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Podemos adelantarnos a un tipo de sismicidad

Día 04/04/2013 - 16.46h
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Ya no se puede asumir que las variaciones en el nivel de los acuíferos profundos no tienen repercusiones en el riesgo sísmico de una zona. La evidencia de que el clima tiene influencia en los movimientos tectónicos va aumentando: el agua de la lluvia, de los ríos, lagos, o mares se cuela por cualquier fisura que encuentra en la corteza porosa y puede alcanzar profundidades de hasta 10-20 km y producir terremotos. Es cierto que la mayor parte de los terremotos se generan como consecuencia de los movimientos de las placas, pero incluso estas estructuras masivas pueden verse influenciadas por lo que pasa en la superficie que puede frenar o incrementar la ocurrencia de los terremotos.

Además, cualquier elemento que aumente o disminuya el peso que soporta la corteza genera deformaciones y esfuerzos. Cuando ésto ocurre por encima de una de las muchas fallas existentes donde la corteza ya se encuentra “pretensada”, puede aumentar o disminuir su potencial para deslizarse sísmicamente. Y existe una substancia muy pesada cuyos movimientos dependen en gran medida de las condiciones climáticas: ¡el agua! Todo es agua, afirmaba hace 25 siglos el fundador de la filosofía occidental, el griego Tales de Mileto (c. 624-546 a.c), y no le faltaba razón. En este “Año Internacional del Agua”, en el que como sigamos así, habrá que ir a Pamplona con un bote y sin calcetines se nos recuerda la importancia de esta “vulgar combinación” de Hidrógeno y Oxígeno que ha sido la clave para la aparición de la vida sobre nuestro planeta, y que hoy en día es un bien escaso en muchos países en vías de desarrollo, cuando su embate y persistencia comienza a asustarnos.

Aunque el agua es un bien necesario, también resulta ser un mal inevitable: los tsunamis, huracanes, tifones, inundaciones, etc., provocan cientos de miles de muertos todos los años. Tenemos que convivir con nuestro amigo indispensable que se torna enemigo cuando quiere; para más guasa estamos compuestos de hasta tres cuartas partes de agua. Sin embargo, ejercitamos una visión egocéntrica de la relevancia del líquido elemento, ya que resaltamos su importancia para los seres humanos, que al fin y al cabo no suponemos nada más que una ínfinitésima parte de los seres vivos, aparecimos en el “último segundo” de la lenta evolución de un planeta con 4500 millones de años de historia. Los vertebrados sólo representamos el 2.7% de los seres vivos, y el “Ecce Homo”, dentro de la subclase de los mamíferos, ni el 0.01 %. ¡Basta decir que en el interior de nuestro organismo hay más bacterias que seres humanos poblando la Tierra!

Resulta que David volvió a matar a Goliat, y tenemos un potencial destructivo muy superior a los submicroscópicos virus que tanto pánico nos producen: en estos últimos siglos el hombre está destruyendo progresivamente todo su entorno (atmósfera, biosfera, hidrosfera, etc.) como llevan denunciando desde hace tiempo biólogos, físicos, meteorólogos, médicos, medios de comunicación, etc. El tan manido concepto de cambio climático global por el efecto invernadero y subsecuente calentamiento generalizado no sorprende ya a nadie y la mayoría de los países están intentando tomar medidas para atajar este fenómeno.

A los geólogos, nos corresponde recordarle a la sociedad que el ser humano también influye decisivamente en la geosfera, un concepto que no se suele publicitar demasiado. La acción del hombre sobre la geosfera es especialmente nociva, alterando el ciclo hidrológico con: explotaciones gigantescas de yacimientos minerales, canteras que destruyen laderas enteras y trastocan el flujo subterráneo del agua; enormes embalses; extracciones o inyecciones de fluidos variados (hidrocarburos, agua, CO2, etc.); deforestaciones de montañas que incrementan la erosión por el agua y el riesgo de deslizamientos; sobreexplotaciones masivas de acuíferos profundos para usos agrícolas o domésticos; contaminación de acuíferos y fractura masiva del subsuelo mediante fracking para extraer gas de pizarra, etc.

