Las lechugas también se estresan
Mientras que las lechugas «se estresan» pero no se comen la cabeza, el humano puede estresarse solo por pensar - fotolia
estrés y fisiología

Las lechugas también se estresan

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Consideramos que el día a día y las preocupaciones nos generan un «estrés» que nos hace fruncir el ceño, estrujarnos la cabeza, hacer yoga o ver películas de acción. Pero veremos que en realidad el estrés es mucho más que eso.

Y es que desde el punto de vista fisiológico, el concepto de estrés apareció para definir la respuesta llevada a cabo por los seres vivos para actuar frente a los factores ambientales desfavorables. Y estos factores pueden ser cosas tan distintas como el calor, la concentración de oxígeno del aire o la presencia de toxinas en los alimentos.

«Tengo que aclarar que la preocupación, la angustia, la frustración y un largo etcétera son causa de estrés pero no son el estrés», explica Alicia Batuecas, profesora de Biología y Fisiología en la Universidad Autónoma de Madrid. «El estrés es una respuesta universal en el mundo vivo diseñada para responder a la agresión».

De forma general, esta respuesta a la agresión tiene como objetivo evitar que las circunstancias desvíen al organismo de la homeostasis, el equilibrio que le permite funcionar en condiciones óptimas. Para hacerlo, tiene básicamente dos opciones: resistir de la mejor forma posible esos factores adversos y estresantes, o adaptarse a ellos.

Los primeros humanos ya estaban «estresados»Por tanto, no es del todo correcto ligar el concepto del estrés con el modo de vida actual de los humanos. Según dijo Batuecas en un discurso titulado «Estrés: un seguro de vida a un alto precio», para encontrar el origen del estrés no hay que fijarse en el modo de vida actual sino en «la noche de los tiempos». Si los seres vivos ya inventaron el estrés, los primeros humanos también estaban estresados: «solos, ante todo tipo de inclemencias y horrores, tuvieron que desarrollar la respuesta de estrés y servirse de ella».

Las lechugas y las bacterias se estresan

Cada ser vivo, sea cual sea, tiene que enfrentarse a sus propios factores estresantes. En el pequeño mundo de un grano de arena, la presencia de una gota puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte de las bacterias. En la triste existencia de una lechuga anclada al suelo para siempre, un caracol puede convertirse en una pesadilla de la que no es posible huir. Según dijo Walter Larcher, «todos los organismos experimentan estrés, aunque el modo como lo expresan depende de su nivel de organización».

Así por ejemplo, en el caso de una planta puede haber tantos factores estresantes como estos: radiación solar, calor, frío, congelación, escasez de agua, escasez de minerales, insectos, virus, bacterias y hongos patógenos, herbicidas, contaminantes, lluvia ácida, exceso de nitrógeno, etc. Y para cada uno de ellos, cada planta tiene unas respuestas más o menos sofisticadas para hacerles frente. En el caso de que un caracol se proponga devorar las hojas, algunas de ellas son capaces de producir sustancias que le dan un sabor desagradable, que directamente son indigestas o que son letales, otras fabrican espinas, hojas muy correosas o, por el contrario, hojas muy baratas de las que pueden prescindir.

En el caso de las bacterias, ocurre algo similar. Dentro de su minúscula esfera de vida, la presencia de nutrientes, oxígeno, humedad, radiación, virus, depredadores u otros factores pueden marcar la diferencia entre sobrevivir o no unos minutos más.

Y en opinión de Jesús Blázquez, investigador del Instituto de Biomedicina de Sevilla y especialista en estrés y evolución bacteriana, «si hay evolución es porque hay estrés y selección de los individuos más aptos». Es decir, que la respuesta de estrés no es solo la forma que tienen los seres vivos para luchar contra los factores adversos, sino que esta respuesta es una fuerza que facilita los cambios que les permiten adaptarse a las nuevas condiciones.

Comerse la cabeza es humano

Si los factores ambientales (radiación solar, humedad, temperatura, etc) son capaces de estresar a todos los seres vivos, incluyendo a las personas, los seres humanos tienen además unos enemigos bastante particulares: los factores psicológicos. «Nuestra corteza cerebral es buena para unas cosas (nos permite tener muchos mecanismos de control y posibilita que tengamos mucha capacidad reflexiva, conducir y protegernos de muchas cosas) pero al mismo tiempo nos mete en un infierno», explica Alicia Batuecas.

Y el motivo es que, al igual que los primates superiores, «tenemos mucha capacidad proyectiva hacia el futuro». Es decir, pensar en las consecuencias y en lo que ocurrirá mañana nos preocupa y nos estresa, aunque no haya ocurrido.

De hecho, en ocasiones el estrés ya no es solo una respuesta natural y universal que permite sobreponerse a los seres vivos a los factores adversos y les ayuda a evolucionar. Cuando las preocupaciones se prolongan en el tiempo, el estrés se convierte en distrés: la respuesta se cronifica y conlleva una notable alteración del perfil endocrino. Aparecen numerosas patologías y consecuencias funcionales como problemas en los procesos de crecimiento, reproducción, osmorregulación y en el sistema inmune... Por eso a veces las lechugas son más sabias de lo que parece.