Última revisión lunes 09 de enero de 2012
El luchador que se agotó
A Juan Andrés nada le paralizaba. Es el menor de cuatro y, desde muy joven, tuvo que ocuparse de sus hermanos a los que la vida no trató demasiado bien. El mayor tuvo un accidente con 25 años y quedó tetrapléjico, en silla de ruedas. Un duro golpe que afectó a toda la familia, incluidos sus padres, que murieron jóvenes, y a sus otros dos hermanos. Pero Juan Andrés se crecía antes las adversidades, se adaptaba: cuidó de su hermano hasta que murió, también de sus padres, se encargó del hijo de su hermana, que ahora tiene 21 años y de su propia familia: su mujer y sus dos hijos de 18 y 20 años. Hasta que la ansiedad le venció.
Nos cuenta que, en su caso, la respuesta de estrés y ansiedad vino provocada por otro revés de la vida, en este caso una operación de hernia discal que le afectó al nervio ciático y le dejó inmóviles los dos pies. «No era más grave ni más doloroso emocionalmente que otras situaciones que había sufrido anteriormente, con la diferencia de que antes las cosas les sucedían a los demás y mi papel era ayudar, y ahora me sucedían a mí», explica. Cualquier psiquiatra podría hacer un diagnóstico certero de trastorno de ansiedad ante este perfil, ya que es el pensamiento que más define al sujeto susceptible de padecerla: preocupado por su entorno, siempre en constante lucha y aparentemente invencible. Así, ante una situación que no parecía ser peor a otras que había vivido, Juan Andrés se vino abajo.
«Al principio, no tenía sensibilidad de cintura para abajo, luego poco a poco la fui recuperando pero los pies están totalmente laxos», explica. «Tuve que dejar de trabajar, tengo una minusvalía del 55%, y yo para eso no estaba preparado, llevo toda mi vida trabajando y me empecé a sentir completamente inútil», matiza. Sin duda, este es el caldo de cultivo perfecto para que anide la ansiedad.
Juan Andrés comenzó entonces a ir al psiquiatra y a medicarse frente a la ansiedad, pero, a día de hoy, reconoce que las crisis de angustia y los ataques de pánico no han desaparecido del todo.
«De repente exploté»
A Jesús Emilio la vida tampoco le ha dado nunca tregua. El primero de sus seis hijos nació con síndrome de Asperger, un trastorno severo de desarrollo integrado en los trastornos del espectro autista, y el quinto, Juan, tienen parálisis cerebral. «Partiendo de que la vida te cambia cuando tienes hijos, hay casos como el mío en el que la adaptación es más complicada», explica Jesús. Mientras hablamos, Juan, de 10 años, está cenando y podemos entender a lo que se refiere, es puro nervio. Jesús, con una templanza propia de santo, nos explica con un ejemplo que es para él la ansiedad: «Uno durante su vida tiene contacto con una serie de patógenos que te van generando defensas, pero de repente hay uno para el que no estás preparado».
Con una familia numerosa, y dos hijos con minusvalías graves, es fácil comprender como el día a día se convierte en un campo de batalla. Pero Jesús soportaba los envites de la vida con estoicismo y paciencia propios de su profesión de maestro. «Hasta que un día me tuve que enfrentar a un problema de intolerancia, falta de respeto y de responsabilidad por parte del centro en el que trataban al primero de mis hijos, y exploté», nos cuenta.
En ese momento apareció la primera reacción «desadaptativa» o ansiosa, en la que Jesús se vio desbordado por la situación y tuvo que acudir al psiquiatra y tomar ansiolíticos. En su caso, el proceso fue agudo e intenso, pero controlado y acotado en el tiempo, nunca lo ha vuelto a sufrir con tanta intensidad, aunque se haya tenido que seguir enfrentando a situaciones duras. Así es la ansiedad, sabes cuando está pero nunca cuando se va o porqué puede volver a aparecer. A Jesús la idea de medicarse no le convencía por lo que ha optado por los remedios naturales. Plantó melisa en su jardín y, todos los días, toma infusiones, ginseng natural y hace un poco de yoga. «Llevo desde el verano con esta rutina y ya no necesito la medicación, seguiré así se me va bien».
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