Hughes

¿Qué le falta a «Mad in Spain» para triunfar?

El programa de tertulias de Telecinco no llegó al 10% de audiencia. Hughes analiza los puntos fuertes y débiles de este formato veraniego heredero de «Moros y cristianos»

«Made in Spain»
«Made in Spain» - TELECINCO
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«Mad in Spain» no levanta cabeza. Menos de un 10% de audiencia el domingo, y eso que llevaron a Terelu en plan tertuliana del Estado de Derecho. «Siempre es malo generalizar y siempre es malo radicalizar», decía tan pancha. Nada nuevo. En su condición de contribuyente heterosexual, mitad señor, mitad correcaminos, quizás sea el cantante Francisco lo más destacado. Es de un derechismo más seco que Bertín Osborne, menos elitista y del cogollito, menos «bienqueda». Su elocuencia derechil suena prometedora y cuando se le une Carlos Lozano se percibe potencial.

Pero a «Mad in Spain» le sigue faltando algo. Se queda a medio camino del «Sálvame» y las tertulias. Un guirigay muy confuso que al rato marea. No se sabe a qué portería chutan. Es un todos contra todos soltando lugares comunes a quemarropa. ¿Qué le falta? Puede que los partidos políticos. Sus consignas. Lo que compacta una buena tertulia. Ahora es un limbo de seres entre el colaborador y el tertuliano.

Del fin de semana mejor quedarse con la entrevista de Jorge Javier Vázquez a Jesús Mariñas. Una conversación estupenda que casi arruinan los colaboradores. Lydia Lozano, por ejemplo, que pregunta siempre lo que acaban de contestar igual que una tía abuela sorda.

La leyenda urbana del SIDA de Mariñas («Esa enfermedad», que diría Rosa Benito) es como aquello del Caso Arny, una gran descripción de la reciente barbarie del español.

Habló de su vida y de su muerte. Un poco automoribundia fue. «Lo muero así», dijo. El tono recordaba eso de Montaigne: «No queremos nada libremente, nada absolutamente, nada constantemente».

El periodista aplicó al relato de su vida un sentimentalismo mínimo. Se dedicó su misma mirada profesional. No lloriqueó, no pasó facturas. La entrevista se detuvo en las imágenes de la despedida de «¡Qué tiempo tan feliz!». Esa tarde rompió a llorar y en sus lágrimas había emoción pero también, si uno se fijaba bien, un espanto considerable. Se despedía el último magacín-residencia. J.J. Vázquez le preguntó:

–¿Qué pensabas?

–En el porvenir

–¿Y qué veías en el porvenir?

–No veía nada. Ni para ella (María Teresa Campos) ni para ninguno de los que estábamos allí.

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