Última revisión lunes 18 de julio de 2011
Con 33 años, Antonio Torralba, entonces empleado de Renfe, tuvo que dejar de trabajar. La causa fue la artritis reumatoide, una enfermedad que tardó en dar la cara, o tal vez no supieron ver hace dos décadas. Fue a raíz de una fractura de menisco a los veinte años cuando sospecharon el diagnóstico. Durante los seis años previos, los dolores articulares que cambiaban de localización no bastaron para completar el puzzle. Hoy como máximo en seis meses se recibe el diagnóstico de esta patología que afecta a uno de cada 200 adultos, mujeres en el 70 por ciento de los casos. La rapidez es crucial y determina la evolución de la enfermedad, apunta José María Álvaro-Gracia, reumatólogo del Hospital Universitario La Princesa de Madrid. El tratamiento hay que iniciarlo cuanto antes, un retraso de seis meses ya supone un perjuicio para el paciente, insiste, porque se trata de una enfermedad crónica que va deformando las articulaciones y si progresa la destrucción es irreversible. Incluso la esperanza de vida puede verse afectada. Con un tratamiento precoz la posibilidad de que aparezcan deformidades son muy escasas.
Por eso uno de los objetivos de Antonio, hoy con 44 años y presidente de la Coordinadora Nacional de Artritis (www.conartritis. org), es dar a conocer esta patología, «porque el diagnóstico temprano supone una ventana de oportunidades para que el paciente mejore y no llegue a una situación como la mía», que se traduce en un 47 por ciento discapacidad y una incapacidad permanente para trabajar. Sin embargo, por el aspecto de Antonio no se deja entrever el diagnóstico. No es la primera vez que le hacen ese comentario. «Ésta es la enfermedad de la buena cara», dice riendo. Pero la procesión va por dentro: «Ahora sólo tardo media hora en levantarme», explica. Ese es el tiempo que sus articulaciones necesitan para ponerse en marcha. Antes le llevaba más del doble y muchas veces necesitaba ayuda. Incluso ducharse suponía un gran esfuerzo. Por ese mismo motivo, tuvo que dejar su trabajo como conductor de trenes. «Después de varias horas sentado, me quedaba entumecido, como por las mañanas».
Ayuda psicológica
Esa contradicción entre su aspecto saludable y las secuelas de la enfermedad genera mucha frustración, sobre todo en personas de reciente diagnóstico, «porque cambia toda tu vida y más si tienes que dejar el trabajo », dice. Y traza un perfil de los pacientes que se acercan a la asociación: «mujer, trabajadora fuera y dentro de casa, al cuidado de los niños. Con la artritis, que conlleva cansancio generalizado y un niño pequeño ve que no llega». El estado de ánimo cambia cuando un psicólogo te explica técnicas para afrontar el estrés y la ansiedad y para reconocer los síntomas de depresión. Para Antonio hubo un antes y un después del tratamiento biológico o inmunoterapia, común a las enfermedades autoinmunes, como es la artritis reumatoide. «Empiezas a dejar de tener limitaciones. No dependes tanto de terceras personas, te ves autónomo». Este tipo de terapias no son las de elección para todo el mundo, aclara Álvaro-Gracia. Hay una gradación en el tratamiento que va desde los antiinflamatorios y los corticoides a los fármacos antirreumáticos modificadores de la enfermedad (FAME). Cuando con éstos no se obtiene la respuesta adecuada, se recurre a los denominados FAME «biológicos». La artritis no tiene cura pero un tratamiento adecuado por el reumatólogo minimiza las consecuencias, de ahí la importancia de que se derive cuanto antes desde Atención Primaria. La disciplina a la hora de seguir el tratamiento es fundamental, asegura Antonio Torralba por experiencia.
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Edilberto Fernández, Jefe clínico de Urología del hospital San Rafael de Madrid.