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First Dates

Las tres «aficiones» del «casi estudiante» de «First Dates»

Alberto es un joven malagueño que quería llegar a San Valentín emparejado, pero finalmente no ha podido ser

CUATRO
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First Dates estrena la semana de San Valentín, la semana del amor, los corazones, las cajas de bombones y las cenas románticas. Los solteros de este país se agolpan frente a las puertas del restaurante del amor para llegar emparejados al 14 de febrero. Como siempre pasa en el programa capitaneado por Carlos Sobera, no todos lo consiguen y siempre hay quien se marcha a su casa tan sólo como llegó.

Pronto empezó el desfile de personajes con ganas de enamorarse. Alberto, un malagueño de 18 años y con su pelo color chicle, se define como un «casi estudiante» con tres aficiones: comer, dormir y quejarse. Estereotipo de millenial, el malagueño se sentó a cenar con Pablo, de su misma ciudad pero seis años mayor que él, una ciudad que puede suponer una diferencia insalvable. Aunque cordial y distendida, no acabó de verse la chispa del amor.

En algunos puntos sí que coincidieron, uno de ellos fue su pasión por el reggaeton que, en palabras de Alberto, «une gentes, culturas, religiones...Es un fenómeno universal». Tanto no debe de unir la música latina, porque ni el uno ni el otro quisieron volver a verse, aunque el del pelo chicle tuvo la deferencia de usar la manida coletilla de «tendría una segunda cita, pero como amigos».

Mónica y Pascual fueron otra de las parejas de la noche. Tuvo buen ojo el equipo de First Dates a la hora de sentar a cenar juntos a esta pareja de apasionados de las motos. El mundo motero es muy peculiar, con sus códigos y sus costumbres muy arraigadas, que tanto Mónica como Pascual comparten. Ella malagueña y él de Almería, la distancia no supone un obstáculo para los fanáticos de las dos ruedas.

De entrada, las motos sirvieron para empezar a conocerse, y a partir de ahí fueron descubriendo muchos más parecidos. Desde el primer minuto se notó la complicidad entre los dos andaluces, que no pararon de reírse y de echarse miraditas cargadas de fuego. Finalmente, los dos moteros decidieron darse una segunda oportunidad y recorrer juntos sobre dos ruedas las carreteras españolas.