Sociedad

Sociedad

El abrigo negro del padre Jorge

Día 17/03/2013 - 10.31h
Temas relacionados

ABC traza el perfil más desconocido de Bergoglio, los gestos que definen su personalidad

Jorge Bergoglio (Buenos Aires, 1936) no ha dejado que nadie sacara su ropa de la maleta que recogió el jueves de la Casa del Clero, en la calle de La Cerda, en Roma. Cuando aparece hoy sábado (domingo para el lector) ante miles de pares de ojos -los fisgones ojos de la Prensa- el Papa Francisco viene de su nueva casa, el Vaticano, pocas horas después de sacar aquellas pertenencias que apretujó en una bolsa en su piso de la segunda planta del anexo de la catedral de Buenos Aires: los avíos de cardenal, que heredó cuando Juan Pablo II le confirió esa dignidad en 2001, y sobre todo su abrigo negro, con el que paseaba por Roma.

Con él se dejó ver un día antes de encerrarse en Santa Marta, luciendo el arreglo que le hizo una modista mayor y gruñona de Buenos Aires. Lo recicló. Su amigo y antecesor, Antonio Quarrancino, al que él apodaba en secreto «el santito», le regala los oropeles de cardenal, pero a él lo que más le gusta es el sencillo abrigo negro, un «sobretodo» que sigue arrugado en su equipaje cuando el humo de la chimenea vaticana albea el cielo y su figura.

El Cónclave va a comenzar. Es domingo y los cardenales electores tienen que celebrar una misa mediática diseminados por las Iglesias de Roma. Todos menos uno. El padre Jorge se ha escapado a almorzar con una anciana de 92 años, hermana de un arzobispo amigo suyo, ya fallecido. Lo cambia gustoso por al asedio mediático. A él le toca la iglesia de San Roberto Belarmino. Una semana después todavía le esperan.

Como en un restaurante de las afueras de Roma, donde unos amigos de su hermana María Elena quieren convidarlo a comer. Allí se quedaron para vestir santos. Es la eterna escapada de Bergoglio para huir de los compromisos mundanos e ir solo a lo sustantivo. Y eso que a los visitantes los envía su ojito derecho; una de sus tres hermanos, María Elena. Jorge siempre le reprocha, pero es por su bien, que cogiera unos kilos por no cuidarse en la alimentación. Él, sin embargo, es frugal hasta la obsesión. Ay, su querida María Elena, una segunda madre que le reñía porque dedicaba mucho tiempo a jugar al futbol en el barrio, como todos los niños argentinos que sueñan con comerse la Bombonera. Esa afición, de las pocas que conserva, le llevó a ser hincha del Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

Pero volvamos a ese domingo de las misas. El padre Jorge termina compartiendo mesa con la hermana de su amigo y dando la espantada a la maquinaria vaticana que nunca descansa, como cuenta a ABC Elisabetta Piqué, la corresponsal de «La Nación» en Italia, una de las periodistas más cercanas al hoy Pontífice. Y luego están los amigos de María Elena, que no da crédito a que su hermano no haya acudido al restaurante pero menos se cree que hoy sea Papa. «No me lo creía cuando me llamó. Qué emoción verle siendo aclamado por miles de personas», recuerda. A sus amigos no los vio pero a ella fue a una de las primeras que telefoneó tras el habemus papam.

Hoy, en la Sala Paolo VI, Bergoglio ya no va con su sobretodo negro. Ni lo llevará jamás. Ahora viste de blanco y lo rodean los miembros de la Curia vaticana a la que moldeó otro Papa, este alemán, que ahora anciano espera, junto al lago Albano, su visita el próximo sábado. Aquel Papa sufrió una dolencia cardiaca que llevó en secreto con la complicidad de los médicos del Gemelli. Francisco todavía no ha preguntado por el equipo que le atenderá en ese hospital, donde ya hay habilitada una estancia para el nuevo Pontífice.

Evita siempre hablar de aquellos que, a diferencia de él, no curan el espíritu sino el cuerpo, pero que también visten de blanco. Odia las batas blancas de los médicos. Ya se lo dijo a su madre, Regina, cuando le dio el susto de su vida. Jorge Mario, con 22 años, está siempre muy cansado. Ha dejado de jugar al fútbol para meterse a cura y ya solo estudia y estudia. Pero está cansado. Y habla fatigado, despacio. Como hoy, cincuenta años después, ante la Prensa. Un cansancio que, investigado, terminó siendo una afección pulmonar que casi le lleva a la muerte, pero que finalmente solo se lleva medio pulmón derecho. Se lo contó con aprensión a Sergio Rubin y Francesca Abroguetti, sus biógrafos autorizados: «Hubo días de incertidumbre porque no se acertaba en el diagnóstico».

