Alumnos en la Universidad de Valencia
Alumnos en la Universidad de Valencia - Mikel Ponce

La Universidad tumba tópicos: prima al investigador y no sobran alumnos

ABC regresa a las aulas 15 años después y comprueba cómo Bolonia lo cambió todo. O casi todo

MADRIDActualizado:

A primera vista, la universidad no está mal; apenas se ven tunos ya y a sus titulados los contrata Alemania. Sin embargo, se le hace el peor reproche posible: ser una de las causas por las que a España le resulta difícil cambiar el modelo productivo. Alumnos y familias no confían en la capacidad del título para conseguir trabajo, las empresas recelan del excesivo componente teórico de la educación, y los investigadores objetan su falta de especialización. Algunas críticas son contradictorias: se reprocha a la vez la tasa de fracaso y lo barato que está un título. También es habitual la nostalgia, pero con la Ley de Reforma del 83 la universidad pasó de ser pequeña y elitista a una universidad masificada, autónoma, y diversificada, en la que las autonomías generaron réplicas provinciales.

La universidad cumplió su papel: la masificación de los 80 y 90 contribuyó a la formación de capital humano, a la cohesión, al ascenso social y a la incorporación de la mujer.

En el año 2000 llegó a su límite con 1,6 millones de estudiantes. Luego descendió el número de universitarios y titulados por razones de demografía y también por las oportunidades de empleo para jóvenes en los años de expansión. Eso sería paro de después. A partir del 2000, otro escenario se fue perfilando: Europa reconoció en la Agenda de Lisboa la necesidad de mejorar su competitividad, muy por detrás de Estados Unidos, y la convergencia en el Espacio Europeo de Educación Superior con el proceso de Bolonia.

La universidad afronta todo eso: Europa, la importancia estratégica de las TIC (ya no podemos competir en costes) y la tendencia general a que la formación postobligatoria se acerque al 100%.

Un prejuicio ambiental es que sobran universitarios y universidades. Según el estudio de la Fundación BBVA «Universidad, Universitarios y Productividad en España», la tasa de matriculación a los 18 años, pese a su constante aumento, aún está por debajo de la OCDE. Tampoco sobran universidades; el tamaño medio de las españolas no es menor a la media.

El sistema español sí aprovechó Erasmus: es el mayor receptor y el que más alumnos envía

Desde el 2000 decrece ligeramente el número de universitarios y aumenta la investigación. Las probabilidades de acceso por clases sociales se mantienen estables y como los alumnos se estancaron, pero se siguió invirtiendo en investigación, el gasto por alumno fue creciendo y en 2011 igualó la media europea. En cualquier caso, muy lejos del americano. Una universidad media allí tiene un gasto por alumno tres veces superior: los mismos recursos públicos, más un tercio por matrículas y otro por contratos y donaciones.

Desigualdad académica interna

Se observa una proliferación de títulos de nivel inferior que refuerza la desigualdad académica interna (las mejores titulaciones se blindan con notas de corte), y una mejora lenta en movilidad e internacionalización, lejos aún del 23% de alumnos extranjeros del Reino Unido. El sistema español sí aprovechó Erasmus: es el mayor receptor y el que más alumnos envía. Los profesores reconocen su efecto («espabila»), remedia nuestro problema con el inglés y la ausencia de movilidad (¿una nueva mili?). Pero Erasmus afectaba al 2,3% del total en 2010. La mayoría se gradúa sin salir de su provincia.

Como problemas universitarios se señalan el coste y endeudamiento, la rigidez en la oferta y la endogamia. Lo primero obligará a subir las tasas y a buscar ingresos en colaboración con las empresas; la rigidez la modera una competencia incipiente en másteres, mejor orientados a interpretar las necesidades del mercado de trabajo. La endogamia traslada la percepción de una casta sacerdotal que produce conocimientos por, para y en el Estado y que acaba dirigiendo las universidades o el propio Ministerio. Desde dentro también se apunta a ella como problema. Para el sociólogo Julio Carabaña, sin embargo, «la endogamia es la forma en que se llama a la promoción interna en la universidad». Sería una de las disfunciones de la masificación: eran necesarios profesores baratos y se crearon figuras como el adjunto o el ayudante, con sueldos de mil euros. «Antes había catedráticos de 25 años, ahora se llega con 60 años. O haces un concurso abierto o vas tirando de promoción interna».

Además de la cultura, las tareas de la universidad son tres: formar, investigar y procurar la transferencia tecnológica al tejido productivo. El efecto general de la formación se cuestiona. ¿Por qué si ha habido un incremento millonario de universitarios tenemos problemas de productividad? Francisco Pérez, coordinador del estudio del BBVA, defiende el impacto positivo: «Los salarios de los universitarios son un 57% mayores que los de los no universitarios. Un empresario no paga esa diferencia si la productividad no es mayor. Debería ser superior, claro, y es cierto que el perfil del universitario puede no ser el necesario, pero el tejido productivo tampoco ayuda. En empresas grandes y tecnológicas el aprovechamiento del capital humano es mayor». Somos un país con pymes y turismo.

