Imagen de 2015 de Manuel Clemente, cardenal-patriarca de Lisboa
Imagen de 2015 de Manuel Clemente, cardenal-patriarca de Lisboa

La Iglesia de Portugal pide «abstinencia sexual» a los separados católicos

En caso de no poder declararse la nulidad del anterior matrimonio, recomienda no tener relaciones como forma de «reintegrarse» en la comunidad religiosa

CORRESPONSAL EN LISBOAActualizado:

La Iglesia de Portugal desata la polémica con su recomendación acerca de la «abstinencia sexual» que deben practicar las personas católicas en segundas nupcias (en el sentido de unión civil) o emparejadas de nuevo, en caso de que no pueda ser declarada la «nulidad del anterior matrimonio».

En esas «situaciones excepcionales e irregulares», los afectados han de vivir «sin tener relaciones sexuales», tal como acaba de proclamar el cardenal-patriarca de Lisboa, Manuel Clemente.

En semejantes circunstancias, los hombres y mujeres tendrán la oportunidad de acceder a los sacramentos, pero «la Iglesia solo puede recomendarles» que convivan de acuerdo con la «armonía» propuesta.

La controvertida «sugerencia» se refiere, por tanto, a las eventualidades en las que, con posterioridad a la celebración de un matrimonio, se produce una ruptura y una unión civil subsiguiente.

Eso sí, la recomendación tiene que cumplirse «de modo reservado, sobre todo cuando se prevean posibles conflictos», asegura Manuel Clemente, especialmente si hubiera algún tipo de duda sobre la validez del matrimonio anterior.

Sin embargo, el cardenal-patriarca defiende que los ciudadanos en tales circunstancias puedan ser «reintegrados» a la sociedad, con una mayor participación en los actos religiosos y en grupos de oración y reflexión. «Una reintegración que no acaba necesariamente en los sacramentos», argumenta.

Esta apelación a la «vida en continencia» se interpreta en Portugal como la respuesta ofrecida desde la Conferencia Episcopal del país vecino a la sugerencia impulsada por el Papa Francisco el año pasado, en vísperas de su viaje a Fátima para asistir a la conmemoración del centenario de las apariciones de la Virgen.

El Sumo Pontífice dijo entonces que la Iglesia debería mostrar una mayor apertura frente a «las nuevas formas de estar en familia», es decir, separados que rehacen su vida, monopaternidad, etcétera.

El Papa dio luz verde a un documento que citaba expresamente y con unas miras no cultivadas hasta hoy: «El confesionario no debe ser una cámara de tortura, sino un lugar de misericordia». Nada extraño, por tanto, que animase a las autoridades eclesiásticas a no caer en «la fría moralidad burocrática».

Se abría así de nuevo la puerta a los separados que apostaban por otra relación para enderezar su existencia y no querían verse fuera de la comunidad católica.

Pero Manuel Clemente demuestra ser partidario de un ala más restrictiva en los códigos eclesiásticos, hasta el punto de que considera que es la propia Iglesia la que debe «incentivar la abstinencia sexual» en quienes se encuentren en esa situación.

El debate está servido al otro lado de la frontera: ¿es esta la mejor manera de combatir la falta de integración en los círculos católicos que persigue a quienes viven bajo las citadas premisas? ¿por qué ha tardado tanto en contestar la Conferencia Episcopal Portuguesa a la propuesta lanzada por el Papa Francisco? ¿por qué la réplica se sumerge en una visión más tradicionalista que la del propio Vaticano?

Todas estas (y otras) incógnitas flotan en el aire, aunque Clemente ha querido salir al paso de las posibles suspicacias exhibiendo los deberes de la Iglesia: «acompañar e integrar a las personas en la vida comunitaria, verificar con cuidado la especifidad de cada caso, no omitir la presentación al tribunal diocesano cuando existan dudas acerca de la validez del primer matrimonio y atender las circunstancias expepcionales y la posibilidad sacramental».

La Iglesia de Portugal opta por dar a conocer esta medida en un momento difícil, pues el principal problema que tiene sobre la mesa es la falta de vocaciones que se observan en los últimos meses.

El cardenal-patriarca es conocido por sus principios firmes, como ha evidenciado en el reciente caso de Giselo Andrade, el sacerdote de Madeira que sorprendió a los vecinos de Funchal cuando reconoció semanas atrás que había sido padre de una niña. Finalmente, lo acabó apartando de sus funciones, tras una exhaustiva investigación interna.