En relación con la geosfera debemos señalar algo que puede parecer chocante al común de los mortales: ¡la mayoría de las rocas provienen de la acción del agua! Es una realidad irrefutable, ya que éstas se formaron inicialmente en un lecho marino, o en el fondo de un lago o un río, o son el resultado de la erosión por las aguas de escorrentía. El imponente techo del mundo en el Everest está construido con rocas metamórficas e ígneas, que en su origen eran sedimentos marinos o lacustres (carbonatos, arenas, limos, arcillas, etc.), y al quedar enterrados se transformaron en esquistos o granitos por la presión y la temperatura. Posteriormente, los choques de las placas se encargaron de elevarlos hasta alturas superiores a los 8000 metros. Por otra parte, la morfología del relieve es una consecuencia directa de la acción del agua: la monótona y alomada meseta castellana fue una cordillera de altura similar al Himalaya hace 400 millones de años, y su configuración actual se debe a la acción erosiva, lenta e implacable de este elemento. Muchas de las espectaculares morfologías que vemos actualmente en el mundo fueron esculpidas por nuestro amigo y enemigo H2O como ejemplo sirva el Gran Cañón del Colorado.

Se suele subdividir el planeta en dos ámbitos muy distintos y sin relación aparente alguna, salvo en las franjas costeras: los océanos y los continentes. Sin embargo la delgada capa de agua oceánica está sustentada por una espesa corteza de rocas volcánicas y, en contrapartida, los continentes retienen en su subsuelo vastos “océanos” de agua bajo forma de acuíferos confinados gigantescos: el continente africano tiene un enorme océano de agua a pocos kilómetros de profundidad por debajo de su árida superficie. Es decir, esa dicotomía en la subdivisión del planeta en dos submundos contrastados es algo artificial y el agua y la tierra están íntimamente relacionadas.

El calentamiento global inducido por la acción del hombre mediante la masiva expulsión de gases industriales a la atmósfera está haciendo variar las pautas climáticas de la Tierra (se producen más huracanes, los monzones son más devastadores, las precipitaciones y sequías son inusualmente fuertes, etc.). Hoy en día se reconoce ya la importancia de las variaciones climáticas (el agua) sobre la geosfera: se ha incrementado la erosión de las montañas más altas como el Himalaya; la cinemática del movimiento de la placa India ha variado por el efecto erosivo del agua; se constata la recurrencia de los denominados “climatequakes” o terremotos inducidos por las condiciones climáticas; el calentamiento global está fundiendo los casquetes polares y el nivel del mar sube lentamente a escala planetaria. Este “trasvase” espacial del agua congelada en agua líquida tiene unas consecuencias irrefutables en términos de un incremento de la sismicidad en zonas como Groenlandia (liberada del peso de los hielos) y tendrá a medio plazo un efecto disparador de la sismicidad en zonas costeras con fallas activas (e.j., la falla de San Andrés en California).

La idea de que el cambio climático y las precipitaciones pueden tener influencia en los terremotos es una hipótesis bien contrastada: la denominada “hidrosismicidad” sugiere que existen relaciones de causa-efecto entre el las intensas precipitaciones y los terremotos de poca profundidad y magnitud. En este sentido, resultados de más de 30 estudios efectuados en todo el mundo durante el último cuarto de siglo en cinco continentes diferentes demuestran que la hidrosismicidad es una hipótesis viable para explicar la sismicidad intraplaca, independientemente del régimen tectónico prevaleciente.

Estas variaciones climáticas inducidas por la actividad humana son obvias en nuestro país, y cualquier persona se da cuenta de que la meteorología ha cambiado radicalmente en estos últimos años, con fuertes sequías en verano seguidas de masivas precipitaciones e inundaciones desastrosas. De hecho, se han batido todos los récords históricos de pluviometría, particularmente en Navarra, Murcia y Jaén, y curiosamente estas tres zonas llevan cierto tiempo sufriendo crisis sísmicas anómalas.

Basta con “irse por los cerros de Úbeda” para comprobar cómo los habitantes de Torreperogil y Sabiote experimentan “in situ” que las lluvias intensas provocan al poco tiempo un repunte de la sismicidad. En Lorca las evidencias ya han sido publicadas por diferentes expertos, hoy la actividad repunta. En Navarra ha llegado al Parlamento. En Galicia, las series sísmicas apuntan a la apertura de un nuevo frente para el agua y los terremotos, con muchas posibilidades de éxito dada la posición intraplaca de esta región. Finalmente, en Madrid, existen indicios suficientes de una sismicidad sospechosa como para ir analizando este posible objetivo logístico, máxime desde la publicación de la investigación por parte de científicos del United States Geological Service (USGS) de que el terremoto de la nunca sísmica Oklahoma en 2011 de 5,7 de magnitud, fue provocado por la incesante inyección de agua en el subsuelo, eran las sobras contaminadas de la industria petrolífera. La ecuación es fácil, la discusión está servida.

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