Román Cendoya: «La dependencia de la tecnología hará que dejemos de saber escribir»
Román Cendoya con su libro «rEvolución» - g. llona

Román Cendoya: «La dependencia de la tecnología hará que dejemos de saber escribir»

El periodista donostiarra alerta en su libro «rEvolución» contra los peligros de la mayor transformación de la humanidad en su historia: el paso del «homo sapiens» al «homo digitalis»

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Vivimos los primeros tiempos de un nuevo mundo en el que dentro de muy poco no sabremos vivir sin las máquinas. Asistimos a la mayor transformación de la historia de la humanidad: el paso del «homo sapiens» al «homo digitalis». Una mutación en la que nos jugamos mucho. En su nuevo libro «rEvolución», Román Cendoya alerta contra los peligros que trae consigo este cambio brutal, que puede hacer que dejemos de saber escribir y dejarnos sin trabajo. Está naciendo una sociedad en la que ya no se enseñará a saber, sino solamente a acceder a la información. Una sociedad de cerebros vacíos, y por lo tanto fácilmente manipulables. El periodista donostiarra advierte: aunque con un poco de retraso, la distopía orwelliana «1984» está a la vuelta de la esquina.

Román, usted afirma que «la mayor transformación de la historia del mundo», en la que estamos inmersos, está siendo ocultada por el concepto «crisis».

Sí, pero no con maldad, sino por desconocimiento. Decimos: «Estamos pasando una crisis económica, laboral, social, de valores, una crisis existencial, una crisis…». ¡No puede ser que todo el mundo de golpe se haya puesto en crisis! Hay que preguntarse por qué todo está «en crisis». Debemos tener una mirada más profunda, ir más lejos. En el paradigma del hombre analógico se ha empleado esta palabra como fórmula repetitiva para referirse a los momentos en que en el mundo ha habido cambios. Con las crisis han llegado distintos modelos económicos, sociales… Pero ahora se está produciendo un cambio de paradigma, la sociedad analógica está pasando a ser digital. Desde que el «homo sapiens» puso fin a una vida itinerante y comenzó a montar nuestra sociedad, no ha habido un momento de cambio tan brutal. Esto no es «una crisis», esto es otra cosa.

También dice que «en menos de cien años desaparecerá el último hombre analógico».

El único suceso seguro de la vida es la muerte, y como los seres que hemos nacido en el ecosistema y no en el «tecnosistema» tenemos que morir, teniendo en cuenta la esperanza de vida, digo que en menos de cien años morirá el último hombre analógico. Es sólo la constatación de una realidad. El hombre «cromañón» y el «sapiens» compartieron el planeta, pero sólo sobrevivió el que supo adaptarse. Si en un mundo analógico de repente se crea y se desarrolla uno digital, los que se adapten sobrevivirán y los que no se adapten desaparecerán. Por esta razón yo propongo el nombre de «homo digitalis». Habrá un momento de convivencia, pero lo digital está derrotando a lo analógico.

Clasifica la sociedad actual en tres categorías. ¿Qué son una persona «prebotónica», una «botónica» y una «táctil»?

Ahora estamos viviendo un momento muy divertido con los «prebotónicos», que son nuestros padres o abuelos, a quienes, cuando llegaron las máquinas, éstas le parecían cosas de brujas. El fax era para ellos un milagro que marcaba una frontera que la tecnología no iba a traspasar nunca, y hoy son capaces de ver a sus nietos por Skype y de mandar un «mail». Saben utilizar esta tecnología pero no tienen ni repajolera idea de lo que hacen, porque cuando llegó ellos eran adultos o estaban en la madurez.

A los «botónicos» nos cogió la tecnología siendo muy niños o jóvenes, y en el momento fuimos vanguardia tecnológica. Pero la tecnología ha crecido tan rápido que nos hemos quedado por detrás, y vivimos con la angustia de intentar volver a ser vanguardia, porque sabemos de sus ventajas, pero nuestra formación y capacitación no nos permiten ir a ese ritmo.

