El reencuentro de «OT», una ilusión óptica, mucho «desafine» y el estrellato de Bisbal

La cobra de Bisbal y Chenoa acaparó la atención mediática del concierto

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La cobra se ha llevado toda la atención del reencuentro de «OT». Técnicamente no lo fue. Se ha aportado una toma que aclara la cuestión. Ya habían terciado los de Podemos, que lo consideraban desprecio a la mujer. Pues anda que no me han hecho a mí cobras…

Para que haya cobra, el movimiento serpenteante ha de darlo el que rechaza, y Bisbal estuvo en su sitio. Con esta injusta polémica se silencia todo lo demás. Por ejemplo, lo que Bisbal hizo realmente con Chenoa. Ella venía de cantar «Atrévete». Era una mujer «empoderada», que dirían las ínclitas. «Ven y atrévete, conquístame». Todo imperativos. Pero fue llegar Bisbal y Chenoa se hizo niña. Bisbal pudo cantar lo que Álex en «Dos hombres y un destino»: «Cuando está conmigo es niña otra vez...».

Bisbal demostró ser una estrella. Cuando canta estira un brazo como Zeus parando un rayo. Brilló su dúo con Rosa. Sonó un pequeño «tumbao» y era mejor que Marc Anthony. Ahí, feliz, dio su vuelta bisbaliana de 360º. El artista sí es intemporal.

Podríamos decir que son Bisbal y catorce mas, si no fuera por el baladista Bustamante, que con una neumonía encima y fuera de forma (aunque no tan fuera de forma como Manu Tenorio), defendió como un titán el «Vivo por ella» con Gisela y el inolvidable e importantísimo «Dos hombres y un destino» con Álex Casademunt, el Joey Bishop de la Academia.

El concierto había comenzado con ellas cantando «Lady Marmalade». Iban vestidas muy mal. Parecía eso el serrallo de un oligarca letón. En general, ellas se mueven en una paleta sexy rara que va del «burlesque» a Disney.

Luego salieron ellos para interpretar el «Corazón Espinado». Ahí vimos por primera vez a Javián con el ojo pintado. Le tocó cantar el verso «cómo me duele el olvido». Se ha hecho heavy. Te lo imaginas asaltando un karaoke como un Ángel del Infierno una gasolinera.

La gala fue de menos a más. Empezaron con Alejandro Parreño y su gorrito de tío de Amaral. Atrapado en algún momento de los 90, a Parreño le gusta el rock, lo dice siempre. Sonó una guitarra y se tiró al suelo sacando la lengua como una posesa. También quiso dialogar con el Sant Jordi:

-¡Vamos!

-…

-¡Ahora vosotros!

-...

Verónica lo presentó así: «No es un supermúsico, pero tiene una sonrisa que enamora». Peor fue Juan Camus. El sindicalista de «OT», la cara del fracaso, no se quitó la gorra. Le sentaron en un taburete como si tuviera la movilidad reducida y perpetró «Your song». No se descartan acciones legales de Elton John. Camus no solo no canta, interpreta las canciones como Julie Andrews. Suelta risitas y pone cara de sorpresa. Hubo algún abucheo, pero no se arredró. De lejos parecía un doble de George Michael para escenas de suicidio desde lo alto del Big Ben. Nos quejamos del «brexit», pero son ellos los que reciben a los Juan Camus de Europa. Con todo, tiene algo magnético. No debería irse de nuestras vidas.

Más agradable fue el regreso de Fórmula Abierta, con su fenomenal y veraniego «Te quiero más». Estaba Geno, que parecía Letizia, y Mireia, que (hay que repetirlo) es un caso único de invisibilidad. Javián cantó después «Cómo quisiera poder vivir sin aire», muy apropiado para las dificultades canoras. A nivel «bucal», que diría Paz Padilla, la noche fue difícil. Los desafines eran chirriantes y terroríficos. Cantó Naím, esa pequeño ser funky y Vero, una mezcla entre Ana Torroja y Nina vestida como una profesora de spinning drag queen. Tras la apoteosis de «Escondidos», el crescendo: «Europe’s living», con Bisbal y Busta de coristas de Rosa, y luego el«Mi música es tu voz». Ahí, o se lloraba o se cantaba.

Bisbal está para el mundo global, y nosotros sentimos (por eso la ilusión óptica de la cobra) que nos hemos quedado un poco como el resto.

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