José Francisco Serrano Oceja

El Papa y el hambre en el mundo

El compromiso con los pobres radica en la fe en el Dios de Jesucristo

José Francisco Serrano Oceja
MADRIDActualizado:

El Papa Francisco ha pronunciado esta semana uno de los discursos más relevantes de su pontificado, hasta el presente, en lo referido al hambre, las migraciones, el cambio climático y las guerras. Emergencias no aisladas, ni desconectadas. Lo ha hecho en la FAO en continuidad con el discurso que Benedicto XVI pronunciara el 16 de noviembre de 2009. Según un informe de 2016, el hambre afecta a 815 millones de personas, el 11% de la población mundial.

Al Papa no le importa confrontarse con la utopía política. El primer acto de solidaridad con los pobres consiste en denunciar los mecanismos perversos que generan sus sufrimientos.

Las tentaciones respecto al discurso del hambre en el mundo son muchas, y no de ahora. Una primera es la incoherencia de quienes enarbolan con insistencia esta bandera porque está de moda en la Iglesia. Contribuyen al decir que no se corresponde con el hacer. Mutantes cíclicos que lo serán de lo que venga. Otra, quizá más aguda, es la de la Iglesia selectiva, que se queda con una parte del discurso y elimina lo que la incomoda.

Idiosincrasias del Papa Francisco dicen. Están también los empeñados en politizar la teología y convertir la Iglesia en una organización intramundana.

Pobreza significa la miseria que atenta contra la dignidad del hombre. Designa también la necesidad de salvación. Juan Pablo II dijo en un barrio pobre de Lima: «El hambre de pan debe resolverse; el hambre de Dios debe permanecer». La razón definitiva del compromiso con los pobres y oprimidos, de la lucha contra el hambre, no está en el análisis sociológico que se emplea, tampoco en la experiencia directa de lucha contra la pobreza, o en una añadida sensibilidad por la desgracia y la miseria. Razones legítimas que pueden ser motivos válidos. El compromiso con los pobres radica en la fe en el Dios de Jesucristo. Hunde sus raíces en la gratuidad del amor de Dios y es una exigencia de ese amor.

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