El Papa Francisco durante la celebración de la Misa del Corpus Christi
El Papa Francisco durante la celebración de la Misa del Corpus Christi - efe

La encíclica ecológica del Papa invita a una «mirada divina» sobre la Tierra

El Papa quiere que todo el mundo piense en la tierra como el ambiente que hay que custodiar y el jardín que hay que cultivar

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Si el título de «el Papa verde» no lo tuviese ya Benedicto XVI, el mundo se lo daría al Papa Francisco el próximo jueves cuando presente su encíclica sobre ecología «Alabado seas», un título tomado del bellísimo «Cántico de las criaturas» de san Francisco de Asís, el primer gran manifiesto ecológico de la historia.

El dinero gastado por las petroleras norteamericanas en su «ataque preventivo» contra una encíclica que urgirá actuar decididamente para frenar el cambio climático, se ha convertido en un «boomerang», pues las críticas al Papa por «meterse en terrenos científicos en que no es competente» no han hecho sino aumentar el interés por conocer el texto.

A la campaña del Heartland Institute, un «think tank» financiado por la industria de combustibles fósiles, y del imperio multimedia de Rupert Murdoch, se ha unido el candidato presidencial republicano Rick Santorum, advirtiendo que «la Iglesia se ha equivocado unas cuantas veces en asuntos científicos. Es mejor que deje la ciencia a los científicos, para ocuparse de lo que realmente hace bien, la teología y la moral».

Pero esta vez, la realidad es justo la contraria. A diferencia del caso Galileo, la Iglesia se alinea hoy con la ciencia, representada por el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) y la mayor parte de la comunidad científica, cuya abrumadora mayoría considera que el calentamiento global existe, es un peligro grave y se debe en buena parte al uso de combustibles fósiles como petróleo y carbón.

Es lo que opinan los líderes del G-7 que, el pasado 8 de junio, en el comunicado final de la cumbre celebrada en el castillo bávaro de Elmau, afirmaron: «Es necesaria una acción urgente y concreta para hacer frente al cambio climático, como se indica en el Quinto Informe Evaluativo del IPCC».

A título anecdótico, conviene recordar que el Papa Francisco es perito químico, y trabajó en un laboratorio de análisis antes de ir al seminario. Fue un estudiante «de ciencias» antes de descubrir otra llamada.

Religión y ecología

Como Papa, su visión de la ecología y de la situación actual del planeta se apoya tanto en el pilar religioso, que va desde el Génesis al magisterio ecológico de Juan Pablo II y Benedicto XVI, como en el pilar científico, que ya no deja lugar a dudas.

Por eso, en su mensaje a los participantes en la conferencia de Lima sobre cambio climático del pasado diciembre, Francisco alertaba: «El tiempo para encontrar soluciones globales se está agotando. Existe, por tanto, un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar».

En enero, durante el vuelo desde Sri Lanka a Manila, el Papa comentó a los periodistas que «El encuentro de Perú ha sido flojo. Me ha decepcionado la falta de coraje: se quedaron parados en un punto. ¡Esperemos que en París sean más valientes!». Por eso consideraba importante «que haya un poco de tiempo entre la publicación de la encíclica y la reunión de Paris (en diciembre), de modo que sea una aportación» para los gobiernos participantes.

Una encíclica no es un documento de políticas energéticas ni medioambientales, sino de magisterio religioso, por lo que propone un enfoque moral, dirigido no solo a los católicos sino a todas las personas de buena voluntad.

Laudato si

En «Alabado seas» («Laudato si», en italiano), el Papa Francisco adopta la línea esbozada en la audiencia general del pasado 22 de abril en su saludo a los peregrinos italianos: «Hoy se celebra el Día de la Tierra. Invito a todos a ver el mundo con los ojos de Dios Creador: la tierra es el ambiente que hay que custodiar y el jardín que hay que cultivar».

Igual que el miércoles precedente, el Papa comentaba el primer capítulo del Génesis, donde puede leerse que al final de la creación del universo, la tierra y los animales, «Vio Dios que era bueno». Y después de crear el ser humano como hombre y mujer, a su imagen y semejanza vio que «era muy bueno».

Esa «mirada divina» sobre la Tierra y las personas será el eje de la encíclica del Papa, cuya sensibilidad adelantaba en su exhortación apostólica «La Alegría del Evangelio» afirmando: «Por nuestra realidad corpórea, Dios nos ha unido tan estrechamente al mundo que nos rodea, que la desertificación del suelo es como una enfermedad para cada uno, y podemos lamentar la extinción de una especia como si fuera una mutilación. No dejemos que a nuestro paso queden signos de destrucción y de muerte que afecten nuestra vida y la de las futuras generaciones».

El pasado mes de mayo en Ginebra, durante la reunión de Naciones Unidas sobre «Clima y Salud», el representante del Vaticano, Silvano Tomasi, recordaba que el Papa estaba preparando «un documento magisterial especial sobre justicia climática».

Francisco y las criaturas

La expresión «justicia climática» es novedosa, pero responde sencillamente al Catecismo de la Iglesia Católica de 1992, que sitúa el respeto a la naturaleza entre las obligaciones del séptimo mandamiento: «No robarás».

El fundamento, según el punto 2415, es que «Los animales, las plantas y los seres inanimados están destinados por naturaleza al bien común de la humanidad pasada, presente y futura», y esta deuda respecto a las generaciones que vendrán «exige un respeto religioso de la integridad de la creación».

Francisco no es un revolucionario sino un pastor de almas sólidamente enraizado en la doctrina católica, incluido el magisterio sobre ecología.

Sin que se le pueda acusar de deriva New Age, el Catecismo afirma en su número 344 que «Existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador».

A continuación incluye, enteros, los once versos del poema en italiano-umbro escrito por san Francisco de Asís en 1226: «Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas», a las que va elogiando una por una, desde el «hermano sol» y la «hermana luna» al «hermano viento», la «hermana agua», etc.

El Papa que ha tomado su nombre, pone ahora ese poema de Francisco de Asís ante el mundo global.