Carmen sufrió una agresión sexual tras ser violada - ABC / Vídeo: La burundanga, la druga que anula la voluntad, la droga por excelencia de los violadores

Violaciones con drogas pero sin denuncias

Burundanga, anestésicos o disolventes se usan para cometer un delito que aumenta pero suele quedar impune

MadridActualizado:

Carmen tiene 30 años y está esperando su primer hijo. Vive en una localidad cercana a Valencia junto a su marido. Ambos trabajan. Carmen espera con ansias la llegada del pequeño.

Podría ser esta la foto de cualquier mujer de su edad. Salvo por las astillas de un recuerdo que quisiera no conservar en la memoria. Hace siete años, en junio de 2010, Carmen se fue al puerto de Valencia a celebrar el cumpleaños de un amiga a un pub. Solo se pidió una copa, que ni siquiera terminó, cuando empezó a sentir mareos, calor, peso en el cuerpo... Se subió a un taxi y a partir de ese momento, todo fue una nebulosa.

Carmen fue agredida sexualmente por un desconocido que, en algún momento de aquella noche, le colocó burundanga en la copa. «Recuerdo estar en un descampado con un chico encima penetrándome, su cara era una imagen distorsionada, intenté quitármelo de encima pero tenía los brazos y piernas entumecidas. Le dije que me dejara y en algún momento se fue. No recuerdo cómo salí del descampado. Estaba aturdida y desorientada, sabía que no era por el alcohol, tenía muchas lagunas. Al llegar a casa comprobé que tenía un dolor en la zona genital, moratones en la espalda y un gran dolor de cabeza. Me duché y me acosté», cuenta Carmen a ABC.

Violar a una mujer

El uso de la escopolamina, conocida vulgarmente como burundanga, es solo una de las sustancias usadas para doblegar la voluntad de una persona y abusar de ella sexualmente sin que esta pueda presentar oposición. Este método también se usa para robos o hurtos y se conoce como sumisión química.

«Este fenómeno está aumentando porque hoy en día es la forma más segura de violar a una mujer y quedar impune, ya que es casi imposible probar los delitos de sumisión química», apunta Dolores Cidoncha Romero, coordinadora y psicóloga de la Asociación de Asistencia a Mujeres Violadas (Cavas). «Al anularse la voluntad de la persona la comisión del delito es mucho más fácil y, al mismo tiempo, es difícil de demostrar», agrega Beatriz Mergelina, psicóloga de Cavas.

Pese a que se están estableciendo protocolos de actuación en Sanidad, que se han redactado junto a Justicia, estos no se han aplicado aún en todos los centros, lamentan desde la asociación. Es frecuente que una joven acuda a Urgencias y, por desconocimiento, no pida analíticas para comprobar si le han introducido algo en la bebida. Además, la sintomatología que presenta se puede confundir con los efectos producidos por el alcohol.

No hay pruebas

Cuando empieza a ser consciente de lo que ha pasado ya han transcurrido horas desde la comisión del delito y el efecto de las sustancias puede desaparecer (unas seis horas y doce en orina). «Sin pruebas, es difícil no que no queden impunes. Cuando una víctima le dice al juez que tal vez le metieron algo en la bebida, que sufrió abuso sexual, que duda de la persona que lo hizo porque tiene flashes y, encima, el chico en cuestión dice que no ha hecho nada o, en caso de pruebas, dice que fue consentido (ella, lógicamente, no opuso resistencia), pesa la palabra de uno contra la del otro. Al primar la presunción de inocencia, se absuelve», explica Mergelina.

Según datos del Ministerio del Interior los delitos contra la libertad sexual a través del uso de drogas o fármacos ha pasado de 54 en 2015 a 80 en 2016. Cavas, por su parte, ha tratado de un 5 a un 10 por ciento de casos de sumisión química de un total de 100 agresiones sexuales al año. El bajo número de casos se debe, en parte, a que las jóvenes tienen miedo a que no les crean.

Carmen no denunció. «Sentí impotencia, vergüenza, rabia por no poder hacer nada y culpa por no haber podido evitar la situación. No denuncié porque creí que no me iban a hacer caso, porque no podría reconocer al que me lo hizo y, además, me duché, pasó tiempo y no me iban a poder tomar pruebas. No sabía que era tan importante hacerlo en las primeras horas», confiesa. La sustancia que a Carmen le pusieron en la copa fue escopolamina, pero a falta de análisis, no está segura. «Creo que era burundanga, por lo que me dijeron después. No creía que esas cosas pudieran pasarme a mí».

Secuelas perduran

Engrosan la lista de las drogas usadas en la sumisión química las benzodiazepinas, los hipnóticos, los anestésicos, la ketamina, el G.H.B. o éxtasis líquido, o los disolventes de pintura como el benzol. «Generalmente las drogas se ponen en bebidas alcohólicas o refrescos ya que no tiene sabor ni color ni olor. Las chicas sufren una amnesia parcial o completa, resaca desproporcionada, efectos alucinógenos, desinhibición o incluso se puede llegar a la muerte en altas dosis o en casos de personas que ya están medicadas.

Otro método utilizado es el «aliento del diablo», en el que la víctima inhala la droga usando un trapo en en la nariz o al soplárselo a la cara. Cuando sufren abusos recuerdan posteriormente haberse visto en una habitación de un hotel, a la orilla de un río, en un descampado…», explica Mergelina. Las secuelas perduran y varían de una víctima a otra: «Sientes impotencia, vergüenza, culpa y, en mi caso, miedo a salir y tomarme algo, desconfianza hacia cualquier persona que no conozca bien. Durante un tiempo no quise intimar con ningún chico, sentía rechazo hacia cualquier hombre, incluso rechazaba los abrazos de mi propio padre».

Ante esta lacra, el Grupo Parlamentario Socialista presentó hace unas semanas una proposición no de ley en el Congreso para combatir el aumento de casos. «El Código Penal alude a la sumisión química para cometer cualquier tipo de delito. Pero no es lo mismo que te roben la cartera a que te violen. Por eso, hemos pedido analizar en qué medida se puede modificar para que se aplique el castigo más alto cuando hay agresión sexual», explica Ángeles Álvarez, portavoz socialista de Igualdad.