«Mis sobrinos compran las entradas por internet para no tener que hablar con nadie»Y luego están los «táctiles», nuestros hijos o nietos, que han nacido con todo esto. A nosotros nadie nos enseñó a dar al interruptor de la luz porque nacimos con él, pero a nuestros abuelos tuvieron que enseñarles. Ahora los niños nacen en un «tecnosistema», y ven y entienden las cosas de otra manera. Yo prefiero pedir las entradas a la taquillera del cine, y mis sobrinos prefieren comprarlas por internet porque no quieren hablar con nadie, porque para ellos es más cómodo. Se trata de un profundo cambio antropológico.

¿Un cambio inevitable?

Sí, es inevitable.

Lo malo es que, como la niña de la que habla en el libro, muchos seguimos diciendo eso de «papá, la máquina es tonta , hay que decirle todo lo que tiene que hacer».

Somos tan imbéciles, tan egoístas, que en lugar de asumir la responsabilidad de la impericia humana, echamos la culpa a los demás. Es verdad que las máquinas siguen siendo «tontas», todavía no se han vuelto inteligentes ni han intentado subyugarnos como en las películas de ciencia ficción. Pero lo más lamentable de todo este asunto es que, siendo «tontas», las máquinas nos están derrotando, porque nos están castrando habilidades profundas del ser analógico. Una de las frases que más hemos dicho delante de un teclado es «¡ay, no!». Le has dado a la tecla equivocada y tienes que volver a comenzar un proceso. La máquina no es tonta, el tonto eres tú.

Afirma: «En menos de treinta años hemos pasado de la impericia y el desconocimiento colectivo de la tecnología a la imposibilidad de vivir sin ella». ¿Dependemos tanto de ella?

Sí, absolutamente. Por ejemplo, hoy estás obligado a hacer muchos procedimientos administrativos por internet. Hacienda nos obliga a autónomos y a empresarios a hacer todas las declaraciones por internet.

Habla de adicciones, de problemas psicológicos, derivados del tecnositema. «Una vez pulsado el “enter”, lo normal es repetir», dice. ¿Sufrimos porque estamos cambiando demasiado rápido?

No. No es una cuestión de velocidad, sino de comodidad. ¿Tú renunciarías al mando a distancia de la televisión? Lo malo del asunto es que tenemos fe ciega en la máquina. Se ha comprobado que si tú pides a la gente hacer una cuenta a mano y luego con una calculadora trucada, escoge siempre el resultado de la calculadora, que es erróneo. «Me habré equivocado», piensan. Lo malo es que los botónicos sí sabemos que «la máquina es tonta», pero a partir de aquí ya no lo sabrá nadie. A nosotros [los botónicos] la tecnología nos causa problemas psicológicos, pero es por falta de expertizaje, por miedo, pensamos que vamos a romper algo, a borrar algo...

«Esta no es una "sociedad del conocimiento", sino "de la información"» Si tú y yo ahora tuviésemos 12 años, probablemente estaríamos «hablando» con la mirada puesta en el móvil porque, a la vez, estaríamos charlando con no sé cuántas personas más a través del aparato. Hoy, el mayor castigo para un adolescente es quitarle el móvil, porque eso lo aísla. ¡Hasta sufren crisis de ansiedad! Como le quites el teléfono, que es su vínculo con todos sus colegas, está muerto. Nosotros hemos vivido y jugado en la calle, pero ahora los colegios llevan a los niños a granjas para explicarles que los conejos no vienen al mundo en bandejas de plástico.

Alerta también contra otros dos grandes peligros del «tecnosistema». ¿Podemos dejar de saber escribir y quedarnos sin trabajo?

