HÍGADO GRASO

El hígado graso aumenta por sí solo el riesgo de sufrir un infarto o un ictus

Los pacientes con hígado graso tienen un riesgo significativamente mayor de aterosclerosis aunque no padezcan obesidad, hipertensión arterial o diabetes tipo 2

El 70-90% de los pacientes con obesidad padece hígado graso
El 70-90% de los pacientes con obesidad padece hígado graso - ARCHIVO

La esteatosis hepática no alcohólica, también conocida como ‘hígado graso’, constituye la enfermedad hepática más común el todo el mundo. No en vano, afecta a un 30% de la población general y a hasta un 70-90% de las personas con obesidad o diabetes tipo 2. Un aspecto a tener muy en cuenta dado que, como muestra un nuevo estudio dirigido por investigadores de la Universidad Pierre y Marie Curie en París (Francia), el hígado graso es, por sí solo y con independencia de las posibles causas que causan su aparición –caso de las referidas obesidad y diabetes tipo 2 y de la hipertensión arterial– un factor de riesgo de desarrollo de aterosclerosis y, por tanto, de mortalidad cardiovascular. Tal es así que, en opinión de los autores, debe requerirse un seguimiento estricto de la salud cardiovascular y de las posibles complicaciones metabólicas de los pacientes con esta enfermedad.

Como explica Raluca Pais, directora de esta investigación publicada en la revista «Journal of Hepatology», «nuestros resultados indican que el hígado graso e inflamado expresa distintos factores proinflamatorios y procoagulantes, así como genes implicados en una aterogénesis acelerada. Por tanto, hay una mayor probabilidad de que la relación entre el hígado graso y la mortalidad cardiovascular no se deba simplemente a los factores de riesgo subyacentes comunes a ambas enfermedades, sino que realmente se explique porque este hígado graso contribuye de forma independiente al incremento de este riesgo».

Mayor mortalidad CV

Para llevar a cabo el estudio, los investigadores analizaron los historiales médicos de 5.671 pacientes que se habían sometido a una ecografía para medir el grosor de la íntima-media carotidea de sus arterias carótidas –los vasos sanguíneos que, localizados en el cuello, portan la sangre a la cara y al cerebro– entre los años 1995 y 2012.

Los resultados mostraron que el hígado graso se asoció con un mayor grosor de la íntima-media carotidea –es decir, con un mayor grosor de las paredes de las arterias carotideas, lo que alerta de la deposición de placas en los vasos, o lo que es lo mismo, de la presencia de aterosclerosis– que la diabetes y la dislipemia.

Es más; el seguimiento durante ocho años de 1.872 pacientes con hígado graso confirmó que, con independencia de otros factores de riesgo cardiovascular –entre otros, la edad, el sexo, el tabaquismo o la presencia de diabetes tipo 2–, la enfermedad se asoció con un mayor riesgo de placas de ateroma en las arterias carótidas.

El hígado graso contribuye de forma independiente al incremento de la mortalidad cardiovascularRaluca Pais

Como indica Raluca Pais, «los resultados también mostraron que los pacientes con esteatosis hepática no alcohólica pero sin sobrepeso, diabetes tipo 2 o hipertensión arterial también tenían un mayor riesgo de complicaciones cardiovasculares y metabólicas que aquellos sin la enfermedad. Unos resultados que alertan de que el hígado graso es, por sí solo, un precursor del síndrome metabólico. Por tanto, el diagnóstico del hígado graso es extremadamente importante».

Control más exhaustivo

En definitiva, como apuntan los autores, «en pacientes con síndrome metabólico y riesgo cardiovascular, la esteatosis hepática no alcohólica contribuye al desarrollo precoz de la aterosclerosis y su progresión con independencia de otros factores de riesgo cardiovascular tradicionales».

Tal es así que, como refiere Raluca Pais, «el abordaje clínico de la esteatosis hepática no alcohólica debe contemplar una monitorización estricta de la enfermedad cardiovascular y de las complicaciones metabólicas».

Por tanto, como concluye Leon Adams, de la Universidad de Australia Occidental en Crawley (Australia), en un editorial en el mismo número de la revista, «los médicos deben ser conscientes del aumento del riesgo cardiovascular en los pacientes con hígado graso y, consecuentemente, evaluar la posible presencia de factores de riesgo cardiovascular convencionales y calcular el riesgo para valorar la posible administración de tratamientos farmacológicos preventivos, caso de las estatinas».

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