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«No sin mi leche con sabor a chocolate»: la nutrición se convierte en batalla política en EE.UU.

Al contrario de Barack Obama, Donald Trump parece poco interesado en diseminar un mensaje contra la obesidad

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La epidemia de obesidad es uno de los grandes problemas médicos en EE.UU. y su final no está en el horizonte. El pasado octubre, un informe de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, en sus siglas en inglés) aseguraba que los índices de obesidad tocaban cifras récord: la sufren casi el 40% de los adultos y el 20% de los adolescentes. El sobrepeso afecta al 70,7% de la población: la realidad es que quienes tienen un índice de masa corporal saludable son una minoría en el país. Los niveles de obesidad infantil se han mantenido más estables en los últimos años, pero un estudio de la Universidad de Harvard apunta a que, si se mantienen las tendencias actuales, el 57% de los niños estadounidenses de hoy serán obesos cuando cumplan 35 años.

La alimentación sana, el ejercicio y evitar el consumo masivo de bebidas azucaradas es el punto de partida para contener un problema al que se le calcula un coste de casi 200.000 millones de dólares al año. Los estadounidenses no tienen un ejemplo que seguir en la Casa Blanca. Al contrario que Barack Obama -y sobre todo la ex primera dama, Michelle Obama, que hizo de los hábitos de vida saludables su caballo de batalla-, Donald Trump parece poco interesado por diseminar un mensaje contra la obesidad.

De hecho, Trump alardea de la cantidad de hamburguesas y pollo frito de cadenas de comida rápida que devora, siempre acompañados de una cocacola (un reciente artículo de «The New York Times» asegura que ingiere doce latas cada día), y no se le conoce más ejercicio físico que el golf, donde siempre se mueve con su carrito. No solo eso: la Administración Trump, en su énfasis por tumbar la montaña de regulaciones de la era Obama, la ha tomado también con la nutrición en los colegios.

En 2010, el expresidente estableció unos parámetros exigentes para los almuerzos en los colegios, en los que se eliminaba la leche con sabores, se reducían las grasas, se favorecía el trigo integral y se potenciaba la fruta. A finales del año pasado, el Gobierno de Trump decidió cambiar esas regulaciones para hacerlas más flexibles, con la justificación de que era muy difícil para algunos centros cumplir con las normas y de que a los niños no les gustaba el almuerzo y lo tiraban a la basura. Ahora podrán volver a tomar leche con sabor a chocolate. La decisión coincide con avances en la obesidad infantil, en la población pobre que depende de ayudas alimenticias del Gobierno. Desde 2012, la Administración Obama cambió las normas de estas ayudas para que se dedicaran a nutrición sana y se ha constado una reducción ligera en la obesidad infantil severa en esta capa de la población.