Aries, quién también sufrió una agresión - Francis Silva | Vídeo: El juicio a la manada ha marcado un antes y un después en la sociedad española ATLAS

Dos veces víctima de «La Manada»

El juicio, la atención social y una sentencia que no reconoce la violación de la joven son factores que agravan su situación, con estrés postraumático

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C., la víctima de la violación grupal en los sanfermines de 2016, ha decidido finalmente recurrir el fallo que condena a «La Manada» solo por abuso sexual. Pero Ana, una joven que no la conoce y que también fue agredida a los 18, no tiene ninguna duda: «Eso no es justicia». Igual que Aries (nombre ficticio), que no pudo evitar llorar al escuchar el veredicto. Han sido meses de exposición mediática y de escrutinio social, que se han añadido a un proceso judicial que los expertos califican ya de por sí revictimizante. Los hechos sucedieron hace más de veinte meses, pero hoy están más presentes que nunca.

Cada víctima es capaz en diferente grado de hacerle frente a la situación, de superarla. En ello influye su trayectoria vital, su personalidad, sus apoyos externos o la existencia de traumas previos. Antes del 7 de julio de 2016, la víctima de «La Manada» no presentaba ningún trastorno de la personalidad, ni antecedentes de desestabilización psicológica. «Por el contrario, tenía una adecuada adaptación en los distintos ámbitos (personal, educacional, social y familiar)», recoge la sentencia. Ahora ha sido diagnosticada de un trastorno de estrés postraumático, está en tratamiento psicológico desde septiembre del año pasado y los peritos que la atendieron creen que aún no se pueden valorar las secuelas a las que tendrá que hacer frente los próximos años. «A pesar de que la gente cree que el peor momento es la agresión en sí, se prolonga durante mucho tiempo. Ojalá que mi dolor se hubiera quedado en esa noche», corrobora Ana, ahora con 21 años.

«Siempre vulnerable»

Para los expertos, la consecuencia inmediata de una sentencia que la víctima no sienta justa es que llegue a la conclusión de que no importa lo que haga porque siempre será vulnerable. La llamada «indefensión aprendida». «Es la sensación de que “para qué me voy a plantear un recurso, o a intentarlo, si haga lo que haga da lo mismo, no tiene efecto”», resume la psicóloga forense y sanitaria Timanfaya Hernández.

«La sentencia no reconoce lo que ella pedía. Que no se haya recogido la violencia que ella sintió posiblemente le pueda provocar una dificultad emocional grave en la recuperación», dice Ángeles Esteban, doctora en Psicología y criminóloga. C. puede no sentirse del todo arropada por los jueces, explican. Y el apoyo siempre es vital para la recuperación. El fallo judicial también recoge que no se opuso de forma activa a la violación. «Podría llevarla a un momento de mayor vulnerabilidad o a una pequeña involución en el tratamiento», dice Hernández.

Incluso a Ana, observar un proceso tan mediatizado le ha hecho reabrir heridas. «Aunque no sé si utilizo bien la palabra "reabrir", no creo que se puedan cerrar nunca», dice. Ha sentido como suyo el dolor de la denunciante. «Yo tampoco opuse ninguna resistencia, no grité, no pedí ayuda, no lloré». Cuenta que incluso le habló de usted a su agresor. «No era educación, era supervivencia». Ahora se pregunta con ironía si tendría que agradecer a su agresor que llevara una navaja: «Así es obvia la intimidación».

A la sensación de pérdida de control de una agresión, los casos mediáticos traen asociados la exposición y respuesta social. Se habla de ello en la calle, en los bares, en las casas, aún cuando nadie conoce su identidad. «El efecto social puede ser algo que le afecte mucho, se le cuestiona en todo momento si su relato de los hechos es cierto o una exageración», comenta la psicóloga Sara García. Habituada a tener frente a sí a mujeres agredidas, asegura: «Hay que recordar que lo primero que hacen las mujeres violadas es cuestionar la parte de responsabilidad que han tenido ellas mismas».

El proceso judicial no ayuda. «Ha hecho un esfuerzo por contar lo sucedido varias veces y eso genera una revictimización. Exponerse a ello y estar en boca de todo el mundo afecta claramente», resume Hernández.

Aunque puede haber una vertiente positiva. «Puede que le haga sentir bien que la sociedad sí esté viendo la agresión», dice Benítez. Rosa Álvarez Prada, vocal de la junta de gobierno del Consejo General de la Psicología y coordinadora del grupo de trabajo de Psicología e Igualdad de Género, se inclina hacia la visión optimista. «La cobertura mediática no tiene por qué ser perjudicial dentro de unos límites éticos, sino todo lo contrario, porque la víctima puede encontrar amparo».

Efectos del trauma

A medio y largo plazo, muchas víctimas acaban desarrollando cuadros de ansiedad, de depresión y síndrome de estrés postraumático. Le pasó a C., un trastorno que no solo significa que vivió los hechos de forma muy angustiosa –como también recoge la sentencia–, sino que creyó que su vida estaba en peligro, añade Esteban.

Con el estrés postraumático las vivencias vuelven, incontrolables, a modo de «flashbacks». Son imágenes, sensaciones, olores... Las víctimas tienen insomnio, pesadillas y somatizaciones. Muchas acaban evitando lugares, personas o situaciones que le puedan recordar el trauma. Ir caminando por la calle y cruzarse con un grupo de jóvenes se puede convertir en desencadenante de un gran malestar psicológico.

Pero el estrés postraumático muchas veces no se manifiesta de forma inmediata. «Depende de la persona. Se puede dar que la víctima intente hacer una vida normal. De hecho, el estrés postraumático lo diagnosticamos a los meses», explica Hernández. En el caso de la joven denunciante de «La Manada», cuyas fotos durante una fiesta lúdica trascendieron como un capítulo sórdido de espionaje realizado durante el proceso, los psicólogos ven en la recuperación de los hábitos normales la mejor forma para pasar página, pero sin olvidar un dato: «Es solo un mecanismo de defensa». Tajante en este sentido es Rosa Álvarez: «Todas las recomendaciones profesionales concluyen que esa persona trate de recomponer su vida. Lo que no es positivo es que una superviviente tenga que cargar con el estigma de la violación permanentemente, ni que sea cuestionada porque no se resistió».

Hoy Ana cree que C. se preguntará si habrá compensado denunciar. «Yo te digo que sí, hay que concienciar, no esconderse, dar la cara. Porque desgraciadamente cada vez somos más las que hemos sufrido agresiones. No tenemos que tener vergüenza. Vergüenza ellos. Nosotras tenemos que estar orgullosas de haber sido capaces de superar esa situación y seguir con nuestra vida. Porque se puede volver a ser feliz. Somos valientes y somos fuertes».