GH 18

La muerte de Gran Hermano

Pero OT ha resucitado, ¿quién puede asegurar que a GH no le queden vidas?

Hugo, ganador de GH 18
Hugo, ganador de GH 18
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La noche de este jueves Gran Hermano cerró su revolución, la decimoctava, concretamente. El uruguayo Hugo se llevó el maletín, por delante de su otrora amigo Rubén. Jorge Javier Vázquez cerró haciendo autocrítica una edición que pasó sin pena ni gloria, pero que alarmó por sus bajos datos de audiencia. Nuestros críticos Rosa Belmonte y Hughes repasan la trayectoria de este formato y su progresivo declive.

Rosa Belmonte: ¿Revolución o defunción?

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España destaca por su sistema de trasplantes, por no tener partidos de extrema derecha y por la longevidad de ‘Gran Hermano’. La que acabó anoche (GH Revolution) fue la edición 18. Desde el año 2000 ha habido además cinco programas VIP, un Reencuentro y una Re-Vuelta. Telecinco ha decidido no emitir de momento GH VIP. Los dos millones de espectadores en GH 17 (que ya eran bajos para la historia de un programa que empezó con más de ocho) han sido millón y medio esta temporada. Mejor recular. El agotamiento del reality es evidente y la Revolución más bien ha parecido Defunción.

Aunque GH desapareciera, lo sorprendente es lo que ha durado. Con un desgaste lógico, es el reality de más éxito en la historia de nuestra televisión. Pero ni siquiera un programa de éxito es eterno. Habría pasado también con Mercedes Milá. Jorge Javier Vázquez no es peor presentador. El tremendo fue Pepe Navarro (era como George Lazenby haciendo de James Bond), pero en aquella tercera edición GH gozaba de una salud tan buena que habría dado igual que lo condujera Cañita Brava al ritmo de ‘El fugitivo’.

Pero sí, Mercedes Milá es GH. Su entusiasmo juvenil es difícil de igualar, aunque le sobrara favoritismo e histrionismo. Como inquisidora ha sido extraordinaria, pese a preguntar a descerebrados. Yogi Berra decía que la liga infantil de béisbol era muy buena idea porque mantenía a los padres fuera de las calles. El mismo carácter profiláctico comparte GH desde su inicio. Aída Nízar o Mayte Galdeano encerradas. Pero hubo que soltarlas. Volviendo a Milá, nunca se puso límites a la hora de hacer lo que otros considerarían el ridículo. Pero si el casting no tiene interés, y nada sorprende porque lo hemos visto todo (¡hasta repiten chinos!), ya puede venir Mercedes.

Quizá se equivocaron con esa idea de meter 100 personas en el programa inicial (con un 16,2% de cuota, fue el peor estreno de la historia), pero al menos quisieron innovar. Es evidente que GH no ha funcionado, más allá de la audiencia, porque los otros programa de Telecinco no se han interesado. Ni siquiera ha molestado más allá de la utilización del presunto abuso sexual.

Pero OT ha resucitado, ¿quién puede asegurar que a GH no le queden vidas?

Hughes: En GH las cosas ya no se magnifican

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Los tiempos han cambiado mucho desde que empezó Gran Hermano. Era el primer reality y ahora los realities han llegado hasta la Casa Blanca.

El formato se generalizó en la televisión, sobre todo en Telecinco: Sálvame se convirtió en uno cotidiano, y los GH VIP o los Supervivientes además añadían famosos.

Pero GH era el genuino, era el original. Hasta que desde dentro empezaron a cambiarlo.

Lo del presentador fue definitivo, aunque no fuera lo único. Mercedes Milá era como la madre superiora en un hospicio de huérfanos. Algo se fue con ella. Jorge Javier es más frío, a veces distanciado, y esa sensación la reforzó el cambio en el plató: más oscuro, sin su habitual forma circular, menos cálido. Tampoco aparecen los ex, que eran como generaciones de antiguos alumnos, ni el “24horas”, que relajaba como mirar una pecera.