Después están los efectos para el titulado. La queja es que le esperan modestos diferenciales salariales y precariedad. Los efectos beneficiosos del título (prima salarial y estabilidad) se manifiestan con el tiempo. De nuevo, son las características del tejido productivo las que desactivan los efectos de la titulación. La tasa de paro del 18% en jóvenes universitarios impide que acumulen experiencia, indispensable para formar su capital humano. Con todo, desde 2007 hay 300000 universitarios más trabajando.

Los efectos beneficiosos del título (prima salarial y estabilidad) se manifiestan con el tiempo

El título universitario protege mejor del desempleo en las crisis, aumenta la probabilidad de tener contrato indefinido y de ser directivo. «La mejor manera que tiene la universidad de influir en el modelo productivo es formar directivos que desde dentro transformen las empresas, que la gestión pase del propietario al profesional. Eso aumenta la productividad de los empleados», afirma Pérez.

La otra tarea es el I+D. Hay universidades politécnicas que investigan, pero no hay una especialización en postgrados e investigación. Sobre el gasto total en I+D, la universidad aporta aquí un porcentaje superior al de la OCDE. Esto se explica por la insuficiencia investigadora de nuestras empresas. Desde el 2000, el peso del I+D en el gasto universitario aumentó del 30% al 40%. En su mayor parte se destina a retribuir el tiempo de investigación de los profesores, por eso los resultados llegan a través de publicaciones, fundamentales para el reconocimiento de sus méritos en la promoción profesional. España ha duplicado su producción científica y es la octava potencia mundial, aunque el peso es mayor en cantidad que en calidad; si se tienen en cuenta las citas por publicación retrocede de posición.

Se producen artículos científicos, pero no tanto patentes o transferencia tecnológica. En investigación aplicada el retraso es mayor. Dos causas lo explican: el profesor no está incentivado porque no computa como mérito y tampoco responde el tejido empresarial. ¿Qué tecnología puede demandar el turismo?

España no está en los rankings

Hasta el decreto Wert, el profesor universitario recibía una retribución para dar clases e investigar, lo hiciera o no. La reforma empieza a dar resultados. Cada seis años, el profesor se somete a una evaluación de su investigación. Esa evaluación suele rechazar el 40% de lo presentado y si es positiva supone un complemento salarial de 150 euros. El que ha investigado ve reducidas sus horas de clase; el que no, las acumula. Así, sin reducir la oferta docente total se empieza a distinguir entre docentes e investigadores.

El sistema debe seguir refinándose porque los docentes responden: ¿y quién me incentiva para dar bien las clases? Se cobra lo mismo pasando el mismo power point que actualizando el programa con las aportaciones del último Nobel.

Cualquier mejora se ignora cuando aparecen rankings internacionales como el de Shangay y España no está en ellos. Para Carabaña, «el deseo de tener universidades en esos rankings es de los más necios posibles. Bastaría con convertir al CSIC en universidad de investigación. Otra manera es reducir alumnos. Los rankings miden cosas como los libros por alumno. Si la Pompeu redujera sus alumnos estaría dentro. Pero la universidad no puede formar profesionales masivamente y estar en los rankings».

«La universidad no puede formar profesionales masivamente y estar en los rankings»Julio Carabaña, sociólogo

En el mundo hay veinte mil universidades. Ninguna española figura entre las cien primeras, pero casi todas las públicas están entre las mil, es decir, en el 5% mejor. El ranking lo copan las universidades americanas. Cuestión de años y recursos. Se usa un ejemplo: son Barça y Madrid, nosotros el Villarreal. No es sólo dinero, son años de acumulación y capacidad de atraer talento.

Queremos universidades baratas, masivas y cercanas que además compitan con Harvard. La aplicación de Bolonia aumenta la confusión. Para Carabaña, «Bolonia son tres: la ordenación del sistema, el mercantilismo y el pedagogismo. Lo primero fue un estropicio, porque España ya estaba en el 3+2 años con el primer y segundo ciclo. Eso se hizo para Alemania e Italia, que tenían carreras largas. El 4+1 es una ocurrencia. Y Bolonia se quiso que fuera un revulsivo y a río revuelto ganancia de revulsivistas. Por un lado están los del mercantilismo: hacer una universidad para el mercado de trabajo; por otro, los pedagogos». Y unos y otros colisionan con la exigencia de investigación. Bolonia impulsa un sistema de formación de profesionales que arrincona el viejo modelo de pensamiento crítico y el ideal de universidad alemana orientada a la ciencia.

El énfasis pedagógico de Bolonia lo sienten los profesores, se nota en las clases. Grupos más reducidos y mayor peso de lo tutorial. Se detecta una menor autonomía de aprendizaje. Antes, el profesor daba la clase magistral, ahora debe tutelar al alumno. Esto se traduce en prácticas que acaban en trabajos que muchas veces son simple corta y pega de Google.

El alumno ha vuelto a elegir facultad por motivos vocacionales, aunque su infantilización sea un signo de los tiempos. Antes, la universidad exigía el Examen de Madurez, ahora prolonga hábitos de la secundaria. El rito de paso se aplaza al momento de enfrentarse al mercado de trabajo. Contra la sospecha habitual, los profesores veteranos coinciden en que los alumnos no son peores. «Conservo todos los exámenes. A veces los comparo y me doy cuenta de que son iguales que hace veinte años».