Ignacio Ruiz Quintano

La humildad del Madrid

Ignacio Ruiz-Quintano
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Si será humilde el Madrid que, pudiendo perder en Bilbao, ganó. Y con todo en contra. Lo primero, la hora. Con lo bien que se come en Bilbao (¡pichones de Zuloaga!), no se puede poner un partido a la hora de la siesta, un vicio, por otra parte, del carácter español, detalle que debe de habérseles escapado a los nacionalistas del lugar.

El nacionalismo catalán, que cree que la historia es diseño, convocó para un 12 de octubre una «Siesta por la Independencia» («Al sofá, sense desplaçaments, o al llit: pack pijama més orinal estelats»). No es la Declaración de Jefferson («The unanimous declaration of the thirteen united States of America»), pero tampoco L’Esquirol, en la comarca de Osona, es Filadelfia, y aquí estamos. El nacionalismo no quería verse mezclado en el descubrimiento de América, riesgo que ciertamente no corre, y se agarró a la siesta, que mantiene el prestigio de la españolada. Por no saber, los nacionalistas catalanes ni siquiera saben que el secreto del nacionalismo está en el despertar. «Deutschland, erwache!»

«Pensando en Múnich, Zidane escondió a Modric y a Cristiano, pero todos sabemos que en esta eliminatoria la llave del calabozo la tiene Casemiro»

Para despertarnos (de la siesta), precisamente, la TV decidió amenizarnos el partido de San Mamés con Valdano y Segurola, lo más granado (o purpurado) del clero futbolero, que es un clero socialdemócrata «ad nauseam», y la sensación era estar viendo el partido en un curato gallego de los que habla Camba, pero en sobremesa con el Papa argentino y un obispo de Bilbao después de haberse metido entre pecho y espalda una bandada de pichones de Tierra de Campos estofados. La inane doctrina del lugarcomunismo al servicio de la nada, pues hasta Guardiola le ha dicho a su biógrafo (y su biógrafo se lo ha ratificado a Jorge Sanz Casillas) que el tiquitaca (invento de Marcel Domingo para los entrenamientos, de donde lo tomó Luis Aragonés, que fue quien lo puso en marcha con España como último recurso para una generación de enanos) «es una mierda», cosa que todos vimos desde el principio, aunque muy pocos se atrevieron a gritar que el rey iba desnudo.

De la religión (una religión es una secta con poder político, y aquí estaban todos: Pep, Zetapep, Roures, Valdano, el marqués de salmantino luto…) del tiquitaca ya sólo queda el clero, cuyos popes se dedican ahora a jerigoncear sobre el fútbol del Madrid, que es el club que, como Alberti decía del ABC, otorga la inmortalidad.

Si quitabas el sonido (¡fútbol de pecera!), el Athletic-Real era un hermoso teatrillo de sombras chinescas, con Lecue hecho un Chechu Rojo del centro, Raúl García hecho un Julio Prieto del terrazo («competitividad», para los comentaristas) y Navas hecho, otra vez, un «My Keylor is rich», después del Arconada que se marcó en el gol del Betis en el Bernabéu. Enfrente estaba Arrizabalaga, a quien los cronistas, por esas cosas de la ley de la pereza cósmica, prefieren llamar Kepa, privándole del respeto de ese chorro de piedras que supone su apellido. No es lo mismo hacerle un gol a un tío que atiende por Kepa que a otro que lleva escrito en la espalda «Arrizabalaga».

El tío del partido fue Casemiro. Del partido y del zidanismo, pero a Casemiro le pasa lo que a Castillejo, el mejor boxeador español de la historia, que carece de percha literaria. A Casemiro lo trajo Mourinho, que mediáticamente resta. Y es feo (parece un nieto de Claude Atkins, el camionero de «Movin’ On»). De su parte, entre los cronistas, sólo ha tenido a Hughes, porque los demás estaban vendiendo llaveros de Isco. Pensando en Múnich, Zidane, que teme a Ancelotti, escondió en Bilbao a Modric y a Cristiano, pero todos sabemos que en esta eliminatoria la llave del calabozo la tiene Casemiro.

Del Bosque, culé

El marqués de Del Bosque, que entrenó en Turquía y, sin embargo, niega la contribución del simpático Aytekin en la clasificación del Barça en Champions, ha recibido un premio que la Generalidad de Puigdemont le concede por su «labor de promoción de Cataluña» en el mundo cuando era seleccionador español. El acontecimiento tiene contrariado al piperío madridista, que no entiende que el hombre que ahorraba dinero al club recorriendo las instalaciones de la Ciudad Deportiva de Bernabéu para apagar las bombillas que los jugadores se dejaban encendidas rechazara públicamente la Medalla de Oro del Real Madrid con el pretexto de que «uno tiene sus rarezas», como si fuera la muchacha rubia de Eça de Queiroz. Seguro que el piperío tampoco ha oído hablar nunca de Antonio Pérez.

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