Corresponsales de ABC durante la Segunda Guerra Mundial. De izquierda a derecha: Luis Calvo, Felipe Sassone, Jacinto Miquelarena, César González Ruano y Carlos Sentís
Corresponsales de ABC durante la Segunda Guerra Mundial. De izquierda a derecha: Luis Calvo, Felipe Sassone, Jacinto Miquelarena, César González Ruano y Carlos Sentís - ABC
ABC, Testigo directo de la Contienda

El alineamiento de Franco con el Eje obligó a orientar la cobertura periodística

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta de la breve historia humana, ríos de tinta se vertieron para contarla

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«Es imposible vivir momentos más trágicos y angustiosos que los que se están sucediendo vertiginosamente desde las tres de la mañana de este primero de septiembre, cargado de negros presagios». Así arrancaba la crónica que, bajo el inequívoco título de «¡Guerra!», envió Eugenio Valdés, corresponsal de ABC en Berlín y el diario publicó el 2 de septiembre de 1939. Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la más sangrienta de la breve historia humana, ríos de tinta se vertieron para contarla. Y sin embargo, y pese a lo que pudiera parecer, la prensa española, y ABC no fue una excepción, no la contó más ni mejor que la Primera, la llamada Gran Guerra, donde a juicio del reportero Plàcid Garcia-Planas «nació el periodismo de guerra español».

Cierto que en las páginas de ABC brillaron con diverso grado de color y precisión las crónicas de corresponsales como Jacinto Miquelarena desde Belgrado y Smolensk, Carlos Sentís desde el norte de África y Dachau, Luis Calvo desde Londres, Mariano Daranas, César González Ruano, Felipe Sassone, Ernesto del Campo, Miguel Moya Huertas o el propio Eugenio Valdés. Pero periodistas como Miguel Torres Gil del Real, que salvo director lo fue casi todo en ABC entre 1961 y 1985, reconocen que «aunque se dedicó mucho espacio al conflicto y se publicaron muchas crónicas de la agencia EFE, no se cubrió bien la Segunda Guerra Mundial a causa del alineamiento del régimen de Franco con el Eje, la censura y la falta de recursos». España sobrellevaba a duras penas la posguerra, y los periódicos tenían que dosificar sus prespuestos para pagar artículos de lujo como el papel, que «se racionaba en cupos y el régimen utilizaba para premiar o castigar», recuerda Torres, discípulo de Vicente Gállego, primer director de la agencia EFE, que fue destituido de forma fulminante por Serrano Súñer, que le acusó de «aliadófilo». Curiosamente, recuerda Torres, «no podías informar de algunas cosas en los textos, pero en los gráficos se podía burlar a la censura».

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«Dante no vio nada y por eso pudo escribir sus patéticas páginas del infierno. Yo sí he visto Dachau y quizá por eso no sepa escribirlo». Pero sí lo hizo, y de forma estremecedora, Carlos Sentís, uno de los once periodistas de distintos medios internacionales que visitaron el campo de concentración de Dachau una semana después de que lo «liberaran» las tropas estadounidenses.

Celebrado por su traducción de «If», de Rudyard Kipling, fue su amigo el también periodista Mourlane Michelena quien hizo fortuna con su expresión «¡Qué país, Miquelarena!». A Jacinto Miquelarena le dedica páginas conmovedoras el reportero de «La Vanguardia» Garcia-Planas en su libro «Como un ángel sin permiso», donde relata el suicidio del que fuera enviado especial de ABC al frente del Este en una estación de metro de París. Desde un lugar entre Lvov y Bialystok, escribió Miquelarena: «Estas tumbas de los muchachos de Alemania dan una impresión de descanso de verdad, en medio de los trigos, verdes todavía. Han muerto alegremente, en la guerra, con un fusil en la mano y una canción. En el casco de uno de estos caídos sus compañeros dejaron una flor. Está colocada como en el ojal de una solapa, en el orificio del balazo que le llevó a la muerte. Cuando la muerte llega así, limpiamente, a pleno sol, es como una rosa». Reuniría sus crónicas de la Segunda Guerra Mundial en un libro olvidado, pero que todavía se puede encontrar en librerías de viejo, «Un corresponal en la guerra».

Miguel Torres tuvo la fortuna de trabajar a las órdenes de Luis Calvo, «una figura irrepetible». Así le describió Manuel Vicent cuando le entrevistó, ya jubilado: «Luis Calvo me mira con esos ojos extremadamente vivos, un poco empañados de tinta. Hay que caerle bien. Es el secreto... Yo adoro a Luis Calvo». El entonces corresponsal en Londres terminó así su crónica del 11 de septiembre de 1940 en ABC, titulada «Noches trágicas», en que relata un feroz bombardeo de la aviación nazi sobre la capital británica: «me perseguía el estruendo del ‘pandemónium’ que se había adueñado del cielo y de las calles. Subí a mi piso, tomé un ‘whisky’, me eché en la cama, me taponé los oídos y caí dormido profundamente».