cierto sentido estaba preparado para ello», explicó a un periódico local justificando que «ha sido sorpresa solo en parte». También dijo en ese momento que «el verdadero significado de este premio, lo que va a cambiar en nuestras vidas, solo se comprenderá con el tiempo». Y tenía razón.