Sí. ¿Por qué vamos a dejar de saber escribir? Porque hemos dejado de sumar, restar, multiplicar y dividir. Antes, cuando ibas de cena con los amigos hacías las cuentas de memoria para saber cuánto tenía que pagar cada uno. Hoy no lo sabríamos hacer. Ahora echamos mano de la calculadora del teléfono móvil. Y cada uno pagará lo que diga la máquina, no lo que digamos nosotros. Si nosotros, que sabíamos las tablas de multiplicar de memoria, hemos dejado de hacer las operaciones básicas, ¿cómo no vamos a dejar de saber escribir? Hay programas a los que les dictas lo que sea y te lo escriben mejor que una secretaria. ¡Es más cómodo hablar que escribir! Y si tienes la aplicación desde que naces, ¿para qué vas a escribir nunca? En el futuro, un tipo se estrellará con su avioneta en una isla perdida y no sabrá escribir SOS. Como mucho lo pintará, pero no lo escribirá. Que son cosas distintas. De hecho, hoy a mucha gente le cuesta escribir a mano.

«Hoy a mucha gente le cuesta escribir a mano»Por otra parte, la tecnología se caracteriza por la desaparición del intermediario. En los parkings, en los cines... ¡Hay supermercados en los que no hay cajeras! Antes la fruta te la ponía el frutero, ahora la coges y la etiquetas tú. Y en los procesos industriales la robotización ya es real. Tengo amigos bodegueros que hace ocho años hacían la vendimia con 300 personas. ¡Ahora emplean sólo a 12! Si haces la cuenta de los puestos de trabajo que se han perdido en cada proceso mecanizado de tu vida ordinaria, entenderás las tasas de desempleo.

Dice a los abuelos: «Tu niño no es el más inteligente, es igual que un osezno».

Digo la frase porque estoy hasta las pelotas de los abuelos con los nietos. Todos creen que tienen el nieto más listo del mundo. ¡Pero si el niño no hace nada! Antes los niños pescaban salmones al pie de un árbol y ahora ven dibujos animados, y malos. No sé yo qué es mejor.

Denuncia que ya no se enseña a saber, sino a acceder a la información. ¿Vamos hacia un mundo en el que el oráculo es Google?

Está desapareciendo el conocimiento, así es que el hombre ya no se puede llamar «sapiens». Y el «digitalis» tan sólo sabe acceder a la información, punto. El error es nuestro, de «prebotónicos» y «botónicos». Somos gente que ha sufrido las enciclopedias, para los trabajos del colegio y del instituto teníamos que buscar todo en aquellos libros. Era un rollo. Y la primera vez que nos metimos en Google y encontramos enseguida toda la información que estábamos buscando, dijimos, «¡pero si esto es la bomba, qué tontería he hecho yo toda mi vida buscando libros!». Así es que para que nuestros hijos no pierdan el tiempo, les hemos dotado desde la más tierna infancia de la tecnología. Les decimos: «¡No perdáis el tiempo niños!». Y claro, ellos responden: «¡Perfecto!».

Cuando nosotros les damos los aparatos, los niños dejan de llenar su «disco duro» de una manera muy natural. El problema es que si tú no formas tu «disco duro» en comparar, en retener, en analizar datos, luego no serás un ser independiente capaz de tener en consideración o desconsideración los contenidos que te llegan. No serás capaz de hacer una valoración crítica. Y si a esto le sumas que los informes PISA dicen que está bajando el nivel de comprensión lectora... Esto ocurre por tres motivos: porque las pantallas de ordenador y de los tablets no están hechas para leer, porque, por esta misma razón, como es muy incómodo leer nadie lee más de dos párrafos -de ahí que exista la que yo llamo «generación Wikipedia del párrafo uno»- y porque si los chavales pueden volver a acceder cuando quieran a esa información sobre la que les han preguntado... ¿Para qué la van a retener?

Estamos creando cerebros vacíos...

Y por lo tanto muy manipulables. Decimos que estamos en la «sociedad del conocimiento», pero es falso. Como mucho estaremos en la «sociedad de la información». Información que ni siquiera sabemos si es verdadera o falsa. E información rima con manipulación. El mundo de la novela «1984» de Orwell será una realidad con unos cuantos años de retraso. Hoy se está quitando de los planes educativos la filosofía y todo lo que lleve a pensar. Nos dicen que tenemos que formar técnicos. ¡No, tenemos que hacer ciudadanos! Ciudadanos libres, y por lo tanto con capacidad de análisis. Pero a las grandes estructuras tanto políticas como empresariales les viene muy bien que los ciudadanos no piensen. Porque así son más manipulables.

