Luisa Juanatey, autora del libro «Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor»
Luisa Juanatey, autora del libro «Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor» - imagen cedida por Luisa Juanatey
entrevista

«Descalificar al profesorado ha hecho mucho daño»

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«Mi asignatura era la más bonita, naturalmente», dice esta profesora de Lengua y Literatura Castellana con más de 30 años de experiencia en institutos de Andalucía, Galicia, País Vasco, Madrid y Comunidad Valenciana. Ya retirada, Luisa Juanatey (Santiago de Compostela, 1952) vuelve la vista atrás, desde esos años 80 en los que comenzó un descenso del que no se acaba de remontar. Este es su análisis de «Qué pasó con la enseñanza. Elogio del profesor» (Pasos Perdidos).

-¿Qué pasó con la enseñanza?

El libro cuenta mi experiencia, es decir, lo que pasó en la enseñanza secundaria y pública, y cómo lo viví yo como profesora. Desde este punto de vista, pasó que cuando en los años 80 estábamos viviendo un momento ilusionante para el país en general, y de buenas perspectivas para la enseñanza, empezó un período de descenso que al parecer no hay forma de remontar. Y, a mi entender, uno de los factores que causaron el bajón consistió en ignorar ciertas verdades de sentido común acerca de qué necesita el profesor –y el alumno, que es lo importante- para que una clase se pueda dar bien. Fundamentalmente se necesita calma, respeto mutuo, firmeza por parte del profesor, que este conozca bien la materia que explica y práctica, mucha práctica. La enseñanza es un arte práctico, un oficio que se aprende día a día. Y por ejemplo pasó que, mientras se olvidaban cosas tan elementales, los que no están nunca en el aula enseñando Historia, o Química, se erigieron en expertos descalificadores del profesorado, de las asignaturas, de la enseñanza en general, y que los críos se pasaban el día oyendo hablar en todas partes del «desprestigio del profesor».

-¿Quiénes eran esos expertos descalificadores del profesorado?

Me refiero a todos los que los medios han llamado pedagogos, orientadores, expertos en Educación, sociólogos… a los muñidores de la Logse, expertos en Psicología Evolutiva. A toda esa panoplia que no son los que están enseñando en las escuelas e institutos pero creen tener una gran verdad revelada.

-¿Qué daño causaron?

Esa escuela de pedagogía apuntaba a que el aprendizaje debía ser siempre divertido, que no era necesario el esfuerzo, que había que desterrar la memoria, cuando la memoria es muy importante. Esas ideas de aprendizaje horizontal y creativo son estupendas para un niño, pero no para treinta en una clase. Te aconsejaban lo mismo para una asignatura que para otra, cuando impartir cada una tiene sus propias claves.

Se hizo mucho daño a la autoridad del profesor. De repente su opinión ya no contaba lo mismo. Opinaba todo el mundo: padres, consejo escolar, orientadores, inspección…hasta el alumno. Ahí nos caímos con todo el equipo. Si te tocaba una clase en la que mandaba un grupo de alumnos que no querían estudiar, no había nada que hacer. El ambiente también acompañaba. Los chicos te decían que se iban a la construcción a ganar más, y eso no lo aprendieron en clase, ni de los psicólogos o pedagogos.

-¿Fue bueno ampliar la enseñanza obligatoria hasta los 16 años?

Yo no tengo ninguna duda de que ampliar el período de enseñanza obligatoria es un bien. Cierto que, por lógica, eso traerá aparejadas más dificultades, pero es obligación de una sociedad dotarse de un sistema que ayude a todos –profesores y alumnos- a sortearlas o a superarlas, y a no dejar –si está en su mano- que ningún adolescente decida a los catorce años, si quiere o no quiere dejar de estudiar.

-Puede parecer una contradicción que un título así, que apunta a una pérdida, se complete con un «Elogio del profesor». ¿No tiene culpa el profesorado de la situación actual?

La verdad es que en el libro el elogio está hecho en un tono bastante socarrón. Desde luego que todos habremos fallado en más de un momento o un aspecto. Pero no se trata de eso. Se trata de que, como grupo social, los profesores encarnan valores como la afición al conocimiento y en general a la cultura y en cambio sienten despego hacia aspiraciones que vemos fomentar constantemente en los adolescentes. El profesor no vende nada, no busca clientes presentes ni futuros. Me parece que en el clima que ahora estamos viviendo, elogiar a este tipo de personas puede ser oportuno y hasta benéfico. Y a la enseñanza, que es a lo que yo apunto, estoy completamente segura de que le podría ayudar.

-¿Se ha cargado sobre los hombros de los profesores competencias que no les corresponden?

