El servicio de rescate de la Guardia Civil accedió a la aldea esquiando cinco kilómetros EL COMERCIO
El servicio de rescate de la Guardia Civil accedió a la aldea esquiando cinco kilómetros EL COMERCIO

La temerosa espera

Decimotercera entrega de la serie que la periodista y escritora Mari Pau Domínguez publica cada domingo y en la que recrea historias en torno a la soledad basadas en episodios reales. Aunque estos relatos son pura ficción, posiblemente los supere la realidad en la que se basan

MADRIDActualizado:

Despoblación y soledad. Y en medio, Ramona, de 77 años, habitante de una aldea asturiana que sólo contaba con tres vecinos más: su hijo, de 58, y otros dos hombres que eran hermanos y vivían en una misma casa a un kilómetro de la de Ramona. Ese era todo el universo humano de la zona. Se contaban más casas pero abandonadas. La gente había iniciado un éxodo décadas atrás en busca de oportunidades que no encontraban ni siquiera en el pueblo al que pertenecía administrativamente la aldea. Podría pensarse que aquellas cuatro almas habían quedado olvidadas de la mano de Dios.

Sin embargo, el olvido provenía de la mano del hombre, ya que nadie, menos aún las autoridades, supieron poner remedio al goteo incansable de partidas que se convirtieron en una ausencia inabarcable delimitada en sus confines por tan solo dos hogares; como en tantos otros sitios de España en los que despoblación y soledad se dan la mano para rasgar el mapa geográfico, ya herido de muerte en muchos de sus rincones.

La vida en la aldea transcurría lenta, apartada del mundo, ajena al complicado bullicio de una gran ciudad, desvinculada de los avances tecnológicos, y, en cambio, enfrascada en los pequeños hechos cotidianos que acaban siendo lo que de verdad importa. No había niños, ni escuelas, ni bares, ni negocios. Lo peor: ni siquiera vecinos. Todos los días, el hijo de Ramona cogía un autobús para ir a trabajar a cuarenta kilómetros del pueblo. Su coche renqueaba demasiado por los años pero no había dinero para otro, como tampoco para repararlo, así que permanecía varado en la puerta del garaje reconvertido en trastero, como símbolo de una decadencia despoblada. A pesar de la tranquilidad, a Ramona se le cansaba el corazón debido a una enfermedad congénita que paliaba con sus pastillas a diario. Apenas le daba importancia; la tenía controlada gracias a sus medicinas.

Una falsa primavera

El final del invierno estaba resultando más duro que otros años. Era ya finales de febrero cuando, después de unos días que parecían anunciar lo que resultó ser una falsa primavera, el tiempo comenzó a virar con mala idea. A una infernal tormenta que oscureció el valle le siguió la nieve. Al principio leve. Pero el segundo día ya anunciaba complicaciones. «¿Cómo es que vuelves tan pronto del trabajo?», preguntó Ramona a su hijo al verlo aparecer a las once de la mañana. «La carretera estaba cortada y el autobús no ha podido pasar», le explicó él. Y poco más se dijeron ese día. Tampoco hicieron nada, ¿qué se iba a hacer, en una tarde de perros en una aldea perdida en las montañas? La soledad, en algunos casos, se convierte en un agujero oscuro del que se entra y se sale sin hacer ruido. El silencio del paisaje era tan imponente y atávico que por momentos daba la sensación de oírse.

A media tarde, Ramona contemplaba por la ventana cómo arreciaba la nevada. En poco rato, los copos se intensificaron y el blanco manto alcanzó el medio metro de altura. Tuvo un pálpito y se dirigió a su cuarto de baño, revolvió el cajón de las medicinas y el pánico se apoderó de ella al comprobar que sólo quedaba una pastilla en la caja del medicamento diario prescrito para su cardiopatía. Quiso controlar los latidos de su corazón, pero no podía, y al ser consciente de ello los nervios se acrecentaron. Porque para entonces la nieve bloqueaba las puertas de su casa y había sepultado el viejo vehículo familiar. Ramona comenzó a sentir taquicardia. Cuando irrumpió en el salón con el semblante demudado, su hijo dio un salto del sofá. «¿Qué te ocurre, madre?». Pero Ramona no podía responder, la angustia se lo impedía. Llevaba en una mano la caja vacía de sus pastillas y en el corazón, el miedo a la amenaza de la muerte si no se medicaba. Afuera nevaba cada vez más, y la previsión marcaba que la nieve persistiría durante el fin de semana. El hijo la abrazó temiendo que su madre no llegara al lunes, impotente por no poder remediar la agónica situación. Estaban aislados.

Héroes en la nieve

Al concejo no llegaban los cables de telefonía, por lo que ninguna de las dos casas disponía de una línea fija, y respecto de las conexiones a través de los móviles dejaban bastante que desear, aunque al menos en algún momento había cobertura; mala, pero la había, eso sí empeorada esa tarde debido al temporal. El hijo consiguió contactar con el ayuntamiento de la población más cercana. Tras diez minutos intentando que le pasaran con los servicios sociales –estaban desbordados-, por fin alguien le escuchó y entendió la gravedad del caso. La Guardia Civil fue avisada y después de buscar, infructuosamente, una solución, intervino el Grupo de Rescate Especial de Intervención en Montaña.

Parecía una locura, pero el teniente y su compañero no lo pensaron más, al tiempo que otro conseguía el medicamento de Ramona en una farmacia ellos se prepararon con el equipamiento necesario para un rescate e iniciaron el camino hacia la aldea. Recorrieron cinco kilómetros esquiando bajo una condiciones meteorológicas duras y adversas, mientras Ramona rezaba agarrada a la caja vacía de sus pastillas, sintiéndose más sola que nunca. Más desamparada. Más lejos del mundo. Hasta que cuatro horas más tarde los rescatadores localizaron la casa, a la que se aproximaron con dificultad. El hijo de Ramona tiró de ella para abrir juntos la puerta. Le costaba creerlo, la mujer, emocionada, cogió la bolsa con las medicinas que le entregó el teniente y, con lágrimas en los ojos, sólo acertó a decir: «Gracias, son ustedes mis héroes».

Sí… lo fueron. ¿Acaso alguien lo duda?