El Papa, durante el almuerzo con jóvenes de la JMJ en el Palacio Arzobispal.
El Papa, durante el almuerzo con jóvenes de la JMJ en el Palacio Arzobispal. - afp/osservatore romano
balance de la visita de la JMJ

El Papa Francisco, un líder global desde la cercanía

El balance de la JMJ ha sido positivo y arrollador en todos los frentes. Francisco ha insistido en la necesidad de un cambio radical en el seno de la Iglesia

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El primer viaje internacional del Papa ha sido un éxito arrollador, entre los jóvenes, en Brasil y en el mundo entero. La primera JMJ del Papa Francisco marca ya la plenitud del pontificado, no sólo por confirmar su estatura de líder espiritual que se hace escuchar por el mundo sino también por sus dos poderosos mensajes.

A los jóvenes, que tienen que ser misioneros. A los obispos, que la Iglesia, empezando por ellos, tiene que cambiar radicalmente de actitud. Tiene que moverse por la senda de la humildad y del servicio, pasar a primer plano la sonrisa y la ternura, acompañar a las personas en lugar de condenar, buscar a los que están lejos…

Cambio radical

Los dos extensos discursos a los obispos de Brasil y al comité coordinador del episcopado latinoamericano (CELAM) marcan un fuerte cambio de paradigma o, más bien, la vuelta al original: la Iglesia es «Esposa» de Cristo, no «Administradora»; su misión es de «Servidora», no «Controladora» de los fieles.

El impacto de estos poderosos mensajes, junto con la vigorosa condena del clericalismo, el restauracionismo y el funcionalismo, va a ser inmenso y muy positivo. Se podría decir que la Iglesia «rejuveneció» en Rio de Janeiro de la mano de un Papa que desplegaba en cada jornada la energía de al menos diez personas. Y que hablaba con una claridad total.

Francisco se convirtió en «carioca de honor» sufriendo su primer «engarrafamento» a los cinco minutos de salir del aeropuerto de Río, camino del centro de la ciudad. Sufrir un atasco crea sintonía con el ciudadano de a pie, y más todavía cuando el Papa viaja en un coche familiar de 15.500 euros, sin blindaje, con la ventanilla bajada y un dispositivo de seguridad que obtuvo dos «records»: ser el mayor de la historia con 33.000 soldados y policías, y también el menos eficaz.

Sin quererlo, el Papa Franciscose ha revelado un «superstar» de la fe. Su sonrisa es contagiosa. Sus abrazos y besos a quienes se cruzan en su camino -sobre todo los niños, los ancianos, los enfermos y los pobres-, emocionan incluso a quien los ve en televisión.

Hipócritas dentro de la Iglesia

Sus «ideas madres» de la misericordia y la ternura de Dios han vuelto mucho más humano el rostro de la Iglesia, y animan a acercarse a muchas personas que están lejanas.

El Papa Francisco recrimina con dureza a los clericales, los «carreristas» y los hipócritas dentro de la iglesia. Con los demás pecadores, en cambio, se enternece. Incluso si todavía no dan signos de arrepentimiento.

Su mensaje social y político ha resonado también con fuerza. Sus visitas a una favela y a un hospital para rehabilitación de jóvenes toxicómanos valen quizá más que cualquier encíclica sobre la caridad. Ante los políticos y la sociedad civil abogó por la laicidad del Estado y el poder como servicio a los demás.

Sus palabras a los jóvenes argentinos incluían un diagnóstico severo sobre nuestra cultura: «Esta civilización mundial se pasó de rosca; ha caído en la exclusión de los ancianos y los jóvenes. De los ancianos incluso con una ‘eutanasia cultural’, no se les deja hablar, no se les deja actuar. De los jóvenes, con la exclusión del empleo, de la dignidad ganada por el trabajo».

«Quiero lío en las diócesis»

«¿Qué es lo que espero de esta JMJ?», continuó. «Espero lío. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que salgan afuera.».Si el Papa consigue movilizar a los jóvenes para que «armen lío», el mundo puede cambiar.

Y la Iglesia también puede cambiar si los obispos siguen la pauta que les marcó ayer en su discurso al CELAM. Deben ser «pastores cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre, pacientes, misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, que no tengan ‘psicología de príncipes’, que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia, sin estar a la expectativa de otra».

El Papa hablaba al mundo entero, pero lo que ayer llamó la «revolución de la ternura» tiene que empezar por sus hermanos obispos. Si se suman a ella, lo que se ha visto en Río se contagiará por totas partes. El balance final, de éxito o fracaso de esta JMJ, requerirá varios meses, pero es seguro que los resultados «visibles» empezaran a notarse pronto.

Entretanto, en la playa de Copacabana, hubo –como en todas las JMJ- muchos resultados «invisibles»: decisiones vocacionales de ir al matrimonio, al sacerdocio, a la vida religiosa o, sencillamente, al voluntariado al servicio de los demás. Es lo que el Papa pidió, y seguramente lo habrá obtenido por decenas de millares. O centenares de millares.