Cree que el «tecnosistema» obligará a renovar estructuras obsoletas como los partidos políticos.

Entre la ideología colectiva y el poder, hay intermediarios. Pero puede que dentro de poco estalle una verdadera revolución en la gestión de la democracia. Antes, el poder no podía preguntar al ciudadano porque era muy complicado, y por eso el ciudadano elegía a sus representantes, pero hoy, le puede preguntar todo. Suiza celebra cada dos por tres referéndums por internet. Y se pregunta a los suizos por todo. Porque el voto no es como una iluminación del espíritu santo que a un mal gestor lo convierte en uno bueno.

Además, si yo soy militante de un partido político y pago por ello, ahora que se puede, qué menos que me consulten todos los días. Yo no soy más tonto que el que se sienta en el escaño, al que le dicen: «1, 2 o 3. Sí, no, abstención»... ¡Que los partidos pongan en su página web lo que se va a votar y que los militantes decidan el signo del voto, qué no son idiotas! Esto llevaría al político que vota en contra del programa electoral o de lo que quieren las bases a tener que explicarse, y claro, esto sería un problema para la partitocracia. También se acabaría con los «funcionarios» de los partidos si las bases pudiesen elegir quiénes son sus candidatos. El «tecnosistema» podría llegar a acabar con los partidos políticos tradicionales, o tal y como los conocemos. Hoy, Ciutadans es la única formación cuya lista de candidatos se confecciona mediante elección abierta de sus simpatizantes, que es lo más cercano a unas listas abiertas.

Creo que es imprescindible que los partidos espabilen. Si no se toman muy en serio su reforma interna y la adaptación a los nuevos tiempos y a las nuevas posibilidades, la ola les pasará por encima.

¿Y cómo afectará el «tecnosistema» a la religión?

La religión es un intermediario entre Dios y el hombre, es la medicina del alma. Pero si la estructura religiosa se queda anclada en el rito y el boato, va a tener muchos problemas. En el 92 se me ocurrió la tontería de hacer una inocentada en Radio Euskadi. Entonces había un problema muy gordo de vocaciones sacerdotales, y anuncié que la Iglesia Católica, ante la falta de curas, iba a montar una red de confesionarios automáticos que se iba a llamar Confered. La broma tuvo un éxito abrumador, ruptura total de la centralita, todo el mundo llamaba y decía... ¡Que así, sí se confesaría!

«Si los partidos políticos no se adaptan, la ola les pasará por encima»El hecho de que la segunda religión de Australia, la cuarta del Reino unido y la tercera de Canadá sea la «religión Jedi», la de la Guerra de las Galaxias, demuestra hasta qué punto nos está empezando a funcionar mal la pelota. «¡Que la fuerza te acompañe!», dicen. Y en menos de 20 años tendremos la religión Apple, la religión de la manzana. El «homo sapiens» comenzó su andadura en la tierra con una manzana mordida y ahora el «homo digitalis» lo va a hacer con otra.

Dado que la «rEvolución» es inevitable, ¿podemos hacer algo para que no nos haga demasiado daño, o para saber aprovecharla?

He escrito este libro para que tomemos conciencia de lo que estamos haciendo. Yo quiero niños formados en el conocimiento con las ventajas de la accesibilidad. Quiero una sociedad con los mejores valores que ha conseguido el hombre a lo largo de la historia: la libertad, la solidaridad, el pensamiento... Cuando leemos la Historia de Egipto, por ejemplo, siempre con una generosidad inusitada hacia nosotros mismos, nos posicionamos en la corte del faraón, jamas tirando de una piedra en medio del desierto a latigazo limpio, que es donde estaríamos todos. Siempre nos ponemos en el sitio de los elegidos. Ahora estamos aquí, donde nos ha tocado. Y somos ciudadanos. Si dentro de mil años, cuando lean -que no lo creo- sobre el siglo XXI, los seres humanos se imaginan como ciudadanos, es que lo habremos hecho bien. Si se ven como Steve Jobs, lo habremos hecho fatal.

¿Y es usted optimista?

No.