ABC

Nadie

Una historia en torno a la soledad basada en noticias reales

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Las soledades son hebras de muerte.

MARIO BENEDETTI, «Ah soledades»

Cada vez que Aurelio recordaba las inacabables piernas de Joana entrelazando las suyas creía dar un paso más hacia la inmortalidad, cuando en realidad lo único que hacía era meterse de lleno en la añoranza de otro tiempo que nada tenía que ver con quien era ahora. De joven, su masculina belleza rubia de ojos transparentes y su ímpeto seductor causaba verdaderos estragos. Jamás se casó. Pero la lista de novias, amantes o simples conquistas por el mero placer del galanteo, había sido tan larga que a sus 79 años se veía incapaz de relatarla completa.

Vivió las relaciones con intensa frivolidad hasta que los años, inexorablemente, lo fueron desplazando hacia otro lugar de la vida en el que colocarse al decir adiós a la juventud; una situación que jamás quiso aceptar. Y no admitir el curso natural de la existencia y de lo que biológicamente nos predetermina puede convertir a quien lo padece en un ser profundamente infeliz, preocupado siempre por aquello que perdió y desearía recuperar, en lugar de vivir lo que el presente le tiene reservado.

El aislamiento de Aurelio, economista jubilado, derivó en una soledad que al principio creyó elegida pero que acabó por imponerse a la fuerza. Su carácter resuelto y firme de ataño se le agrió hasta convertirlo en un cascarrabias perenne. En su edificio estaban hartos de su mala educación. Cuando salía por la mañana a dar su paseo diario jamás saludaba al portero. Lo mismo ocurría si coincidía con algún vecino en el ascensor. «Anda y que no necesite nada nunca, que a ver quién le va a hacer caso», sentenció un día doña Paca después de que Aurelio le soltara un exabrupto al insistir la mujer en darle los buenos días. Y es que hay personas que parecen llevar escrita la soledad en la marca de su destino.

A golpe de bastón

El reducido espacio para la felicidad en la vida de este hombre quedaba circunscrito a los recuerdos. Cerraba los ojos e intentaba traer a su mente la imagen de las hermosas mujeres a las que amó. Anna… podría haber sido el gran amor de su vida si él no hubiera salido huyendo cuando ella le insinuó que deberían dar un paso más en la relación. El tacto de su piel fue durante unos años el refugio íntimo que cualquier hombre desearía para encontrar la paz y la pasión a partes iguales. Pero la perdió. Como a tantas otras…

- ¡Eh, dejen ya de hacer ruido!

La magia del recuerdo se quebraba en cuestión de segundos cuando escuchaba a los vecinos del piso de arriba arrastrar alguna silla. Se levantaba furibundo y golpeaba el techo con su bastón. Era tal la fuerza que empleaba que alguna vez lo había llegado a partir.

Un día casi sale a bastonazos con su amigo Luis, quien con su mejor voluntad lo visitó para intentar convencerlo de que llamara a una asociación de voluntarios que atendían a ancianos solos; a él le funcionaba, «vamos, que a mí me ha cambiado la vida», le dijo.

Soledad y muerte van de la mano

- ¡Te va a cambiar de verdad si no te largas ahora mismo! –le amenazó con el bastón, ¡cómo no!-. Y no vuelvas más si vienes a hablarme de eso. Ni que yo fuera un pobre desgraciado que necesitara la visita de un extraño.

De esa manera, interpretando erróneamente cuál era su verdadera situación, lo cual lo alejaba de la realidad, fue expulsando de su entorno a las pocas personas que formaban parte del mismo. Qué sabe nadie en qué consisten las horas cuando, vacías de toda actividad, transcurren lentas, sin prisa pero crueles; cuando no hay números de teléfonos que marcar, ni nadie a quien ver. Cuando nadie te escucha porque tampoco nadie te habla. Qué más da si el carácter se tuerce tornándose insoportable si ya nadie tiene que soportarlo, más que uno mismo. Nadie. Palabra maldita que definía el contenido de la soledad de Aurelio: nadie.

Por eso nadie lo echó de menos cuando estuvo tres días sin salir a la calle. Aun así, el portero se acercó a pegar la oreja en la puerta de su vivienda, con la sorpresa de que se escuchaban, de lejos, ruidos extraños, como si se tratara de débiles golpes contra alguna pared. El chico empezó a llamarlo a gritos y a aporrear la puerta mientras del otro lado Aurelio, exhausto, sin apenas fuerzas para elevar la voz, pedía auxilio y seguía golpeando con el bastón. Empezaron a acudir vecinos alarmados por el escándalo. Uno de ellos llamó a urgencias y los bomberos no tardaron en llegar. Estaba claro que algo le había pasado y no podía valerse por sí solo.

Solitaria terquedad

Al echar la puerta abajo encontraron a Aurelio en el suelo, en un estado lamentable, al borde de la deshidratación y rozando la agonía por el cansancio y la desesperación de no ser oído durante tres días. Había sido incapaz de ponerse en pie tras un fuerte resbalón. Lo levantaron con dificultad, bebió agua y una vecina quiso quedarse para hacerle algo de comer y atenderlo hasta que llegara un médico.

-¡No necesito ningún médico! –bramó con los labios apretados.

Media hora después, el doctor lo examinaba con preocupación, su estado no era bueno. Prescribió su ingreso hospitalario para tenerlo en observación. Pero de repente, con la misma rapidez y fuerza que cuando se desata un tornado, Aurelio se revolvió en su sillón dando bastonazos a diestro y siniestro, «¡fuera de aquí!», gritaba enloquecido. Cuando ya todos habían salido dio tras ellos un sonoro portazo que desencajó más la puerta, forzada por los bomberos. Poco podían imaginar, ni el propio Aurelio ni sus vecinos, que el cerrajero que acudió por la tarde a repararla iba a ser la última compañía de este hombre solitario.

Aquella noche se durmió sintiéndose incomprendido, y abrazado al recuerdo de Anna, de Luisa… Joana, Lucía, Irene… Al ir a levantarse por la mañana cayó de nuevo al suelo víctima de un fallo cardíaco, aunque en esos últimos segundos de vida él creyó caer en brazos de Anna. Pero eso es algo que nadie sabría nunca.