Manuel Campo Vidal: «Negarse hoy a participar en un debate electoral tiene un alto precio político»

El presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión publica «La cara oculta de los debates electorales», en el que realiza un exahustivo análisis del género que irrumpió en España en 1993

Debate electoral entre Felipe González y José María Aznar moderado por Manuel Campo Vidal
Debate electoral entre Felipe González y José María Aznar moderado por Manuel Campo Vidal
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Tuvieron que pasar casi veinte años desde la muerte de Franco para que los debates electorales llegaran a nuestra televisión. El género había irrumpido con fuerza en EE.UU. treinta años antes, en 1960, con un cara a cara entre Richard Nixon y John F. Kennedy que, sin duda, cambió para siempre la historia del medio. Aquel careo, del que un joven Kennedy salió triunfante, inspiró de tal forma al periodismo que hoy, seis décadas después, el debate electoral se antoja como pieza clave en la estrategia electoral de cualquier partido político.

Aquel primer encuentro que los americanos ya habían visto en blanco y negro llegó a España en 1993 protagonizado por Felipe González, entonces presidente del Gobierno, y José María Aznar, candidato del Partido Popular. Fue un tenso debate, sobre todo en sus minutos finales, que moderó el presidente de la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión, Manuel Campo Vidal (Huesca, 1951). Aquel 24 de mayo el periodista se vio en el aprieto de decidir qué candidato hacía uso del minuto final, que correspondió a González. Más de veinte años después de aquello, Campo Vidal narra en «La cara oculta de los debates electorales» (Arpa Editores) los entresijos de un formato capaz de demostrar, en pocos minutos, el poder de la televisión, así como las luces y las sobras de cualquier candidato a la presidencia.

¿Cómo ha cambiado el debate electoral en España desde aquel primer encuentro entre Felipe González y José María Aznar?

El género ha cambiado para bien en el sentido de que, a día de hoy, los asesores políticos de los candidatos se lo toman mucho más en serio y convencidos de que, una vez comienza la campaña electoral, tendrán que participar en algún debate, algo que no siempre ha sucedido.

De tantos debates que ha arbitrado, ¿se quedaría con alguno en particular?

Sin duda alguna, con el primero. Creo que el primer debate entre Felipe González y José María Aznar en 1993 se convirtió en todo un referente en España, pues jamás se había hecho algo de tales características.

¿Cómo fueron las negociaciones previas a aquel primer cara a cara?

Fueron las más duras. De hecho, cuando comenzó la emisión, entramos a plató sin haber llegado a un acuerdo sobre quién tomaría la palabra durante el último minuto. Me correspondío tomar aquella decisión y opté por que lo hiciera Felipe González, ya que él era entonces el presidente del Gobierno. Aquello generó una fuerte tensión entre ambos en los minutos finales que, además, me afectó a directamente. Ante el desacuerdo inicial de los partidos, tuve que decidirme por uno de los candidatos con los riesgos que aquello conllevaba. Cuando decidí que hablara González en último lugar, lo hice con la garantía de que no haría ninguna referencia al otro candidato (Aznar) ni a su partido pues, de lo contrario, abriría de nuevo el debate hasta que se cerrara de forma neutral. Esto último no fue necesario, pues González fue respetuoso durante su último alegato.

Y José María Aznar, ¿se tomó bien la decisión?

Me dijo que, si esa era mi elección, «allá tú». Han pasado muchos años desde aquello y no me ha pasado nada (bromea el periodista). El otro día, de hecho, tuve la oportunidad de entrevistarle y tuvimos un encuentro muy cordial.

Cuenta en su libro que, al principio, los políticos tenían cierto recelo a aparecer en televisión, algo que heradaban de la etapa del franquismo. ¿Han perdido ese miedo?

No lo han perdido y hacen bien. A la televisión no hay que tenerle miedo, pero sí mucho respeto. Es un medio de comunicación muy influyente pues muestra la realidad tal y como es. En un debate el candidato habla, pero también vemos sus gestos, su comunicación no verbal... todo queda a la vista, de ahí que los políticos sientan respeto. Y hacen bien.

¿Cree que hoy hay demasiadas tertulias y políticos en nuestra programación?

Lo que verdaderamente me sorprende es que haya tantos periodistas adoptando decisiones políticas en televisión. Me gustaría, sin duda, ver a más políticos en televisión y a menos periodistas que representen a políticos.

Se habla poco de la labor de organización de un debate electoral televisado. ¿Es una tarea compleja?

Mucho. Es crucial generar confianza a la hora de planear un debate de estas características. Si el candidato no tiene confianza en uno mismo, en la Academia de Televisión, en el moderador o en el realizador, el debate no irá bien. No solo se trata de organizar el formato a nivel técnico.

¿Cuánto puede durar la negociación de un debate?

Suelen ser largas. Los equipos electorales se temen los unos a los otros e intentan dejar cualquier aspecto perfectamente amarrado. No recuerdo una negociación corta en un debate en España. Todas han durado horas y, en algunos casos, días. El último debate a cuatro se negoció en tres sesiones de, aproximadamente, entre tres y cuatro horas cada una.

Arbitrar un debate electoral le deja expuesto a todo tipo de críticas. ¿Cuáles han sido las peores que ha tenido que escuchar?

Uno ya sabe que cuando modera un debate y tiene la suerte de que los partidos le aceptan en tal puesto recibirá muchas críticas antes, incluso, de que se emita el programa. Además, en la percepción popular siempre hay un candidato que gana y otro que no así que, al término del debate, los partidarios del que no ha ganado suelen echar la culpa al árbitro. Todo eso sin contar que, como es lógico, durante el debate se cometen errores, ya que nadie es perfecto. Es algo con lo que cuento, quien no quiera sufrir críticas ni presiones no debe participar en esto.

Fue criticado tras el cara a cara entre Mariano Rajoy y Pedro Sáchez y en el que este último se mostró bastante agresivo con el presidente

Tras aquel debate hubo miembros del Partido Popular que vieron mal que no recriminara a Pedro Sánchez sus palabras. Hubo otros, como Ana Pastor, que consideraron que mi actuación había sido correcta y que no debía de criticarse en público.

¿De qué manera cree que el debate electoral influye en el voto ciudadano?

Influye mucho. Hay gente que, tras el debate, toma la decisión de votar a uno u otro candidato. Al fin y al cabo, un debate electoral es como un proceso de selección de personal tras el que decides contratar a alguien. Los debates, además, influyen en la participación y ayudan a marcar algunos liderazgos o, cómo no, a deteriorar otros.

¿Hay alguna característica del género que deberían introducir nuestros debates?

En algunos países los debates están regulados por ley, algo que aquí no pasa. En España hay que pelear los debates en cada campaña aunque, todo hay que decirlo, los equipos políticos están cada vez más dispuestos a ello. Negarse hoy a un debate tiene un alto precio político que hay que pagar. Por mi parte, aceptaría que los debates se regularan por ley y tengo la impresión de que, en los próximos meses, se darán pasos serios en esta dirección.

¿Se queda con alguna anécdota de todos estos años?

¡Una o mil! Por ejemplo, cuando Manuel Fraga me pidió que moderara en gallego. Él quería hacer un debate en la televisión privada y exigió, con razón, que ya que estábamos en la comunidad autónoma gallega, se hablara en su lengua. Fue una imposición que me pareció razonable, así que aprendí a hablarlo, no quería perderme aquel debate solo por no saber hablar gallego. Salimos de aquello como pudimos.

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