CRÍTICA

«The Crown 2»: Los fantasmas de Felipe de Edimburgo

La nueva temporada profundiza en la vida del marido de Isabel II y las crisis matrimoniales de la real pareja de una forma sutil y elegante

«The Crown»
«The Crown» - NETFLIX
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La Reina de Inglaterra, Isabel II y su marido, el duque de Edimburgo, acaban de celebrar sus setenta años de matrimonio. Para los británicos son un ejemplo de lealtad y compromiso; una pareja práctica -se autodenomina a sí misma «The Firm» (la empresa)- que además comparten el mismo sentido del humor, según sus biógrafos. Sin embargo, la segunda temporada de «The Crown», que se estrenará el 8 de diciembre en Netflix, muestra que no siempre fue así. Los personajes interpretados por Claire Foy y Matt Smith -que también dio vida al Dr. Who, imposible ser más british- terminan los años cincuenta más distanciados que nunca en lo sentimental y con la crisis del Canal de Suez como telón de fondo político.

La reina Isabel, cada vez más desenvuelta en su papel de monarca -como Foy en el personaje-, se atreve incluso a advertir de que ya ha visto desfilar a varios políticos por Downing Street y ninguno había concluido su mandato. Pero su verdadera preocupación no está en los despachos, sino en su cama. El cruce de acusaciones entre los monarcas los primeros minutos del piloto sorprenden a cualquiera: «Un bochorno más, un escándalo más, y todo habrá acabado», afirma la Reina. «¡Soy el único británico que no puede poner su apellido a sus hijos!», reclama él en otra discusión. Esto cambió con una orden real dictada en 1960 que declaraba que sus descendientes masculinos que no llevasen el tratamiento de Alteza Real o el título de príncipe llevarían el apellido Mountbatten-Windsor (spoiler histórico).

Los rumores de infidelidad que siempre han acompañado al Príncipe Felipe se tratan aquí con esa sutileza dramática, inteligente y elegante que caracteriza el estilo del guionista Peter Morgan («The Queen»): nada se dice abiertamente, todo se entiende o sobreentiende a través de las imágenes. O de la actitud de su secretario y amigo íntimo, Mike Parker. «Te casaste con un espíritu libre, intentar domarlo es imposible», confiesa el conde Louis Mountbatten a la monarca. Además, la serie se adentra en la infancia del duque de Edimburgo, donde se concentran muchos de sus fantasmas: exiliado, con una familia a la que se asoció con el nazismo y una madre con esquizofrenia y sordera.

Otra fuente de preocupaciones de la reina es su hermana Margarita. Pese a renunciar a su compromiso con el coronel Townsend, el personaje interpretado por Vanessa Kirby sigue siendo, para muchos, una mujer demasiado adelantada a su época. En estos episodios conocerá al que fue su marido, el fotógrafo Antony Armstrong-Jones, aunque el matrimonio aquí aún es el cuento de princesas que era al principio y no la pesadilla en la que se convirtió años más tarde.

Y entre disputas y escándalos también hay tiempo para mostrar viajes oficiales, como los realizados a Ghana y Australia. Aquí la exquisita producción de la serie justifica su presupuesto, de más de diez millones de dólares por episodio.

Además, en la mitad final de la temporada entran en juego los Kennedy. Michael C. Hall -que no se parece en nada al carismático Kennedy que todos tenemos en la cabeza- da via al presidente de Estados Unidos y Jodi Balfour a su mujer en la visita oficial de los mandatarios a Buckingham en 1961. Para no hacer spoilers, basta decir que el retrato que se ofrece del presidente americano no es tan benévolo como el de la familia Windsor.

La pena es que ahora que hemos cogido cariño a un reparto brillante, «The Crown» sigue sin ellos. En la tercera temporada Claire Foy cede el testigo a Olivia Colman, una reina más madura. Se acerca peligrosamente el momento que quizás tema la monarca: la llegada de Lady Di y el comienzo de las crisis matrimoniales de todos sus hijos.

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