Telecinco fue quitándole cosas al concurso como matándolo poco a poco. A veces hasta pareció premeditado. Como la decisión de ir asfixiando un formato tan famoso como la cadena. No hay que olvidar que GH era un concurso. Los demás lo veíamos como un reality, pero sus seguidores lo miraban como un “talent show”. Valoraban el talento, la estrategia, lo miraban como una carrera de galgos en el canódromo de la “autenticidad”. Y no se puede cambiar de reglas un juego sin cambiarlo. Los fans ya veían desde hace tiempo un GH adulterado. Sin Mercedes Milá se fue el espíritu, la “filosofía”. Como una Clave sin Balbín, como un “Un, Dos, tres” sin Mayra.

Todo eso se esfumó, y ya solo quedaba “la casa” y darle la chapa al “Súper”, única cosa que no ha cambiado.

Pero no son solo los cambios desde dentro. Lo cierto es que el formato se ha quedado anticuado. La intimidad ya la compartimos casi todos, todos estamos en las pantallas contando nuestra vida. Hay vida en los whatsapp, vida en las redes. En realidad, meterse a GH es como meterse en un convento; el Gran Hermano lo tenemos ya fuera.

Antes, una temporada del programa dejaba media docena de momentos que bien mirado eran como “memes” que ahora tenemos todos los días en internet(escribo estas líneas el día del vídeo del “tipo fijo”).

Al estrenarse se hablaba con escándalo del sacrificio de la intimidad, pero el precio de esa “sustancia” ha cambiado, se ha devaluado. Aunque no fue tanto un espectáculo de intimidad como de vulgaridad. En un sentido amplio. Era un espectáculo de gente vulgar, gente “siendo ella misma”. Primaba la naturalidad y lo peor que le podían decir a un concursante era eso de “falso” o “estratega”. Aún recuerdo una nominación hace un par de años: “Fulanito no nos deja ser nosotros, no nos deja ser naturales, siempre nos dice que somos ejemplo para España... ¡pues nominao!”. No se trataba de ser ejemplar, sino de ser único.

Todos somos únicos. Todos “podemos dar mucho juego en esa casa”.

En GH siempre había un italiano, una gordita y un semental, y en los últimos años ganaba la víctima, el marginado. La persona que más sola se quedaba, siempre que tuviese razón. Así ganó ayer el uruguayo Hugo. El público de GH supo premiar al individuo frente al rebaño. En esto, GH conservó algo preciado y distinto a la sociedad española. Ahí había un valor que el concurso fue cultivando como un diamante: el que se quedaba aislado no era declarado loco, sino que se llevaba el maletín.

En la primera edición, cuando todos criticaban el programa como una aberración, Gustavo Bueno escribió sobre el formato con interés. Él tenía razón, nos ha dado bastante: “Nominado” merece una acepción propia en la RAE y “edredonin” debería entrar en el diccionario. ¿Lo admitirán los académicos? Quizás ya sea tarde.

El primer año vimos la inolvidable amistad de Israel e Iván, el “me voy a casar con ella”, o el “¿quién me pone la pierna encima?”, una frase que todos hemos utilizado alguna vez. La originalidad de la desesperación de Jorge Berrocal nos atrapó. Sus emociones eran puras, sus frases parecían versículos tronchantes. ¿Pero quién podría desesperarse así ya y encima en la tele? ¿No fue el primer “intenso”?

Vimos al Yoyas –que acabó en Ciudadanos--, a Arturo Pito-Duro, a Fresita y a su némesis Aída Nízar, al “Pa chulo, mi pirulo”, o Bea la Legionaria con su “Miami lo tengo yo aquí entre las piernas”. Es un buen ejemplo: Bea la Legionaria era como una Belén Esteban, ese era el espíritu, el material del que está hecha la bendita mala televisión, y ese tipo de concursantes ya no salen. Los jóvenes ahora son “tróspidos”. Han estudiado para tróspidos. Van preparados con un personaje que les valdría lo mismo para un “First Dates” que para “Mujeres y Hombres” y ya no les sale sincero lo de “vengo a vivir la experiencia” ni el “todo se magnifica”.

En GH las cosas ya no se magnifican.

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