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Solteros, altos, jóvenes, sanos y serenos

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La Guardia Suiza vigila las entradas al Vaticano para que sean fronteras impenetrables, pero la línea divisoria más delicada es la que mantiene con la Gendarmería Vaticana, el cuerpo de policía civil, formado por 180 hombres y dependiente de la Gobernación del Estado del Vaticano.

Evitar que haya «grietas» en la seguridad del Papa requiere mucha disciplina por ambas partes, a veces en situaciones de tensión, dejando de lado recelos y rivalidades. El Guardia Suizo tiene que mantener la calma incluso ante la «competencia».

La sangre fría y el dominio de sí mismo es un requisito que se añade a los exigidos para entrar en el Cuerpo: ser suizo y católico, gozar de «buena salud» y de «reputación intachable», medir más de 1,74 metros y tener entre 19 y 30 años pues «somos un Cuerpo joven, y con frecuencia los más viejos tienen dificultades para integrarse».

Aunque el comandante Anrig comentó que probablemente algún día habrá mujeres, el tipo de vida que llevan y el exiguo tamaño del cuartel no lo permiten en estos momentos.

Entre los requisitos de los nuevos reclutas figura también estar solteros y comprometerse a no casarse antes de los 25 años y al menos tres de servicio. El permiso para casarse sólo se otorga de cabo hacia arriba, y si el interesado se compromete a continuar en servicio al menos otros tres años. Es un contexto muy restrictivo, pero se trata de un cuerpo de voluntarios, y el que no esté dispuesto a aceptar esas limitaciones –debidas sobre todo a la escasez de apartamentos familiares en el Vaticano- tiene siempre la opción de marcharse.

Ser un cuerpo de élite supone dedicar horas al entrenamiento físico, las prácticas de tiro y el aprendizaje de nuevas tecnologías de seguridad. Aun así queda tiempo para salir a celebrar algún cumpleaños a la «Tiroler Keller», el restaurante favorito de los Guardias Suizos, casi todos de habla alemana.

Y también para ayudar a los necesitados. Muchas noches, a la hora del tiempo libre, algunos soldados salen de paisano a los alrededores para repartir cajitas con una cena individual a los vagabundos y mendigos que abundan en Roma. Es una tarea que hacen, como todo su servicio, con espíritu de voluntarios. Y por pura generosidad.