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Babylon Berlin, la narración narcótica de un mundo atrapado entre dos catástrofes

David Gistau ha sustituido «Suave es la noche», de Fitzgerald, por esta serie, porque «con los libros, como con las parejas, también ocurre a veces que ya no queda nada que decirse»

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En términos históricos, me gustan los despertares abruptos. Los periodos cuyos protagonistas no sabían que eran los últimos de un tiempo y que estaba a punto de caerles encima una alegoría del meteorito que nadie vio venir. O, como mucho, un puñado de lúcidos a quienes dieron trato de Casandra. Todavía no descarto que vivamos metidos en uno de esos tránsitos terminales y que nosotros mismos seamos los últimos de un tiempo que lo saben sólo en parte. De hecho, el periodismo ortodoxo recuerda cada vez más a una partida de bateadores formada con voluntarios para repeler una lluvia de preduscos procedente de extramuros, catapultada. Es lo de Holden y el campo de centeno, más allá del cual no se precipitaba uno, como un ángel caído, en la edad adulta, sino en la muerte. Porque Salingerevacuó allí su frustración por no haber podido salvar vidas de compañeros en Normandía. La frustración y el dolor por los cuales, al regresar, fue incapaz de volver al cabotaje por clubes como el Algonquin, donde coqueteaba con algunas de las mujeres consagradas después por Capote como sus cisnes.

Hace poco, descubrí con lástima que «Suave es la noche», de Fitzgerald, se me había quedado anticuado en las manos. Con los libros, como con las parejas, también ocurre a veces que ya no queda nada que decirse. Por eso no hay que releer parejas antiguas, parejas en las que se encuentra uno sus anotaciones y subrayados. Lo de «Suave...» me dio pena porque Fitzgerald, hasta su decadencia alcohólica y muerte en Hollywood con las que Schulberg escribió «El desencantado», representa para mí una de esas épocas, la del jazz, la de las «flappers», donde nadie sospechaba la inminencia del meteorito. De otra manera, esta sensación de mundo al borde de la extinción, al borde de la aniquilación, está también en Zweig y en Joseph Roth, aunque estos dos no estuvieron en las fiestas de Fitzgerald.

A veces, la pérdida de una novela la repara el descubrimiento de una serie. Me refiero a «Babylon Berlin», una pequeña maravilla donde, con la coartada argumental de una investigación policial –esos policías con gabardina y sombrero de la Kripo que preludian a su pesar a los de la Gestapo–, surge la narración hedonista, narcótica, cabaretera y desesperada de un mundo, el de Weimar, atrapado entre dos catástrofes, que comienza a sospechar su final. No tanto por la infiltración bolchevique que ya tomó los barrios de Berlín. Sino por la aparición paulatina, la sombra del meteorito que se va agrandando, del nacional-socialismo. Se lo adivina primero en las conversaciones de los veteranos de los Freikorps, en esa humillación de Versalles para la que empiecen a musitar anhelos de venganza y resurgimiento. Y aparece de pronto, con una violencia cromática y parda, para asolar todo aquello que fingió no saberse condenado. Perú no sé, pero Europa se fue al carajo cuando el primer nazi se perfiló en la puerta del Efti Moka justo mientras tocaba un baterista de jazz...