Las cuatro fechas

Por Zabala de la Serna

Escribir de la Feria de San Isidro desde la sima moral abierta en Sevilla se convierte en un doloroso ejercicio de rehabilitación de la esperanza perdida. Si ya de por sí mayo se presentaba como una pendiente de difícil acceso y digestión, el golpe ganadero perpetrado en la Maestranza ha sembrado de desencanto el corazón de la afición.

En Madrid el plantel ganadero es amplio y abierto. Figuran dos hierros clave, absurdamente ausentes de Sevilla, en el devenir de las últimas temporadas: Victoriano del Río y Núñez del Cuvillo. Saltará la liebre por donde menos se espere. El pasado año Peñajara dio la campanada. Esperemos que, aparte de que el nivel de casta se supere, también se lidie mejor. Y, por supuesto, que los éxitos de los toreros se multipliquen. No debería ser difícil puesto que el ciclo isidril murió en 2008 con su Puerta Grande cerrada por tercera vez desde su creación. Mas el quid de la cuestión reside en saber quién se encargará de hacer de ariete. La cartelería de San Isidro se sostiene sobre cuatro fechas, cinco a lo sumo si contamos la efemérides del 50 aniversario de la confirmación de Curro Romero, de rango mayor. Los abonados no han encajado aún este golpe bajo, y mucho menos en tiempos de crisis. El invento del Aniversario parchea en algo la pobre isidrada. Y ni siquiera con la categoría de años anteriores. Las ausencias, por hache o por be, de Enrique Ponce y José Tomás, que se entretuvo en cortar siete orejas en dos tardes, pesan demasiado con el paisaje de fondo de un inmenso mar de combinaciones de presupuesto mínimo: en los mentideros político taurinos de las noches del Foro se habla de una recogida inminente de Choperita hacia el Norte. Si se diese el caso, sería una ocasión de oro para revisar el pliego de condiciones. O el modelo de gestión.


De la Tierra de María Santísima sube con la aureola del toreo y albero en sus muñecas Morante de la Puebla, el gran triunfador moral de Abril. Y El Juli viene con la fuerza atronadora de una faena ninguneada con sordina por los sabios jurados hispalenses. «Reaparece» en el circuito grande Miguel Ángel Perera, fuera de Sevilla y Valencia. El Cid debería reencontrarse en esta «su» plaza, lanzadera de su carrera. Manzanares guarda un cañón en su fundón de espadas y clase en el esportón. Sebastián Castella vuelve por sus fueros a falta de un golpe con eco. Luis Bolívar aprieta, y Daniel Luque ha de prender su ascensión, y... Estiro las cuatro fechas, cinco a lo sumo, ya digo, porque la fe no da para más. Si yerro, que me las devuelvan. Como las cuatro plumas de Zoltan Korda.


La quinta, el aniversario de Romero, tal vez sea la más pura.Curro era, y es, mito. Un mito con historia, no una invención ni un capricho. A Curro se le había reservado desde su iluminación el pedestal de la mitología sin necesidad de morir. «Hay pueblos —escribió Umbral— de dioses y mitos aguerridos, indesmayables y musculados. Pero hay otros pueblos que se entregan a los dioses evanescentes, sufridores, débiles y poéticos…» Ése es Curro, que entronca con el lirismo, que provoca en los contadores de tauromaquias, en los escribidores de ferias, una fiebre, una inspiración, un sueño que hoy se ha evaporado. Y, ahora, la verónica, como el viejo coronel de García Márquez, no tiene quien le escriba. Sólo hay un capote capaz de despertar la onírica dormida y convertir el crepúsculo en amanecer. «El amanecer del toreo puro, casi siempre nublado por las nubes de lo falso, lo monótono, lo vulgar» (1959, Cañabate sobre Romero). Su dueño se llama Morante, un genio que ha encontrado su sitio.

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