Obviamente. Aparte de obligarle a ejercer tareas tan dispares como la de psicólogo de una cierta escuela, vigilante sin autoridad, educador de padres, etc., le ha caído encima una burocracia que, aparte de que funciona con un vocabulario indigerible para cualquiera que hable y piense en castellano, con términos vacíos como «concepto», «procedimientos», «actitudes». En lugar de un chico rebelde hay que decir un «alumno afectado por comportamiento disruptivo». A mí, como profesora, jamás me ha ayudado en nada. Y tengo la impresión de no ser la única.

-¿Cuál ha sido tu experiencia como profesora?

Personalmente, cuando he podido ejercer el oficio sin grandes contratiempos, entiendo que he ayudado bastante a muchos chicos y chicas, y eso en sí mismo era enormemente satisfactorio, aunque luego ya no los vuelvas a ver. Los adolescentes son absolutamente estimulantes, en un clima de normalidad enseñar a adolescentes es una constante ocasión de pasarlo bien.

-¿Qué se está haciendo mal para que los adolescentes de hoy sean «irresponsables infantiloides»?

En el libro cuento la anécdota de la alumna mayor cuyo hermano pequeño no se preocupa ni de traer los materiales de clase y a la que, en ausencia de padres que acudan a la tutoría, trato de convencer para que lo hable en casa porque el chico es listo y es una auténtica lástima verle perder el tiempo así. Y ella me responde entre risueña y resignada: «Pero Luisa, mujer, ¿tú no ves que en mi casa manda él?» Quizá esto tenga que ver con lo que usted plantea en su pregunta.

-¿Cómo ha cambiado la relación de los profesores con los padres?

Según con qué padres. Yo he tratado con padres que se preocupaban conmigo por su hijo tratando de buscar soluciones, o congratulándome con ellos por lo bien que iban; y he tratado con padres que cuando les venía a ellos en gana venían a culparme de un suspenso y del enorme trauma que infligía a su criatura –que no había dado golpe en todo el año- y a «convencerme» de que le tenía que aprobar… Donde abundan los padres de este último tipo, mal asunto. Y es verdad que se ha fomentado hasta el hastío, ese tipo de actitud llamémosla… paternal.

-¿Se siente el profesor solo?

Sí, claro. Hubo momentos de terrible soledad, y alguno cuento. Recordemos que en los años en que veíamos arruinarse la enseñanza pública, y a muchas directivas de instituto desbordadas, y a montones de adolescentes desperdiciando un tiempo y unos medios –es decir, unos privilegios- de los que no eran conscientes, las encuestas del CIS reflejaban que el porcentaje de españoles preocupados por la cuestión era del 2%.

-¿Qué opinas de nuevas ideas como la de suprimir las asignaturas y cambiarlas por proyectos, de convertir las clases en ágoras...?

Yo eso casi lo hice. O sin casi. Cuando me tocó dar Literatura Universal en 2º de Bachillerato, una asignatura que yo misma programaba y cuya calificación no contaba para Selectividad. Con el aula, el departamento, la biblioteca y la sala de informática a nuestra disposición. Siete chicas y cuatro chicos, conmigo doce. Fue una ventura para todos. Y otras veces he podido hacer cosas más o menos parecidas. Pero hay quien no puede ni soñar con eso -yo misma, en otras circunstancias-, y estos mundos ideales no pueden componer un sistema público de enseñanza de calidad. Cuando me garanticen que sí, seré la primera en votar a favor.

-¿Qué debe exigir todo profesor?

En este país y en este momento, lo que el profesor debe exigir es que políticos y autoridades educativas se comprometan a mejorar la enseñanza poco a poco, que actúen con sensatez, proponiéndose metas alcanzables que luego lleven a otras. Los grandes descubrimientos pedagógicos globales están por inventar y me temo que van a tardar en ser inventados. Así que, de momento, mejor será aplicar el sentido común. Y, sobre todo, debe exigir que de una vez la enseñanza deje de emplearse como un instrumento al servicio de ninguna ideología. De ninguna.

-¿Qué habría que hacer para mejorar la educación? ¿Crees que la Lomce ayudará?

La Lomce no cambia nada en profundidad, y los cambios que hace no me parece que vayan bien encaminados. ¿En qué ayuda una reválida en un momento en que ya sabemos que hay grandes deficiencias de nivel? Es poner el carro antes que los bueyes. Mejoremos primero, y pasado un tiempo, veamos cómo nos va… Y, en fin, el introducir la religión como una asignatura ya parece una declaración de principios. ¿Queremos o no queremos consensuar una ley de Educación?

Lo primero que yo haría sería realizar una gran encuesta entre el profesorado, un buen estudio global sobre lo que opinan. Como no sea contando con los profesores, cualquier paso que se dé no se hará bien.

Muy personal