Vídeo: Se cumplen 20 años de la muerte de Ana Orantes, recordamos su asesinato - ATLAS
Veinte años después de la muerte de Ana Orantes

El hijo de Ana Orantes, Fran: «Mi padre me enseñó a ser lo contrario a lo que era él, un maltratador»

El hijo menor de Ana Orantes recuerda cómo fue convivir con su padre, que acabó quemando viva a su madre trece días después de que ella denunciase abusos en la televisión

GranadaActualizado:

Hay muchas voces y muchos ecos. Ana Orantes Ruiz tardó 40 años casada con José Parejo Avivar hasta que alzó la suya. Nadie escuchaba al otro lado hasta que se fue una tarde a Canal Sur, al programa que presentaba Irma Soriano, y con su acento granadino pronunció frases que delataban una vida: «No eran “guantás”, palizas... Yo no podía respirar, no podía hablar porque no sabía hablar, porque yo era una analfabeta, un bulto, porque yo no valía un duro. Tenía que aguantarlo, paliza sobre paliza. Yo le tenía miedo. Le tenía horror. Eran las diez de la noche y no había venido de trabajar, y ya me veía temblando como una niña chica». Este gesto de rebeldía valiente paralizó a la audiencia que sí escuchaba aquel 4 de diciembre de 1997. Trece días después, un 17 de diciembre de hace veinte años, Ana Orantes fue quemada viva en el patio delantero de su casa.

[Lo que nos dejó Ana Orantes, por María Ángeles Carmona]

Alrededor de las 14.00 horas, José arrastró a su mujer al exterior del domicilio familiar de la calle Serval del municipio granadino de Cullar Vega. La golpeó, la ató a una silla, la roció con gasolina y le prendió fuego. Él se dio a la fuga, pero lo hizo a los ojos de varios vecinos y de un hijo del matrimonio de 14 años, Francisco Orantes, el menor de siete vástagos que en ese momento volvía del colegio. Fran chilló, la Guardia Civil auxilió a la víctima intentando apagar el fuego con mantas, pero Ana yacía calcinada.

Dos horas y media después, el asesino estaba en dependencias cuartelarias. José fue sentenciado a 17 años de cárcel y murió en 2004 de un infarto en la prisión. Y la vida de este país, que hasta ese momento «silenciaba, toleraba y hasta permitía» el maltrato en los hogares por parte de los hombres a las mujeres cambió para siempre, al decir de la actual presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género, María Ángeles Carmona. Carmona señala a ABC que a partir de Ana se puso en marcha la maquinaria judicial y política para poner freno a esa violencia que ni siquiera tuvo nombre hasta la Ley Integral de 2004. Luego llegó la protección de los menores como víctimas directas de este maltrato.

Casarse pronto para escapar

Pero no hubo protección para los hijos de Ana. Unos se casaron con edades mínimas, de 14 y 17 años, para escapar de ese calvario en el que vivían. Los jueces fallaron también en la protección de Ana. El matrimonio se había separado dos años antes de la aparición catódica. El fallo judicial, que determinó que el chalé era de los dos, la condenó a vivir en la planta superior con los dos hijos pequeños que quedaban en casa, uno de ellos era Fran. Los malos tratos persistieron, la violaba. La crueldad con los hijos continuó. Después de Ana muchas mujeres han seguido sus pasos y denunciado que se quebranta la orden de alejamiento continuamente.

El benjamín de los Orantes (a secas) recuerda hoy para ABC cómo fue vivir con su padre maltratador.Dos décadas después, emula el coraje que demostró su madre, asume el recuerdo «incómodo» y se presta a dar una entrevista. «Esto lo hago por ella», dice.

Su vida ha cambiado considerablemente en estos veinte años. Le ha dado tiempo a recomponerse y a formar una familia, que es para él lo más importante: «Mi mujer y mis dos hijos son lo mejor que tengo». Un retrato de la boda cuelga de la pared y hay fotografías de bebés sobre la mesa de la esquina, que hacen las veces de santuario en el salón de su casa, ubicada en un pueblo de la falda de Sierra Nevada, no muy lejos del municipio donde halló inconsciente, maniatada y en llamas a su madre: «Nosotros ya no pudimos hacer nada», se duele.

Su testimonio es la prueba de cómo el bien, al final, es capaz de imponerse sobre cualquier mal; una pugna dicotómica y perpetua. Ni siquiera hoy puede rendirse, pero la efeméride que se cumple le ha hecho daño. Sus ojeras lo ratifican. No es sencillo regresar al recuerdo cada vez que se le pregunta sobre qué habría pasado si Ana no hubiese aparecido en televisión. «Si mi madre volviera a nacer, haría todo igual. ¿Que no la habría matado? No lo creo, las ideas de él estaban claras desde siempre». Insiste: «Una vez que no la tuvo a su lado, su vida no tenía sentido, porque estaba solo e iba a terminar con la vida de mi madre igualmente. No quería a nadie».

Con convencimiento, dice tener ahora la cura para un dolor incesante: «Tienes que hacer borrón y cuenta nueva, no puedes pasarte toda la vida martirizándote por lo que pasó: vas tapando esas heridas». Luego vienen las cicatrices que le han acompañado en el camino emocional por el que no quiere perderse: «He ido viviendo, o intentando vivir… No puedo hacer otra cosa… Te acuerdas mucho, lo pasas muy mal...».

Crecer en una cárcel

La relación de Fran y sus hermanos con su padre nunca fue la que se espera en una familia convencional. Estaban hechos a una vida de opresión, violencia y ausencia de cariño por parte de su progenitor. «Yo iba de la casa al colegio y del colegio a la casa», rememora, ya descreído. La casa de Ana Orantes era una prisión para inocentes. Obligados a convivir con un agresor al que le molestaban hasta las muestras de cariño hacia la madre, tenían que estar en el salón. Si José ponía el fútbol en la televisión, fútbol era lo que se veía. El grado de intimidación era tal que ni siquiera podían encender las luces para estudiar cuando el sol ya se había marchado. La alternativa era el miedo con forma de linterna o salir con el libro a la calle, a la luz de una farola.

Amor y odio

Fran Orantes aprendió de su padre una única lección: «Me ha enseñado a ser lo contrario». El mal trato que les daba a él y a sus hermanos es hoy una suerte de patria a la que no quieren volver: «Ha podido más el amor que mi madre nos daba que el odio de mi padre». «Eso que dicen de que los hijos de maltratadores luego proyectan lo que han estado viendo… en nuestra familia no se ha cumplido», asegura en su nombre y el de sus hermanos: «A lo mejor hay un tanto por ciento, pero no es nuestro caso».

«Ha podido más el amor que mi madre nos daba que el odio de mi padre»

En un principio, los hijos de Orantes no fueron conscientes de lo que implicó el feminicidio de Ana. Fran pasó años sumido en grandes depresiones. «Después sí te vas dando cuenta de que las leyes se fueron endureciendo… Ahora las mujeres maltratadas tienen sitios donde ir a pedir ayuda, cosa que no tuvo mi madre», comenta antes de que vuelva a su cabeza el recuerdo de aquel nefasto abogado que llegó a decirle a Ana Orantes que no podía separarla porque su marido la quería.

Queda mucho por hacer, o eso cree Fran Orantes: «Espero que se siga adelantando para que disminuya el número de mujeres muertas, que se endurezcan las leyes…». Considera que «ha habido grandes cambios, pero todavía se tiene que avanzar mucho más», y aunque no sabe si dentro de 20 años la sociedad seguirá acordándose de Ana Orantes –«espero que sí»–, él y sus hermanos nunca la olvidarán. «Siempre».