Italiano, con acento bonaerense

A Jorge Mario ya nunca nadie lo llamará así, ni siquiera su amigo el cura Gabriel, párroco de la Iglesia de San José de Flores, el barrio donde nació. Hoy el sucesor de Pedro habla a más de cinco mil periodistas en italiano. Un italiano con resabio porteño. «Tiene que aprenderlo mejor. Le entienden más los españoles que los italianos», dice con sorna un asesor de la curia. Lo hace con el acento bonaerense que aprendió con Gabriel, Oswaldo Dapueto (el hijo del dentista que le quitaba las muelas) y Rafael Musolino, que vivía en la misma casa de Bergoglio, en la calle Membrillar 531 de Flores.

Rafa está casado con Martha Laera y ambos eran amigos inseparables de la infancia. Salían en pareja con Jorge Mario y Amalia, una chica (hoy señora) que, impelida por la fuerza que da sentirse merecedora de la gloria repartida en minutos televisivos, dice haber sido su novia en la adolescencia. Sostiene, con la confortable seguridad de que los otros labios están sellados para siempre, que el Papa le espetó lo de «si no me caso con vos, me hago cura». Era cuando leía a Dostoievsky.

Quien hoy conocemos con el vocativo Francisco crece en un patio con parrilla, un árbol de pomelo y un limonero. No en el huerto claro de Dueñas que Machado pintó, sino en un espacio cerrado, lúgubre, sin media chocolatina que llevarse a la boca, donde los niños dibujan dieguitos y mafaldas, como en la canción de Sabina. Unos años después, con 28, ya de profesor de Literatura en el colegio Inmaculada de Santa Fe, vuelve a recordar en las clases prácticas a su querida Mafalda e invita, para solaz de sus alumnos, a la cumbre de sus devociones, Jorge Luis Borges.

Su pasado

Ahora, delante de miles de periodistas parece nervioso. Cómo no estarlo ante tantos medios que escrutan cada pliegue de su sotana, cada arruga de su piel porteña curtida en rezos. Algunos, él lo sabe, han especulado sobre aquellos años oscuros de la dictadura argentina. Aquel pasaje siniestro ha vuelto a su mente estos días mientras habla por teléfono con Ratzinger, que también tuvo su propio bautismo de hemeroteca. Uno fue fustigado con las juventudes hitlerianas y ahora le toca a él bailar con la fea dictadura militar argentina. Y especialmente ha recordado a dos compañeros, Francisco Jalics y Orlando Yorio, jóvenes jesuitas del barrio de Rivadavia. Secuestros, miedos, torturas, Videla, Massera...

El abrigo negro del padre Jorge
afp
Jalics

Como en una película histórica de las que tanto le gustan, sus recuerdos le llevan a sus cuarenta años recién cumplidos. Es cuando conoce a Alicia Oliveira, una abogada que fue a su parroquia por un asunto legal. Y nada más supo hasta que le dijeron que fue nombrada jueza penal. Pero tres años después, el golpe militar de Videla la puso en la calle y fue perseguida. Alicia cuenta cómo el padre Jorge la ayudó: «Me hizo llorar, ya que me mandó un ramo de rosas maravillosas, y estuvo a mi lado todo el tiempo. Me consta el compromiso de Jorge». Testimonios que el Papa ha leído estos días y que intentan neutralizar lo que el Vaticano ha calificado como «campaña difamatoria contra el Pontífice».

Es entonces cuando conoce a Jalics y Yorio. Ambos permanecieron cinco meses torturados, atormentados por una dictadura atroz. Horacio Verbitsky, activista contra la guerra sucia, ha querido salpicar la sotana blanca de Bergoglio con sospechas sobre su pasividad ante el secuestro de sus amigos. Pero el «review» de la memoria no solo ha venido en auxilio de la cabeza de un químico riguroso como Bergoglio, sino de otros hasta ahora callados como una tumba.

