Operación Triunfo

La juventud viene cantando fuerte

En Operación Triunfo buscamos la misma pureza de aquellos jóvenes que eran Bisbal o Rosa o Bustamante antes de pulirse

Un momento de la primera gala del retorno de Operación Triunfo
Un momento de la primera gala del retorno de Operación Triunfo - TVE
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En Operación Triunfo buscamos la misma pureza de aquellos jóvenes que eran Bisbal o Rosa o Bustamante antes de pulirse, si es que alguna vez terminaron de ser pulidos.

En las imágenes del casting buscábamos al albañil, pero ya no hay obra.

Buscamos a la chica que llega del pueblo, pero ya casi no hay

pueblos.

Buscamos al joven que al ser elegido se acuerde de «máma y pápa», con los acentos en la primera a. Y eso es eterno. Eso sí lo vimos.

Se trataba de evitar que aparecieran en OT los tróspidos o concursantes maleados en la infinidad de talent shows que ocupan las televisiones, y eso lo ha evitado la productora con una buena selección de los aspirantes. Son muy jóvenes, casi todos con 18 años.

Los concursantes tienen variedad suficiente. Cada uno puede elegir el suyo.

Hay una chica, Miriam, que es como la nueva Chenoa. «Tienes mucha personalidad». Tiene el ethos Malú. Canta al corazón eterno de la treintañera.

Hay un chico que se llama Agoney y que se desgañitó de tal forma con Prince que se le vio la vena del cuello desde la cámara de la grúa. Le da todo igual, es un torrente laringológico. Estos chicos son, exactamente, hijos de OT. Cantan y gritan como si todo hubiera empezado en aquellos ídolos. Siempre en la delgada línea que separa el Triunfo televisivo de la orquesta de pueblo.

Está Aitana, gritona y tan dulce como una Ariana Grande. Alfred canta y toca el trombón (puede que algunos espectadores vieran por primera vez un trombón). El chico es tan majo y educado que parece ciego sin serlo (quizás por eso cantó por Ray Charles). Hay un chico gallego que se hace llamar Cepeda que es ingeniero industrial pero se ganaba la vida de voluntario de ONG. Intentó algo meritorio entre Alejando Sanz y el reggaetón. También era claramente heterosexual, como de cuota.

La necesaria parte flamenquita la cubre Mireya, peluquera, maquilladora, modelo, miss y además cantante de coplas. «Suenas antigua», le dijeron los del jurado.

Raoul es rubio y Disney y trabajaba de botones-cantante. Hay otro chico, Mario, que es bailarín y cantante aspiracional pero que en realidad lo que quiere es ser presentador. Hay bastante artista multidisciplinar.

Y Juan Antonio, un muchacho de una nobleza impactante que cantó a Pablo Alborán medio tono por encima como quien va a correr los cien metros y se equivoca de calle. «A veces hago movimientos raros en el escenario», amenazó.

Todos estos concursantes tienen en común el ser «apadrinables» más que seguibles.

En la Academia quizás deban meter también a Roberto Leal, el presentador, que estuvo nervioso y algo falto de dominio. «Cuanto antes te quites el palo del traje, pues mejor», le aconsejó Rosa, toda pómulos y poderío.

Rosa de España –quizás Rosa de España Federal-- estuvo imperial. Habló muy bien, quizás porque ahora la entendemos. Lleva consigo El Espíritu. Tuvo para todos, hasta del fotógrafo se acordó.

«Somos ídolos de Mónica», le dijo a la Naranjo. Rosa es una nueva Carmen Sevilla y convirtió el ser ídolo en una genialidad invertida y recíproca. Claro que «somos ídolos de Mónica». Hizo de madre de artistas, comprensiva y experta. Extrasensorial. Ella decía «tú has nacido artista», y advertía (ella, precisamente ella) sobre los problemas del ego.

El papel de Risto lo hace Joe Pérez-Orive, del Live Nation BCN (que no es otro ente nacionalista sino un festival). Hace de malo pero es un Risto light que dice con suavidad cosas como «liberar el espíritu» o «tienes la voz rugosa». También está Manuel Martos --hijo de Raphael-- que verdaderamente es clavado a Antonio David.

Un comentario merece el ballet. Mujeres «curvy» que parecen sacadas de un video de Nicky Minaj. Como si lo mejor del viejo Telecinco hubiese decidido actualizarse en TVE con la forma de «street dance». Lo nunca visto. Estábamos acostumbrados a los ballets de tobillo grácil y hortera de las galas de Moreno (me doy cuenta de que es un sector minoritario el que repara en esos detalles).

Vimos también a los viejos miembros de la academia. Ellos han de tratar tanto diamante bruto. Manu Guix ahora nos parece como de la CUP, pero sigue siendo entrañable. Y a Noemí Galera, que tendrá que vérselas con las dotes maternales asfixiantes de Mónica Naranjo. Y el genial Guille Milkiway, que les dará historia musical, pues son de la generación de internet. Saben ser estrellas pero no saben de qué.

Cuando Rosa ganó en realidad más que ganar, o además de ganar, lo que hizo fue entrar en una lucha constante por pulirse. Ahí sigue. La dicción, el estilo, la figura. ¿No nos sentimos identificados? ¿Perderemos algún día el pelo de nuestra dehesa? De igual forma, los jóvenes de OT no aspiran a ganar. Y esto separa este programa del resto de talent shows. Solo quieren formación. «Que me expriman», «que me enseñen», «que saquen lo mejor de mi». ¡Qué juventud!

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