Acabar con la pobreza en el mundo sí es posible
Dos hermanos en una tubería en la ciudad de Johanesburgo, Sudáfrica - epa

Acabar con la pobreza en el mundo sí es posible

Las organizaciones humanitarias se suman al optimismo de los Gates, pero piden «no bajar la guardia»

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Acabar con el hambre en el mundo no es un problema de «know how» (de saber cómo) sino de que haya sufienciente voluntad política en los países ricos y también pobres para llevar a cabo esta meta, la primera entre los ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio al que se comprometieron 180 estados en el año 2000.

De hecho muchas organizaciones humanitarias españolas que trabajan en las zonas más deprimidas del planeta cuentan con proyectos que han logrado reducir considerablemente la mortalidad infantil, la hambruna o la falta de acceso a la educación. Por eso, la mayoría de ellas, han saludado con optimismo la carta abierta emitida por la fundación Bill y Melinda Gates en la que profetizan el fin de las naciones pobres para 2035 y sobre todo desmonta una serie de «mitos» preconcebidos sobre la pobreza, tales como que la ayuda al desarrollo es un «gran gasto».

«Acabar con la pobreza podría ser una realidad incluso en muy pocos años porque existe el conocimiento y tenemos los recursos, pero es necesaria la voluntad política y una serie de comportamientos que abran puertas de oportunidad a las personas», explica a ABC la presidenta de Unicef España, Consuelo Crespo. La aportación de fondos económicos es solo una parte de la solución del problema. En este sentido, Crespo recuerda que en un mundo globalizado, las causas de la pobreza son producidas muchas veces por los propios países ricos. «Miremos a los niños que trabajan en productos que luego se venden en el mundo desarrollado. Hay muchas causas entrelazadas que producen esa situación de pobreza y que anulan las oportunidades. Solo enviando dinero no vamos a resolver el problema. Hay que cambiar otras cosas tanto en los regiones pobres como ricas».

Evasión de impuestos

El director de Campaña de Intermón Oxfam, Jaime Atienza, coincide en el diagnóstico. Para este experto en cooperación solo hacen falta ciertas condiciones para reducir la pobreza. Entre ellas, que los gobiernos no solo consigan que las grandes fortunas y compañías tributen los impuestos que les corresponde para garantizar la salud y la alimentación a todos los habitantes, sino también que mantengan su ayuda al desarrollo.

La crisis, sin embargo, ha sido un obstáculo importante para algunos países industrializados a la hora de seguir financiando proyectos en las zonas más deprimidas del planeta. Las ONG calculan que estos fondos han caído un 4% en 2012 con respecto al año anterior. En concreto, España figura entre las naciones que más ha recortado sus aportaciones. «Un 70% entre 2010 y 2013. Es la que peor está», comenta Atienza, quien considera que con estos datos «España va por mal camino».

Para el director general de Acción contra el Hambre, Olivier Longuer, la carta de los Gates es más que simple optimismo. «La reducción de la mortalidad infantil es un dato real», comenta. En 20 años se ha logrado reducir a la mitad. Por eso, y al igual que el filántropo estadounidense, defiende que la ayuda al desarrollo «no debe verse como una limosna sino como una inversión». «La ayuda al desarrollo sigue siendo una política importante de los Estados. No podemos bajar la guardia porque estamos teniendo buenos resultados. Allí están el ejemplo de Camboya, Vietnam, Laos, Mozambique o Brasil», asegura.

Cáritas Española, en cambio, cree que solo un cambio de sistema económico mundial en el que se priorice a la persona podrá cambiar la realidad de los 1.000 millones de personas que no pueden alimentarse diariamente. La coordinadora de la Campaña de Objetivo de Desarrollo del Milenio de esta institución de la Iglesia, María José Pérez, recuerda además que las nuevas políticas agrarias para crear bioconbustibles causarán más hambre en un futuro próximo porque su principal efecto es la subida del precio de los alimentos que padecen sobre todo los países pobres. «En ese juego de especulación de alimentos, las personas tienen todas las de perder», asegura.

Datos sorprendentes

Esa es la sensación con la que viven en África alrededor de 400 millones de habitantes que tienen que sobrevivir con 1,25 dólares al día. Pese a que la ayuda humanitaria sigue siendo primordial, comienzan a aparecer datos al menos sorprendentes. Según un reciente estudio del académico ghanés Adams Bodomo, la diáspora que reside fuera del continente africano envía ya más dinero hacia la región que los donantes occidentales tradicionales, en lo que se denomina la Ayuda Oficial al Desarrollo (ODA).

Solo en 2010 -fecha más reciente en esta comparación- los emigrantes africanos transfirieron 51.800 millones de dólares hacia su región de origen. Ese mismo año, de acuerdo con cifras del Banco Mundial, la Ayuda Oficial al Desarrollo fue, en cambio, de 43.000 millones.

Las cifras no sorprenden. Durante la pasada hambruna en Somalia de 2011, el papel jugado por las agencias alternativas de envío de dinero entre particulares fue decisivo para la supervivencia de buena parte de la población (por ejemplo, cerca del 60% del dinero que circulaba en el campo de refugiados de Dadaab, en la frontera entre Kenia y Somalia, procedía de estos envíos). La situación abre ya un nuevo panorama. Recientemente, el Gobierno de Reino Unido anunciaba que dejaría de destinar ayuda a Sudáfrica a partir de 2015. ¿Los motivos? Para Londres, su relación con Sudáfrica se debe basar a partir de ahora en el comercio y no en el simple desarrollo.

La colaboración con los países más deprimidos va adquiriendo sin duda nuevas formas. Para la presidenta de Unicef, Consuelo Crespo la ayuda al desarrollo no consiste en exportar nuestros modelos si no contar con los destinatarios. «Nosotros hemos logrado reducir a cero la mortalidad infantil en menores de cinco años a través de un programa en un país asiático con el solo hecho de capacitar a las abuelas, mientras las madres trabajaban, a mantener condiciones mínimas de higiene», comenta. «Son acciones de bajo coste -añade-. Nosotros no hacemos carreteras ni hospitales, trabajamos con las madres, con los niños, cerca de la gente, pero para ayudar tiene que haber voluntad política».