El Santo Padre ha leído en el diario «Clarín» que una anciana, poco sospechosa de comulgar con la Iglesia católica dada su encendida defensa del aborto, ha recordado lo que pasó. Es Gabriela Fernández Mejide, ex jefa de la Comisión sobre la Desaparición de Personas por la Dictadura: Bergoglio supo del secuestro de los jesuitas y habló con Videla y Massera para que los liberaran, para que pusieran fin a su sufrimiento... Pero hasta medio años después no los soltaron. «La prueba definitiva de que ellos se sintieron apoyados es que Yorio, Jalics y el primer Papa argentino concelebraron tiempo después una misa en Buenos Aires, y nadie vio sino armonía», relata.

Su relación con la prensa

Como ahora con los periodistas a los que imparte la bendición. Y es que el Papa sabe bien de la procelosa prensa. No en vano durante su etapa bonaerense se ocupa de abrir una diligente oficina de información. Uno por uno fue nombrando jefes de aquel negociado tan estratégico a solventes sacerdotes-periodistas. Eran famosos sus encuentros, sus charlas, con informadores, pero bajo secreto de confesión. Como siempre les recordaba, irónico, desvelar una información estaba sancionado con la pena de excomunión. Como en el Cónclave que lo eligió a él.

Pero siempre eran conversaciones a media mañana o a media tarde. Nunca comidas. Porque el hombre alto y canoso que ahora tengo delante se levanta a las cinco de la mañana y le gusta comer y cenar solo. Hasta ayer lo hacía casi siempre en la Curia Arzobispal de Buenos Aires, donde después de rezar, desayunaba, como cuenta Federico Walls, su jefe de Comunicación. Ni siquiera los agasajos que, a lo Judas, le hacia el poder populista lo animaron a abandonar sus costumbres, poco compartidas por sus colaboradores. Ese mismo poder populista vestido de Dior que nunca lo invitó a la Casa Rosada, por cierto.

Tensa relación con Kirchner

A Cristina Kirchner, dice la prensa argentina, no le gustó nada la decisión de los 114 cardenales, aunque vendrá a felicitarlo mañana. Fue tan fría con el Papa en las formas –una escueta nota protocolaria saludó la fumata blanca- como ya lo era en el fondo. Un fondo lleno de serpientes pitón que Cristina lucía en sus bolsos y le servían para mantener alejado a su enemigo. A pesar de que los lugares de trabajo de ambos distaban poco –él en la Catedral de Buenos Aires, en pleno corazón de la plaza de Mayo; ella, en el palacio Rosado, a apenas diez minutos de distancia- nunca hubo un café que compartir. Y menos tras la guerra del religioso contra la política peronista que reconoció el matrimonio entre homosexuales.

Bergoglio no se arredró. Convocó vigilias ante el Parlamento. De nada sirvieron. Hasta que su constancia se vio recompensada con la decisión de Kirchner de frenar la difusión de una guía abortista. Bergoglio 1- Kirchner 1. Para el hoy Papa, como para su admirado Borges, «la numerosa Buenos Aires no es más que un sueño en que peligra desaforadamente su ser».

El abrigo negro del padre Jorge
reuters

En la audiencia, que ha durado media hora, tiene delante a miles de sastres que le han cortado un traje, no todos con bondad, verdad y belleza como él nos pide, en la prensa del mundo; eso sí, la mayoría han subrayado su dimensión social, su gusto por el contacto con los pobres, su nula inclinación por el boato (la capa de armiño sigue en la «sala de las lágrimas» muerta de risa), su afición a ir en Metro, su gusto por el tango, su vuelta a la esencia de la Iglesia de San Francisco de Asís, su paso por España para formar a los curas, su espíritu jesuita, su infrecuente espontaneidad...

-Buenos días. Soy el Papa Francisco, ¿puedo hablar con el Padre General?

-¿Quién dice que es?

-Yo, el Papa Francisco. ¿Y usted cómo se llama?

Francisco llamó por teléfono hace unas horas a la Casa General de los Jesuitas en Roma para agradecer su carta de felicitación. Eso sí, tuvo que convencer con paciencia al recepcionista de que realmente era el Papa.

Compartir

  • Compartir

Temas relacionados
publicidad
Consulta toda la programación de TV programacion de TV La Guía TV

Comentarios:

Sigue ABC.es en...

Lo último...

El tiempo...

Últimos vídeos

El FBI libera a 105 menores víctimas de explotación...

Copyright © ABC Periódico Electrónico S.L.U.