Los vecinos de la zona utilizan contadores para medir la radiación
Los vecinos de la zona utilizan contadores para medir la radiación - pablo m. díez

Regreso a Fukushima

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A solo 17 kilómetros de la siniestrada central nuclear de Fukushima, la vida vuelve a Miyakoji cuatro años después del peor accidente atómico desde Chernóbil. Aunque este idílico pueblo de casas dispersas por la montaña se sitúa dentro de la zona de 20 kilómetros evacuada alrededor de la planta, golpeada por el tsunami que arrasó la costa noreste de Japón el 11 de marzo de 2011 y se cobró casi 19.000 vidas, las autoridades niponas han permitido el regreso de sus habitantes por sus bajos niveles de radiactividad.

Tal y como marcan los contadores que todos los vecinos deben llevar encima, la radiación aquí está en torno a 0,17 «microsieverts» por hora. Aunque dicha dosis supera el límite anual recomendado, que es de 1.000 «microsieverts», se halla muy por debajo de los 100.000 «microsieverts» a partir de los cuales aumentan las posibilidades de sufrir un cáncer.

«No tengo miedo de la radiactividad», asegura a ABC Kenichi Tsuchiya, un campesino de 64 años que regresó el pasado mes de abril, mientras remueve la tierra de su huerto, donde antes cultivaba arroz. Con una subvención del Gobierno, está limpiando el suelo con zeolitas, un mineral microporoso, para absorber el cesio que liberaron las fugas de la cercana central nuclear de Fukushima 1. «Quiero volver a plantar arroz esta primavera, pero temo que la gente no lo compre por miedo a que sea radiactivo», se lamenta el agricultor, a quien el accidente nuclear cambió totalmente la vida.

«Antes bebía la leche que ordeñaba de mis 14 vacas, a las que tuve que sacrificar con gran pena, y recogía champiñones y setas del bosque, pero ahora no puedo hacerlo por la radiación», recuerda Tsuchiya, a quien le entristece ser la tercera y última generación de su familia en este lugar, «donde la vida era muy tranquila y agradable». Pero la falta de oportunidades laborales se llevó a sus dos hijos, de 36 y 32 años, a trabajar como enfermeros a la ciudad y la radiactividad les impedirá que vuelvan.

Vida de ida y vuelta

Al igual que a muchos otros de sus vecinos, las cercanas centrales nucleares de la empresa eléctrica Tepco le dieron la vida a Kenichi Tsuchiya y luego se la robaron. Como él, que trabajaba de albañil y electricista en Fukushima 2, la mayoría de los habitantes de esta zona se ganaba la vida, directa o indirectamente, gracias a dichas plantas atómicas.

«Cuando el terremoto sacudió la costa, a las dos y cuarenta seis de la tarde, estaba en la central número 2, que también resultó afectada pero no tanto como Fukushima 1», recuerda Tsuchiya, quien fue evacuado con el resto de operarios a una zona elevada siguiendo los protocolos habituales de seguridad en Japón. Desde allí, vio la llegada del tsunami 45 minutos después. «La fuerza del agua arrastraba barcos, coches y casas. Estaba conmocionado por las dimensiones de la catástrofe y las inundaciones de los campos de cultivo», señala el agricultor, que tuvo que dejar su hogar por las fugas radiactivas y marcharse con su esposa a casa de uno de sus hijos, en la cercana ciudad de Funehiki. «Después de cuatro años, algunos vecinos están volviendo y reconforta ver de nuevo luces en este pueblo», se anima Tsuchiya intentando recuperar la normalidad.

700 euros mensuales

Mientras un perro ladra a lo lejos y un arroyo discurre junto a la carretera, se levantan invernaderos junto a las casas, cuyos setos y bonsáis aparecen perfectamente recortados entre figuras de búhos, duendes y veletas que decoran los jardines.

Otro de los que ha regresado es Kiyoshige Konnai, un maestro de 55 años que estuvo alojado primero en un refugio temporal y luego alquiló un apartamento en la ciudad de Iwaki. «Además de los daños materiales, todos sufrimos un fuerte impacto psicológico y por eso hemos estado recibiendo hasta ahora una indemnización de 100.000 yuanes (775 euros) al mes de la eléctrica Tepco», detalla este profesor, que no se declara «totalmente antinuclear porque no hay todavía otra fuente que pueda proporcionarnos tanta energía».

Mientras el debate sigue abierto en la sociedad nipona, el matrimonio formado por Kyoji y Mukiko Konnai, de 56 y 52 años respectivamente, ha reabierto su taller de tatamis y no para de trabajar. «Ya hemos reparado más de 40 casas de la gente que está regresando y es una vuelta a la normalidad”, se congratula la pareja, que está exenta de pagar impuestos dentro de las medidas del Gobierno para atraer el retorno de los vecinos.

Pero el negocio familiar de los Konnai, que llevan dos generaciones arreglando los tatamis de Miyakoji y la próxima ciudad de Tamura, no lo heredará ninguno de sus tres hijos. A la falta de oportunidades en esta zona rural, que la ha despoblado de jóvenes en las últimas décadas, se ha sumado otro enemigo aún peor: la radiactividad de Fukushima.