«Si el joven españolito está siete horas en el colegio y tiene que dedicar dos a estudiar y dos a hacer los deberes, ¿tiene una jornada laboral de once horas?»
«Si el joven españolito está siete horas en el colegio y tiene que dedicar dos a estudiar y dos a hacer los deberes, ¿tiene una jornada laboral de once horas?» - CARBAJO&ROJO
LA TERCERA

La esclavitud de los deberes

«Estamos creando una extraña generación de personas fofas, carentes de cuerpo, asociales, estresadas, incapaces de disfrutar, con malos hábitos de salud y dominadas continuamente por un sentimiento de culpa, ese que sienten aquellos que creen que no dan la talla, que no hacen lo que deben, que no están a la altura de lo que se espera de ellos»

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LOS deberes de los escolares han llegado a convertirse en uno de los grandes problemas de las familias de este siglo XXI. Se trata de una obsesión nacional que tiene ya proporciones de pandemia. Los alumnos de Primaria y Secundaria dedican entre seis y siete horas diarias (descontando las horas de comer de Primaria y la media hora de recreo) al colegio, pero al llegar a casa no tienen tiempo libre para jugar con sus amigos, divertirse, charlar con sus padres, leer, hacer deporte o, en general, dedicarse a sus distracciones, sean las que sean. De acuerdo con los asesores pedagógicos que recorren los colegios instruyendo a nuestros hijos en algo llamado «Técnicas de estudio», deberían dedicar un mínimo de dos horas diarias a repasar en casa lo visto en clase. Eso aparte de los deberes, que pueden ocupar de una a tres horas diarias. De modo que si el joven españolito está siete horas en el colegio y tiene que dedicar luego dos horas (¡como mínimo!) a estudiar y dos a hacer deberes, entonces ¿tiene una jornada laboral de once horas? Los que han inventado este horrendo sistema parecen tener una visión verdaderamente sórdida de la existencia. Creen que el ser humano ha venido a este mundo a sufrir y que merece ser castigado. Creen que la vida ha de ser una serie de obligaciones infinitamente tediosas, y que el placer y la diversión deben ser erradicados.

Los niños españoles no tienen tiempo para jugar con sus amigos ni tienen amigos con los que jugar. Cerca de mi casa está el maravilloso parque de Berlín: acérquese usted entre semana, una de esas tardes cálidas de principios de otoño que invitan a disfrutar del aire libre. Se encontrará las praderas y los campos de deporte vacíos. Sólo hay niños muy pequeños, adultos corriendo o sacando a pasear al perro y ciudadanos de la tercera edad. Los niños y adolescentes están todos en sus casas haciendo deberes. Algunos duermen poco por culpa de los deberes. Hay niños que hacen deberes hasta las once o las doce de la noche, quizá porque les cuesta más que a otros o porque administran mal su tiempo. Estamos creando una extraña generación de personas fofas, carentes de cuerpo, asociales, estresadas, incapaces de disfrutar, con malos hábitos de salud y dominadas continuamente por un sentimiento de culpa, ese que sienten aquellos que creen que no dan la talla, que no hacen lo que deben, que no están a la altura de lo que se espera de ellos. ¿Fofos y sin cuerpo?, me dirán ustedes. Pero ¿y la educación física? Lo cierto es que en los colegios la educación del cuerpo prácticamente ha desaparecido. La furia teórica y mental que asuela nuestro sistema educativo ha convertido la educación física en otra asignatura de pupitre, con exámenes escritos, apuntes y trabajos. Nada se libra de la estupidez rampante de los pedagogos.

Los deberes tienen el efecto de introducir el colegio dentro del hogar. Los profesores de nuestros hijos se convierten en personajes que nos obsesionan y llenan nuestras tardes y noches, nuestros fines de semana y nuestras vacaciones. Los sentimos sentados en el sofá a nuestro lado, picando de la cena, poniéndose delante del televisor, organizando nuestro tiempo, volviéndonos a todos locos con exigencias caprichosas y a menudo imposibles de cumplir. Durante las tardes de la semana, la familia no puede reunirse a charlar de esto o aquello, no digamos ya salir a dar un paseo o a ver una exposición o quedar con unos amigos para tomar algo. El tema de conversación, la actividad, el centro de la tarde es siempre el mismo, los deberes, los deberes, los deberes. A veces dan las once y media de la noche y los deberes no se han acabado. Muchos padres ayudan a sus hijos a hacerlos simplemente para lograr que la parte del día dedicada a las obligaciones termine de una vez. Y es que no sólo los niños españoles tienen deberes: sus padres, y en muchos casos sus abuelos, tienen deberes también.

Un chiste reciente compara la situación de los años setenta y la actual: en los setenta, el niño suspendía y el padre se enfadaba con el hijo; en la actualidad, el niño suspende y el padre se enfada con el profesor. Es lógico que esto suceda así: muchas veces, los padres sienten que son ellos también los suspendidos. Muchos padres y madres aprenden a imitar la letra de sus hijos para acelerar un poco el proceso de los deberes, dado que los niños escriben muy despacio: el niño dice la respuesta y la madre la escribe. Una trampa inocente. En otros casos, los padres se ven obligados a ayudar a sus hijos de forma más activa. Por ejemplo, mi hijo de 11 años tuvo que hacer una presentación powerpoint en inglés sobre el Alto Renacimiento. ¿Cómo diablos podría hacerlo solo? Buscamos modos de explicar en inglés lo que era el chiaroscuro y el sfumato, a pesar de lo cual el profesor no quedó satisfecho y hubo que seguir trabajando durante semanas, añadiendo más imágenes, más texto y más datos. Nunca era suficiente. Nunca estaba contento este buen hombre. A veces los padres, desesperados, agotados, hartos, deseosos de paz y de un poco de tiempo libre, les hacen los deberes a sus hijos o les ayudan a acabarlos. Luego, los implacables, feroces profesores devuelven estos trabajos llenos de marcas de boli rojo. A mí me pusieron un 6 por un comentario de texto a un poema de Juan Ramón Jiménez.

Exigencia sí, desde luego. Exigencia desmedida y absurda, no. Estoy convencido de que gran parte del llamado «fracaso escolar» es un efecto directo del sistema que sufrimos, diseñado para crear sentimiento de culpa, estrés y desánimo. ¿Por qué los niños que van a colegios ingleses no tienen deberes de ninguna clase? La situación es intolerable y, ciertamente, insostenible. La esclavitud fue abolida hace mucho tiempo. La esclavitud de los escolares españoles y de sus familias tiene que ser abolida también.