Segunda temporada Stranger things

«Stranger things», de vuelta a los ochenta en bicicleta

El gran golpe de efecto nostálgico del regreso de «Stranger things» lo protagoniza Winona Ryder, perfecta en el papel de madre desquiciada y a la que ni merece la pena reprochar que se pase de frenada con las caras de loca, pasando de icono de los noventa a meme de sí misma

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Había miedo a que el regreso de «Stranger things» fuese dinamita para una fórmula ya saturada, pero su segunda temporada ha sabido sobreponerse a las expectativas calando, igual (o más), que la primera. La nostalgia ochentera actúa aquí más como recuerdo al que conscientemente apelar que como trivial moda pasajera, por eso no cansa que vuelvan a recurrir, de manera tan poco sutil pero encantadora, a referentes cinéfilos de la época, con greatest hits musicales y una calcada estética.

Se mantiene el espíritu de «Los Goonies» en las aventuras de esta pandilla de nerds en bicicleta, con la tierna camaradería que despiertan los walkie talkies o el alma omnipresente de «Cuenta conmigo». No impide la multitud de gags aludir a los tan spielbergianos ingredientes de ciencia ficción, con monstruos, dimensiones alternativas y conspiraciones gubernamentales para alentar el misterio.

Más que una aventura sobrenatural, «Stranger things» gira en torno a la familia, y ahí también imita la serie uno de los puntos neurálgicos del cine de Steven Spielberg. Retrata las relaciones, de sobreprotección y dejadez, de la familia que nos toca, e idealiza la que elegimos, funcionando a la perfección como un verdadero canto a la amistad, entre adultos o entre adolescentes y, a veces, intergeneracional. «Los amigos no mienten», se convertirá en uno de los lemas de esta segunda entrega.

Si el revival de los ochenta ha durado más que la década en sí, por qué no iba a sobreponerse la serie de los hermanos Duffer al genuino éxito de su estreno. Este tándem tiene cabeza, y un despierto ingenio que no duda en echarle morro al asunto, reimaginando el universo de culto que otros inventaron antes que ellos para enganchar a todo el que se preste a este guilty pleasure. Y la fórmula es un éxito: los nueve capítulos de la segunda temporada de «Stranger things» funcionan a la perfección, sólidos en cuanto a profundidad y más traviesos que en la primera entrega.

Adquiere más importancia en esta segunda temporada de «Stranger things» el monstruo(s) y el reverso sobrenatural del pueblo de Hawkings, aunque persisten los dramas adolescentes, el despertar de los celos y la sexualidad (muy casto). Se ahonda más en el pasado, resolviendo algún que otro cabo suelto de la pasada temporada.

El casting infantil vuelve a dar en el clavo: creíbles los jóvenes protagonistas y también las nuevas incorporaciones, soberbio el sheriff Cooper, el Lluís Homar americano. Aunque para nostalgia, el golpe de efecto de recuperar de nuevo a Winona Ryder, perfecta en el papel de madre desquiciada y a la que ni merece la pena reprochar que se pase de frenada con sus caras de loca. La actriz que fuera icono de los noventa vuelve al imaginario colectivo convertida en meme de sí misma, demostrando que sentido del humor tiene un rato, al menos para la autoparodia.

Fieles a su estilo, los hermanos Duffer dan un nuevo sentido a la premisa que Susan Sontag suscribió antes que ellos. Si, como dijo la fotógrafa, «cuando sentimos miedo, disparamos. Pero cuando sentimos nostalgia, hacemos fotos», este dúo se adueña de su legado, capturando el pasado en este homenaje para que volvamos a vivirlo de nuevo.

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