El español Jorge Gómez
El español Jorge Gómez - ABC
Terremoto de México

A 15 metros de Jorge Gómez: cientos de personas trabajan para salvar la vida del malagueño

Su novia, presente en las labores de rescate, ha dicho esperanzada a la familia que siguen escuchándose voces en el edificio

México/MálagaActualizado:

Pasan más de 72 horas desde que el suelo de la ciudad de México tembló violentamente. Y Jorge Gómez, el malagueño de 33 años que sigue sepultado bajo de los escombros del edificio Álvaro Obregon, 286, todavía respira. Como otras cinco personas. Los servicios de rescate solo trabajan en la segunda planta del edificio, el único lugar donde sigue habiendo vida según los escáneres. Ahí está el español. Cientos de personas trabajan infatigables para sacarlos, como a otras quince que han extraído ya de las ruinas. Se calcula que son una veintena los fallecidos en este mismo enclave.

El joven aparejador vive en la Ciudad de México y trabaja para la empresa de ingeniería y consultoría Valora. El viernes por la noche, su familia en Málaga seguía esperanzada su búsqueda. Su jefe, José Madrid, no se sentía en condiciones de hablar. Apesadumbrado, atendió a ABC para explicar que Jorge y otros dos empleados suyos, dos chicas mexicanas, todavía están bajo los escombros. Por la mañana -hora española- los mineros y los «topos» de la marina se vieron obligados a abandonar los trabajos por el aguacero. Se paró la búsqueda porque el edificio se movió, después de un par de horas lloviendo. Se esperó a un estudio sobre la estructura y se concluyó que había que tomar medidas de seguridad. «Se están apuntalando las galerías con vigas de acero», explica Alejandro Gómez, hermano de Jorge, quien señala que a los pies de los trabajos está Irene Lasanta, novia de Jorge, que espera a que los servicios de rescate japoneses, israelíes y mexicanos saquen vivo al aparejador malagueño de 33 años. Laura, la segunda de los cuatro hermanos de Jorge, vuela hacia México.

«Soy Lizeth, estoy con Jorge»

Esta noche, un equipo de EE.UU. se unía a la búsqueda y diseñaban un mapa para abrir dos túneles y acceder hasta la segunda planta. Irene confirmó a la familia de Jorge que el equipo «escuchaba voces» en el interior, un indicio seguro de que seguían con vida. Aquí, fue la señal de otra de las atrapada, Lizeth Cruz, la que dio la voz de alarma. Lizeth pudo alcanzar el téfono móvil, marcó el número del servicio de Emergencias y dijo: «Hola. Me llamo Lizeth Cruz y estoy con Jorge Gómez. Estamos vivos en Álvaro Obregón 286».

En la zona, el hambre, la deshidratacion, el frío o la infección de posibles heridas causadas por el derrumbe son las agujas de la invisible cuenta atrás que va agotando la vida de aquellos que puedan estar bajo las ruinas. Hay cientos de personas tratando de llegar a los que están sepultados, como Jorge. Son arquitectos, policías, médicos, militares y ciudadanos voluntarios que han organizado zonas de acopio de herramientas, alimento y medicinas para ayudar a personas atrapados.

«El edificio ya no corre riesgo de desplomarse, aunque no sé con exactitud cómo pueda haberle afectado la fuerte lluvia», dice Álvaro Tapia, topógrafo que revisó el edificio a las 8.00 horas de la mañana (tres de la tarde en España). El jueves cayó una gran tromba de agua en México D.F., por lo que Tapia piensa que puede haber tenido impacto en las ruinas, aunque no piensa que sea lo suficientemente grave para hacer que se desplome.

Dos personas con chaleco naranja y casco se acercan corriendo a la carta donde están acumuladas todas las herramientas, a unos 20 metros del edificio. «¡Una mesa, una mesa!», gritan los dos jóvenes. El grito tiene réplica en las cerca de 30 personas que conforman la carpa. Sacan la mesa, se la pasan de mano a mano y se la llevan los dos chicos. De fondo se escucha una ambulancia. La gente está nerviosa. Además de la ayuda de los voluntarios, también hay equipos de rescate internacionales: soldados israelíes, panameños y miembros de la Unidad Militar de Emergencias española. «¡Háganse a la banqueta (acera), si nos quieren ayudar háganse a un lado!», exhala un voluntario vestido con un vaquero y una camiseta sucia. Su vestimenta evidencia muchas horas de trabajo que debe llevar sobre sus hombros. Todo el mundo mira a la ambulancia. En silencio, esperan alguna novedad. Una cuadrilla de cinco personas trota hacia los escombros.

«He aplicado unas 300 vacunas a todos los brigadistas. Nadie puede entrar sin vacunas», dice Fabiola López, doctora encargada desde hace tres días de inocular contra el tétanos a todos los voluntarios que han accedido a las ruinas del edificio. «¡Carpinteros!», indica un nuevo grito y la situación se repite. Como una máquina bien engrasada, la sociedad civil mexicana y los equipos internacional trabajan eficientemente. Un segundo de demora al momento de facilitar un pico o una pala significa que los rescates estén un centímetro más próximos de llegar al joven español. «Están supercansados, fatigados y deshidratados. Algunos llegan lesionados», afirma José Luis Alcántara, responsable de un equipo de fisioterapeutas que lleva dos días dando masajes y rehabilitando a todo brigadista, voluntario, o persona de protección. «Me dicen que dentro del edificio hay fugas de gas», agrega.

La ambulancia se lleva un cuerpo. Los aplausos de júbilo celebran el rescate, pero aún no se sabe la identidad.