El día que nos robaron el mando

El reportero gráfico Víctor López reclama «rigor» frente a la «banalización» del periodismo en televisión en un libro de «conversaciones con maestros»

Víctor Reyes
Víctor Reyes - ABC
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Decía el maestro Manu Leguineche que los periodistas escriben libros porque no están contentos. Así nació «El día que nos robaron el mando. Conversaciones sobre la crisis del periodismo en televisión», título muy explícito del reportero gráfico Víctor López (La Coruña, 1979). A lo largo de más de 15 años con la cámara a cuestas ha comprobado que el periodismo televisivo se iba pervirtiendo hacia un modelo en el que el envoltorio prima sobre el fondo y el espectáculo sobre el rigor informativo.

Decidió llamar a maestros comoRosa María Calaf, Vicente Romero o Diego Carcedo para ver si estaba equivocado, y le llevaron a una clara conclusión: la televisión pasa por horas bajas, una crisis de la que son responsables los empresarios, los trabajadores audiovisuales, las universidades y los espectadores. «Se está haciendo periodismo con miedo y con falta de rigor», asegura a ABC, «con listas de palabras prohibidas para tratar una determinada información».

Sus entrevistados le confirman que el lugar del rigor lo ha ocupado lo banal y la espectacularización, «desde el reportero que se pone un casco o una máscara antigás para un directo y se lo quita en cuanto termina la conexión hasta el que finge una agresión para poder ir a plató a contarlo».

Este libro es un grito de auxilio para recuperar el mando de la pequeña pantalla con valores como «el rigor, la calidad y la responsabilidad», que no parecen pesar demasiado en las nuevas generaciones de reporteros. «Llegan peor preparados que antes y muchos están dispuestos a todo por salir en televisión, desde no cobrar hasta incluso manipular y mentir en sus informaciones», relata el reportero. «Confunden fama con prestigio y terminan en la frivolidad del periodista-protagonista, más preocupados por que los vean en su casa con su barba recortada que por contar lo que ocurre en el mundo, la motivación que tenían los periodistas cuando yo empecé a trabajar, y no hace tanto de eso».

De esta situación se aprovechan las televisiones, «que son audiencia por encima de todo». Se busca a la chica guapa, casi modelos, la forma primando sobre el fondo. Para buscar la esencia, el autor se presentó con un amigo en casa del citado Leguineche, en Brihuega (Guadalajara). El «jefe de la tribu» ya había perdido el habla, pero tenía plena la consciencia y se emocionaba escuchando por qué dos jóvenes reporteros lo admiraban tanto. Les enseñó periodismo con la mirada y hasta con el whisky que compartieron. «Hoy hay gente haciendo televisión que no sabe quién es Leguineche», lamenta Víctor López.

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